Monday, August 07, 2017

Ansiada Noelia. capitulos 9,10,11 y 12

9.Una mujer que no se anda con rodeos

 Corrían tiempos de represión y dictadura de los que Roberto estuvo siempre ajeno e ignorante de lo que sucedía. A lo que sí se sumó, como tantos otros sin pena ni culpa, fue a los festejos por la obtención del Campeonato Mundial de Fútbol. Razones personales tenía para estar contento, trabajaba en uno de los más afamados estudios de Arquitectura y acababa de recibirse.
Como recién ingresado hacía tareas menores de copista y en ocasiones lo enviaban a las obras a llevar recados, pero observaba y aprendía para el día en que pudiera tener su propio estudio. Además estaba Marga.
Marga era un imponente mujer, casi tan alta como él, morocha, con el cabello muy corto, de nariz levemente curva, rasgo distintivo de las francesas y facciones angulosas, si no fuera por las sinuosidades que marcaban el contraste entre su cintura y sus caderas hubiera pasado por un muchachito, aunque también podía ser tomado por un travesti, que en aquellas épocas debían andar escondidos por la persecución policial.
Roberto se enamoró de Marga tan pronto la vio. Tal vez fue, algo que nunca pensó seriamente, por su aspecto varonil. El hecho es que la acechó pacientemente. Al cabo de un corto tiempo eran compinches de bromas que solo ellos entendían y no pasaron más de dos meses para iniciar el noviazgo.
Por ella estaba decidido a abandonar toda su pasión por la ropa femenina y sus sueños con hombres. Era la mujer con la que se iba a casar y no la engañaría. Tampoco le diría de su secreta afición, estaba seguro que no era necesario y que además no lo entendería. De todas maneras no volvería a hacerlo, y para asegurarse de ello tiró el palo de escoba que le había servido de consuelo tanto tiempo, a la basura.
A los tres meses de noviazgo comenzó a plantearse la eterna duda. ¿Querría Marga tener relaciones sexuales o preferiría esperar al casamiento? ¿Como saberlo? ¿Preguntarle directamente o tomando rodeos para que ella plantee el tema? Esta vez estaba decidido a  no perder la oportunidad si ella lo insinuaba, fuera de palabra o con algún gesto. Pero Marga no daba señales de ninguna clase. Sintió que la impaciencia lo estaba carcomiendo y debía demostrar de alguna manera que él era hombre.
Finalmente, una tarde de invierno, sentados a la mesa de una confitería de San Isidro, le dijo lo que deseaba. Utilizó argumentos tales como, que debían ver si se llevaban bien en la cama antes que fuera tarde o que, en definitiva, todos los hacían y ellos no tenían por que ser la excepción.
Ella lo escuchó pacientemente, sin la más mínima mueca de asombro y esbozando una leve sonrisa que apenas se notaba en los labios le dijo, serena:
-Hagámoslo, cuando quieras-
Roberto era la misma mezcla de sentimientos que siempre lo atormentaban, por un lado se sentía exultante por la posibilidad de tener sus primeras relaciones sexuales con una mujer, por el otro lado lo invadía el terror. El terror al fracaso, a no tener una erección, a no saber como tratarla, a no poder eyacular, a que en medio del paroxismo le asaltaran los fantasmas del pasado.
Eligieron un Hotel Alojamiento situado en una calle cortada por la vías del tren, en donde el tránsito era mínimo y no se veía gente en las veredas. Superaron, tratado de no demostrar los nervios que los consumían, el trámite de pedir una habitación. El conserje, por un mínimo hueco en la ventanilla les cobró y les entregó la llave. Apurando el paso buscaron la habitación. Una vez adentro se quedaron mirándose unos minutos sin saber que hacer.
Roberto sabía que debía ser el que tomara la iniciativa. Se paró frente a ella y la abrazó torpemente mientras la besaba en la boca y cerraba los ojos para no verse en el espejo que cubría la pared frente a la cuál estaban. Lentamente fue bajando las manos desde la cintura hacia los glúteos. Marga aceptó complacida la invasión y sin dejar de besarlo comenzó a abrirle la camisa. El momento había llegado, habían traspuesto la primer barrera, despojado de la camisa, Roberto le desabrochó la blusa y aparecieron dos modestos senos bajo el corpiño blanco. Animado por lo que veía y por la inexistente resistencia colocó sus manos en el cierre de la pollera y lo bajó lentamente, la prenda cayó al piso mientras ella se terminaba de sacar la blusa. Y así quedo frente suyo, con sólo su lencería. Roberto la llevó de la mano a la cama y mientras Marga se acomodaba sensualmente sobre el lecho, terminó de quitarse los pantalones. Entre besos y caricias exploratorias lo poco que les quedaba de ropa desapareció para verse ambos totalmente desnudos.
A partir de ese momento Marga dominó la situación con la experiencia de quién lo ha hecho otras veces, Roberto, en su fascinación, no lo notó. Lentamente, ella lo acarició por todo el cuerpo para finalmente detener entre sus manos el miembro de él. Mientras lo sostenía hundió la cabeza entre su piernas y se dedicó a colocárselo en la boca con delicada fruición. La eyaculación fue instantánea. El semen de Roberto inundó la garganta de Marga quién lo saboreaba como un dulce. Roberto temió que no pudiera tener otra erección, pero a los pocos minutos y gracias a la incansable Marga estaba dispuesto nuevamente. Se colocó un preservativo. Esta vez ella adoptó una posición sumisa acostándose boca abajo, aunque no dejaba de ser quien mandaba. Finalmente le entregó su bien más preciado, él la tomó de la cintura con fuerza y la penetró lentamente. Así convertidos en uno merced a los brazos de Roberto comenzaron una danza que culminó en medio de fuertes espasmos mezclados con los gritos de placer de ella y la sensación de que toda la sangre inundaba la cabeza de él. Agotados por el esfuerzo se acostaron juntos y abrazados. Roberto, en su ignorancia ni siquiera se preguntó por que ella no había sangrado a consecuencia de la desfloración.
El deseo de Roberto era tal que pudo hacerlo dos veces más. Marga agradecida a la potencia de ese hombre al que le había jurado que era virgen.
A partir de ese momento y durante el año que duró el noviazgo las visitas al hotel se sucedieron hasta tres o cuatro días a la semana. Se deseaban constantemente. La impaciencia por esos encuentros los dominaba. Una vez en la cama se entregaban a fogosos juegos que incluían el sexo oral por parte de ambos, mordidas, eyaculaciones en el rostro de ella y hasta un audaz juego de parte de Roberto con sus dedos en la entrada del ano de Marga, quien le prometía que alguna vez accedería a ser penetrada por ese sitio, promesa que nunca cumplió manteniendo a Roberto en permanente estado de deseo.
Roberto había olvidado las prendas femeninas. Había olvidado sus fantasías homosexuales. Marga era todo en su vida. Pensaba en ella todo el tiempo, por cada próximo encuentro, imaginando lo que le haría, y en todo lo que ella hacía y disfrutaba. En ocasiones no aguantaba la tensión, se masturbaba y luego temía no poder complacerla pero su juventud lo salvaba del papelón y era capaz de repetir hasta cuatro erecciones por vez.
No todo era sexo en la relación. Marga comenzó a insinuarle que debían comenzar a hacer algo por el futuro. Literalmente fue estrechando el cerco alrededor suyo. Lo instó a ver departamentos para alquilar, a comprar electrodomésticos y ropa de cama, a fijar la fecha de casamiento. Cuando Roberto pudo pensar con claridad ya estaba todo decidido. Como una oveja que va ignorante al matadero había aceptado cada una de las ideas de Marga.
Había conocido a sus futuros suegros, una pareja tan callada e inescrutable que no se podía saber que pensaban. Siempre ceñudos y poco afectos al humor, en cierta manera le recordaban a su padre, aunque a diferencia de éste, estaban continuamente impecables en sus ropa de confección a medida, lujo innecesario que a duras penas podían pagar. También al cuñado, que se pasaba todo el día escuchando música acostado en el sofá de la sala, apoyando en el tapizado sus zapatillas de marca y abriendo la boca tan solo para tararear cánticos de la cancha, pero nunca para expresar la más mínima idea y a una pléyade de tíos de esos que se creen graciosos y apenas logran ser groseros.
Toleró con estoicismo la despedida de soltero que le hicieron los compañeros de trabajo. Culminó atado de pies y manos, embadurnado en harina y huevos en los Jardines de Palermo de donde lo rescató un patrullero de la policía que de milagro no lo arrestó.
Luego las ceremonias del Civil y de la Iglesia con toda la pompa y esos detalles nimios e intrascendentes en los que se pone tanto empeño y que nadie recuerda al día siguiente pero vaya a saber por que recóndito motivo agrada a las mujeres. Para completar, la fiesta, realizada en un Salón que debió pagar Roberto, pues los padres de la novia habían gastado sus sueldos en trajes nuevos, en donde todos los invitados bebían, comían, bailaban y se divertían en tanto la novia se mostraba aquí y allá para generar envidia entre sus amistades y Roberto sólo miraba y esperaba que todo acabara de una vez.
La luna de miel en Mar del Plata, caminando por la rambla vacía en pleno invierno, las noches fogosas al igual que en el noviazgo, y las mañanas con desayuno y largas charlas sobre el porvenir. Marga tenía todo planeado. Alquilarían solo un par de años, mientras tanto ahorrarían para la seña de un departamento, sacarían un crédito en el banco para pagar el resto, cuando terminaran y si lograban algún ascenso comprarían el auto, Roberto debería tener luego el estudio propio y más tarde la casa, amplia, con muchos jardines y varias habitaciones para todos lo hijos que vendrían.
Roberto se negaba a hipotecar el porvenir, se rebelaba ante la idea de soñar con algo más allá de sus posibilidades, prefería ir paso a paso y sobre seguro. En medio de esas charlas se dio cuenta que no era quién mandaba, que sólo se debía limitar a ser el proveedor, de plata para los gustos de ella y de semen para generar hijos. En ese momento tomó conciencia de la trampa, pero ya era tarde.
Las noches de sexo, al menos eran un fuego que continuaba encendido y que lograba hacer olvidar lo funestos pensamientos pero cuando regresaron a la vida rutinaria comenzaron a hacerse más esporádicas. Marga aducía dolores de cabeza, él se sentía cansado al acostarse o lo pretextaba para vengarse de las excusas de ella. El caso fue que en poco tiempo el matrimonio fue acelerando su caída por la pendiente. De todas maneras duró unos años, más que nada por el empecinamiento de Marga de no demostrar el fracaso ante sus amistades y parientes.


 10.Al fin de cuentas la cama es para dormir

A pesar del previsible fracaso matrimonial, Roberto mantuvo atención a su trabajo y no permitió que la crisis interfiriera con sus deseos de progreso. Ascendió en el escalafón hasta convertirse en asistente directo del dueño del estudio, participaba en todas las decisiones importantes e incluso le encomendaban ocuparse enteramente de las obras menos importantes con lo que logró hacer conocer su nombre en el ámbito de la construcción. Realmente disfrutaba de sus logros y además su profesión se convirtió en la salida que le permitía huir de la casa, de estar a solas con su esposa, para, al menos por unas horas, evitar sentirse atrapado en una situación que no toleraba.
Marga estaba atenta a los avances de su marido y no estaba dispuesta a permitirle la separación,.Antes que eso debía asegurarle el porvenir, pensaba. En tanto él comenzaba a fantasear con la idea del divorcio aunque no se atrevía a dar el paso por el temor a lo desconocido. Le asustaba la idea de vivir solo, de comenzar de nuevo, idea que se iba acrecentando conforme pasaban los años y la costumbre de regresar a su casa más tarde cada noche se iba convirtiendo en una rutina agobiante pero útil. Finalmente solo se trataba de tolerar la cara de Marga durante la silenciosa cena, cruzar unas pocas palabras con ella mientras miraban televisión y luego a dormir, a huir en sueños.
Puertas afuera, el matrimonio mantenía una falsa fachada de avenencia. En las reuniones familiares o con los amigos se mostraban de buen humor y podían pasar fácilmente por un matrimonio ideal. Ella disimulaba la aversión que sentía por los padres de Roberto y, recíprocamente, él toleraba muy a su pesar, a los primos de ella, soeces y vulgares, molestando continuamente con la clásica pregunta.
-¿Y para cuando los nenes?-
Roberto y Marga se miraban y sonreían forzadamente.
-Todo a su tiempo- contestaban sin dar más explicaciones.
De vuelta en la casa el silencio, que era peor que las discusiones. Cada uno se encerraba en su mutismo y no intentaban siquiera un acercamiento. La falta de contacto físico creó en Roberto una barrera sicológica que le fue imposible atravesar. Como si un campo de fuerza lo detuviera se mantenía a cierta distancia de Marga y le resultaba imposible tocarla.
En algunas ocasiones ella estallaba y desgranaba en un mar de acusaciones su bronca contra Roberto. Gritaba y gritaba sin dejar un resquicio para que él intercalara una palabra en su defensa. Lo acusaba de no tener más relaciones, de no traer suficiente dinero a la casa, de no tener hijos, de que había convertido su vida en una frustración, de que se masturbaba encerrado en el baño.
Esto último era la absoluta verdad. Roberto sentía el deseo sexual, pero no con su esposa, y había vuelto al placer solitario a falta de otra cosa. En principio pensó que no se había dado cuenta pero cuando se lo recriminó comprendió que ya no era posible ninguna excusa. Y eso no era todo, en su desenfreno lo acusó de homosexual, ya que si no tenía ningún interés en ella seguramente era por que le gustaban los hombres. En ese momento lo sintió como un insulto. El no era marica. Era todo un hombre. Se lo había demostrado en el noviazgo y en la luna de miel. Se sintió herido por la ofensa y tratando de vencer la fuerza que los separaba físicamente una noche intentó tener relaciones sexuales.
La experiencia fue absolutamente frustrante. Sus movimientos torpes y Marga aceptando la relación pero sin hacer nada por excitarlo, tendida como un cuerpo muerto a la espera de que él hiciera todo el trabajo lograron que no tuviera una erección. Desesperado, tratando de fantasear pensando en otras mujeres e incluso en hombres, luchaba contra su impotencia que finalmente lo venció. Se volteó en la cama y ya no tuvo valor para mirarla a la cara. Ella, imperturbable agregaba para agrandar su frustración
-No ves que sos un impotente, o te gusta que te cojan-
Fue el último intento.
Roberto trataba de convencerse a si mismo de que no era impotente ni homosexual pero de a poco volvieron a él los fantasmas del pasado. Las masturbaciones giraron alrededor de fantasías con hombres, como cuando era adolescente, con muchos hombres.
Marga había cambiado de trabajo al poco tiempo del casamiento con el pretexto de obtener un mejor sueldo. Ella también deseaba ver lo menos posible a Roberto y si continuaban trabajando juntos la situación se volvería insostenible. Era también una buena ocasión para evitar cualquier control por parte de él y así tratar de tener algunas aventuras que la devolvieran al mundo de los vivos. También se las arreglaba para llegar tarde y en muchas ocasiones Roberto debió hacerse la comida y cenar solo.
Un día de otoño, Roberto se sintió mal, el dolor de cabeza que lo aquejaba parecía partirle el cerebro. Se sentía cansado y juzgó que un día que faltara no iba a hacer mella en su foja de servicios, además Marga se estaba preparando para salir y tendría la casa todo el día para él. Planeó mirar televisión, leer alguno de esos libros que venia postergando o simplemente dormir una siesta acunado por el silencio de la tarde como cuando era niño.
Cuando ella se marchó permaneció un rato en la cama dominado por la inercia, pero pocos minutos después una idea comenzó a revolotear por su mente. Se levantó y se dirigió al cajón de la ropa interior de su esposa. Sacó un corpiño y una tanga y se los puso.
Como un rayo volvieron a él las sensaciones de la niñez y de la adolescencia. La piel se le estremecía al contacto con las prendas, los pensamientos se le volaban, recordó la experiencia con Pedro y no le pareció tan dramática como otras de las que había escuchado por ahí. No se sentía mal por haber sufrido un intento de violación y se preguntaba si aquel amigo no le había hecho un favor dándole a conocer placeres que de otra manera no los hubiera disfrutado jamás. Claro que hasta ese entonces no había tenido relaciones homosexuales pero no dudaba que en algún momento se presentaría la oportunidad. El sentimiento que lo embargaba era ambiguo, por un lado sabía que debía seguir demostrando que era un hombre, pero por el otro comprendía de que era preciso aceptar que lo que más le atraían eran los varones.
En pocos minutos, imbuido de estos pensamientos y sintiendo la lencería sobre su cuerpo se masturbó, una dos y hasta tres veces. Se paseó por la casa luciendo otras prendas, se puso vestidos, polleras, enaguas, el baby doll rojo que Marga había comprado para la luna de miel, medias y aunque le entraba a duras penas un par de zapatos de taco alto, se miraba en el espejo del placard una y otra vez, de frente, de perfil, meneando las caderas. Aquello era lo más parecido al paraíso, el paraíso de los maricas, pensaba. Al acercarse la hora de regreso de Marga debió dejar todo en su lugar.
Temió que ella descubriera que algo estaba desordenado pero no fue así. O al menos si lo notó, no dijo nada, y respiró aliviado. Eso lo envalentonó para tratar de repetirlo cada vez que se presentara la ocasión. Claro que solo podía faltar al trabajo muy de vez en cuando, así que aprovechaba las oportunidades en que ella le dejaba un mensaje sobre el plato de comida en la heladera avisando que volvería tarde por alguna reunión.
El tiempo era exiguo pero lo aprovechaba al máximo, ni bien llegaba se daba una ducha, se ponía alguna prenda de lencería, luego calentaba la comida y tras la cena se acostaba en el lecho matrimonial a masturbarse varias veces ya que una no le alcanzaba para satisfacerse totalmente. Luego ordenaba todo como lo había encontrado y se disponía a ver televisión hasta que sentía el ruido de llaves en la puerta de entrada, apagaba el aparato y se hacía el dormido mientras Marga entraba en el dormitorio habiéndose sacado los zapatos para no hacer ruido, se desnudaba totalmente, se duchaba y luego comía en la cocina mientras hablaba por teléfono conversaciones que él no alcanzaba a escuchar al no poderse mover de la cama sin delatarse. Finalmente ella se acostaba tratando de mover lo menos posible el colchón, se daba vuelta hacia el lado opuesto al de Roberto y se dormía casi instantáneamente o tal vez simulaba también.



11. No hay nada mas gratificante que ir de compras

 Roberto, por ser su ambición profesional y por que Marga, en las pocas ocasiones en que le dirigía la palabra, le insistía en que lo llevara a cabo, logró dar el ansiado paso de abrir el estudio propio. En un departamento de la planta baja de un viejo edificio sobre la avenida Córdoba, remodelado con cambio de alfombras, pintura en la paredes, el cielorraso y algunos arreglos en el baño y la cocina, dividido en tres oficinas por mamparas vidriadas, una de las cuales utilizaba Roberto, con un escritorio de generosas dimensiones, un tablero de dibujo, y varios anaqueles para utilizar como archivos, la otra también con escritorio y tablero y la tercera en cuyo interior había una gran mesa de reuniones en donde atendía a sus clientes, todos lo muebles adquiridos en un remate, se instaló para proyectar y dirigir sus primeras obras. No estaba solo, lo acompañaba otro arquitecto, Marcos, el que ocupaba la segunda oficina, unos años mayor y que había sido despedido de un importante estudio por reestructuración de personal. Roberto, al contrario de los que creían que todas las soluciones las brindan las nuevas generaciones con su desordenado empuje, confió en la experiencia de Marcos y además de ser su empleador se convirtió en su amigo.
Roberto, por aquel entonces continuaba con la costumbre de usar las prendas de su esposa cuando ella no estaba. La situación era, obviamente, riesgosa pero la necesidad se le volvía cada vez más imperiosa. Sentía que no podía detenerse. Cada vez que estaba solo en la casa se decía, esta vez no, tengo que contenerme, no puedo dejar que me descubra. Igualmente corría al placard o al cajón de la cómoda y satisfacía su compulsión. Repetía siempre los mismos gestos hasta el cansancio. Comenzaba a darse cuenta que el deseo lo estaba devorando, que necesitaba más tiempo. Se sentía ahogado en esos escasos minutos disfrutados a medias por el temor.
En los momentos en que estaba dibujando pensaba sin descanso. Imaginaba que no podía dar identidad a su otro yo, a su espejo, si seguía usando ropa de otra persona. Decidió que debía disponer de un vestuario de su propiedad. Lo que lo atemorizaba era el incómodo momento en que debería entrar al negocio a comprarla suponiendo que lo mejor sería que atendiera una sola vendedora para que no tuviera oportunidad de hacer comentarios sarcásticos a su espalda y que no hubiera otras clientas que lo observaran. ¿Que diría? ¿Que eran un regalo para su esposa? ¿Y como elegiría el talle? ¿Lo tendría que escoger a ojo y luego volver a cambiarlo en caso de ser necesario, multiplicando el bochorno?.
Con todas estas dudas se dedicó a recorrer negocios y mirar las vidrieras para entrar decidido a comprar lo que estaba en exposición y así ahorrarse búsquedas innecesarias y mejor aún si además tenían el precio colocado. Descubrió varios negocios de judíos en el Once, de esas mercerías antiguas con mostradores de madera oscura generalmente atendidos por señoras mayores u hombres. Comprendió que allí se sentiría más cómodo y fue en esos negocios en donde consiguió la mayor parte de su lencería..
Lo primero que adquirió fue un conjunto de tanga y corpiño color blancos, luego continuó con otros de diferentes colores, se animó a un baby doll también blanco, a medias red, a medias negras. Al sentir que no estaba completo sin ropa de vestir se compró una minifalda negra y una blusa rosa con volados en el cuello y en las mangas. El descubrimiento de que no había calzado de mujer para sus enormes pies talla 44 lo frustró, deseaba algún zapato con taco pero debió conformarse con unas chinelas de número menor que se calzaba apenas.
Para guardar sus nuevas adquisiciones compró un bolso que guardó cerrado con llave en uno de los placares del estudio procurando que no estuviera a la vista de su empleado. Con las mismas ansias de cuando esperaba estar a solas en su casa cuando niño, contuvo su impaciencia hasta el momento en que Marcos partiera a inspeccionar una obra. Ni bien traspuso la puerta y lo vio cruzar la avenida y tomar un taxi, corrió al placard, abrió el bolso y se vistió totalmente con las prendas propias. ¡Al fin podía sentirse toda una mujer! Esas prendas eran suyas, todas suyas, para disfrutarlas todo el tiempo posible sin el temor de dejarlas desordenadas. Eran suyas, como era suyo el deseo, como eran suyas sus fantasías, como era suyo, íntimamente suyo el placer de sentir el roce de esas delicadas telas sobre su piel.
Comprar también se convirtió en una compulsión. A medida que pasaba el tiempo y realizaba mas adquisiciones fue armándose de experiencia. Ya no daba vagas excusas  y mantenía la cara imperturbable mientras acariciaba las prendas cuando se la mostraban. Una de las cosas que aprendió era que a nadie le asombraba que un varón comprara lencería o vestidos y comprendió a su vez que a él también comenzaba a importarle poco lo que pensaran.
Todo iba a parar al bolso, que empezaba a resultar chico por lo que debió comprar uno más grande y al mismo más difícil de ocultar lo que le produjo el nuevo temor de que en algún momento Marcos lo viera y se sintiera atraído por la curiosidad. Se trataba de la permanente angustia por ser descubierto y tener que dar explicaciones o inventar mentiras con el consiguiente riesgo de ser víctima de cualquiera que se tentara a extorsionarlo. Era cierto también que Marcos llevaba un bolso a la oficina, pero nunca se le hubiera ocurrido abrirlo para ver el contenido en su ausencia, sabiendo además que era el que usaba para la ropa de jugar al paddle a la salida del trabajo.
Igualmente, Roberto tomaba todas las precauciones. Cuando culminaba una de sus sesiones de travestismo, guardaba todas las prendas y cerraba el bolso con llave, luego lo acomodaba en el estante superior del placard, el único en donde entraba, para cerrar, con llave también, la puerta del mueble.
Una tarde, habiendo partido Marcos a visitar a varios proveedores, Roberto sabiendo que disponía de suficiente tiempo se dedico a satisfacer sus deseos. Estaba tan tranquilo que incluso se quedó dibujando un rato, ataviado con lencería y un vestido rojo ajustado y escandalosamente corto. En un momento mientras miraba distraídamente hacia la calle pudo ver bajar inesperadamente de su auto a uno de sus clientes. La rapidez para deshacerse de la ropa de mujer y vestirse normalmente se puso a prueba y fue tan veloz que cuando sonó el timbre ya estaba cerca de la puerta, listo para abrir, habiendo tenido tiempo para darse una mirada al espejo y arreglarse el cabello.
La reunión con el cliente resultó fructífera. El hombre se había acercado al estudio para encargarle otro trabajo mucho más importante, era la oportunidad que tanto había estado esperando. No por que le faltara que hacer, sino por que esta vez se trataría de una obra que le llevaría un par de años de trabajo y mucho dinero en el bolsillo. La alegría que le produjo la noticia le hizo olvidar que había dejado el bolso no solo fuera del placard sino también fuera de su oficina y sin llave.
Entusiasmado, invito al individuo a celebrar el acontecimiento en una confitería cercana. En el local continuaron hablando detalles de la obra a realizar y el tiempo pasó rápido, cuando regresó al estudio y mientras estaba abriendo la puerta, al ver en la rendija que la luz estaba encendida, lo que indicaba que Marcos había regresado, recordó donde había dejado el bolso. Encontró a su empleado sentado a su tablero de dibujo. A pesar de que lo que más le interesaba era ver como estaba el bolso, se contuvo y le comentó las novedades con lujo de detalles mientras miraba de soslayo hacia el sitio donde recordaba haberlo dejado. Pero no estaba allí lo que lo preocupó sobremanera.
En ese momento advirtió Marcos las miradas inquisidoras de Roberto le dijo.
-Si buscás el bolso negro, lo guardé en tu oficina, me llamó la atención que lo dejaras afuera, esta ahí al lado de tu escritorio-
Roberto le agradeció y procuro que Marcos no se diera cuenta de lo preocupado que estaba por la posibilidad de que lo hubiera abierto, pero como si este le adivinara el pensamiento agregó.
-No te preocupes que no lo revisé-
Roberto no habló más, se dirigió a su oficina, puso el bolso sobre el escritorio y lo abrió para tratar de constatar si las cosas estaban como el recordaba haberlas dejado pero era un revoltijo tal que no pudo saberlo a ciencia cierta. A partir de ese momento, si bien Marcos nunca le dijo nada, tuvo la sensación de que sabía de su secreto, lo que le generó una incierta sensación morbosa y excitante. Comprendió, en ese momento, que estaba atravesando una barrera, una delicada y sutil barrera que le abría el paso a nuevas experiencias en el camino de replantear toda su vida.


 12. Si alguien lo sabe es una forma de existir

 El progreso de Roberto le posibilitó poder adquirir casa propia. Se trataba de un duplex en un barrio de clase alta, que formaba parte de un pequeño complejo de viviendas que había realizado su estudio. Marga estaba satisfecha con el vecindario pero no con la casa. Le parecía que podían aspirar a algo más y se lo recriminaba continuamente. La construcción constaba de una planta baja amplia donde se ubicaban el living, la cocina y el comedor diario, este último con una gran puerta ventana que accedía al jardín del fondo, donde no había pileta, tal como lo deseaba ella. En la planta alta tres dormitorios de los cuales ocupaban uno solo, los otros dos debían ser para los hijos en el caso, cada vez menos probable, de que los tuvieran. En la planta superior estaba el salón de juegos. El techo era de tejas y las paredes interiores y exteriores totalmente blancas. En el frente tenían lugar para dos autos.
A pesar de estar ocupado con las terminaciones, la decoración y la mudanza, Roberto continuaba con su necesidad de atravesar barreras. La primera era compartir con otra persona su secreto. La compulsión que lo arrastraba a esa confesión no lo inhibía de pensar claro. Debía ser una persona de confianza absoluta. Pero no se trataba solo de eso. Otro deseo irrefrenable comenzó a acuciarlo, tener fotografías suyas travestido.
No podía entrar a cualquier negocio y pedirle al empleado que le sacara las fotos, no sólo por evitar exponerse ante personas desconocidas sin un previo contacto, sino también no poder prever la reacción de éste. Tomó la decisión de buscar fotógrafos en las Páginas Amarillas de la Guía  Telefónica y cuando estuvo solo en el estudio se dedicó a llamarlos. Los intentos fueron en vano, en cuanto les aclaraba que las fotos debían ser posando con ropas de mujer inmediatamente le decían que no hacían tales trabajos. Tuvo que ir desechándolos uno tras otro y al fin quedó como al principio. Sin posibilidades y sin ideas.
Después de hacer una lista de aquellos con quien sincerarsae y pensarlo durante varias semanas llegó a una conclusión, la única que podía ayudarlo era su prima Adriana, con la que había comenzado a estrechar un sólido vínculo luego de muchos años de alejamiento aunque cuando eran chicos tampoco se habían tratado con asiduidad. El reencuentro se había producido merced a un cruce casual en la calle y una posterior charla en una confitería para ponerse al tanto de sus vidas. De ahí en más ella se convirtió en confidente acerca de sus desvelos matrimoniales.
Decidió visitarla para plantearle la situación. Luego de tomar el té con masas, sentados en los amplios sillones del living juntó valor y comenzó su exposición.
Su prima, dueña de una personalidad abierta que no condenaba el mundo por no comprenderlo, sino que, por lo contrario, entendía muy bien los cambios sociales de la época y los aceptaba, artista, dotada de una gran capacidad intelectual, amplitud de criterio y modo de vida independiente que siempre había sido causa de críticas por el resto de la familia, podría aceptar sin censuras lo que le pasaba.
-Adriana, debo contarte algo que me está pasando- dijo a modo de prólogo.
Y de pronto se encontró enterándola de todo, como si fuera lo más normal que pudiera sucederle a un ser humano. Le habló de sus años de la infancia, de como usaba la ropa de la madre, de las intenciones de Pedro, de las fantasías acerca de los hombres, aunque, por pudor, se cuidó de dar detalles acerca de la forma en que satisfacía sexualmente. Mencionó como se travestía con la ropa de Marga, y el hecho más reciente de poseer el bolsón con ropa en la oficina.
Ella lo miraba, interrogándolo con sus enormes ojos negros, sin mostrar escándalo. Era evidente que lo comprendía. Aunque solo fuera por el afecto que le tenía. Lo que quizá no entendía era la causa de esa conducta, pero a Roberto no le interesaba eso, ya que ni él podía explicarlo.
-No se por que comenzó todo esto, lo único que se es que me hace muy feliz- dijo.
Comprensiva, pero también prudente, la prima le preguntó si alguien más, aparte de los mencionados, lo sabía.
Ante la respuesta negativa, dijo.
-Esta bien, si te gusta no debes privarte de hacerlo, por que reprimirlo es peor, pero debes ser muy cuidadoso, si alguien se entera puede intentar extorsionarte-
Roberto asintió, era algo que había pensado pero al mismo tiempo se estaba dando cuenta que la mujer que quería ser estaba asomando cada vez con más fuerza propia y que tarde o temprano iba a hacer estallar el cascarón donde estaba encerrada.
Hablar con su prima le hizo bien. Compartir su secreto era un forma de aligerar la carga. Envalentonado por la situación pasó a pedirle lo que tanto anhelaba. Las fotos.
Ella insistió en que era peligroso que tuviera fotos, que donde las iba a ocultar, que cualquiera podría descubrirlas.
Roberto insistió, tratando de convencerla de que las pondría en un sitio seguro y el resto de la conversación siguió sobre ese deseo. Finalmente Adriana aceptó tomarle las fotos y combinaron para una semana después que él llevaría el bolso con su ropa para la sesión.
El día fijado estuvo en su departamento cargando el bolso y todas sus expectativas. Ella había preparado dos trípodes con focos de luz iluminando la cortina que daba al balcón de la sala. En otro trípode colocó la cámara. Roberto se encerró en el baño para cambiarse. Cuando salió a la sala vestido con una blusa roja y la minifalda de latex, medias negras y luciendo los falsos senos armados con un bollo de trapos, bajo el corpiño, ella quedó muda del asombro. A pesar de que no estaba maquillado ni tenía peluca, el cambio era notable y no pudo menos que comentarle que la ropa le quedaba adecuada su físico delgado
Le sacó varias fotos en diferentes poses que Roberto intentaba un poco torpemente que fueran sensuales, luego le tocó el turno a otras prendas y así como en un desfile él se mostró, como antes con su madre y con Pedro, a otra persona con sus particulares atuendos, lo que le produjo un indescriptible estado de euforia. Ante su prima se comportaba como mujer, caminaba como mujer, se sentaba como mujer, hablaba como mujer, o al menos eso intentaba. Y ella lo aceptaba, y sin decírselo, íntimamente lo alentaba. Deseaba que fuera lo que quisiera ser, aunque le preocupaba la opinión, el rechazo y la reacción de la gente. Roberto estaba casado, era un arquitecto con mucho trabajo y las consecuencias de saberse algo así podían ser catastróficas.
Una semana después Roberto pasó por la casa de su prima impaciente por ver las fotos que ella misma revelaría, pero lo invadió la desazón cuando le dijo que no habían salido, que eran poco claras y le mostró una en la cuál casi ni se advertía su silueta recortada contra el fondo blanco de la cortina.
Roberto comprendió que eso era lo máximo que podía pedirle a su prima. Era evidente que no había revelado las fotos correctamente debido a sus temores. Aceptó las explicaciones y decidió no insistir en otra sesión. Seguramente ella buscaría otras excusas y todo volvería a fracasar. De manera que trató de controlar la ansiedad y dejarlo para otro momento más propicio.
Lo cierto era que, sin dudas, ella lo apoyaba a pesar de sus precauciones. Lo supo cuando sin habérselo pedido le ofreció que cada vez que la fuera a visitar le prestaría ropa suya y podrían estar como dos mujeres tomando el té. Esas tertulias se convirtieron en un encuentro periódico cada vez que salía del estudio en que casi no dejaba un día sin pasar a transformarse aunque fuera por unas pocas horas,. Marga se molestaba por las tardanzas de Roberto, como le molestaba cualquier signo de independencia que él demostrara, pero no le dijo nada por que no le afectaban, en la medida en que servían a sus propias andanzas.





























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