Thursday, December 10, 2009

Pintura

Otro retrato que me hizo mi "amigo mas fiel" (ustedes entienden)

Wednesday, November 11, 2009

Historia insólita

Creanlo o no. Hace varios días chateando me conecte, ente muchos otros, a dos personas, una de Perú y otra de Tunez que me pidieron plata para tener una relación conmigo. Nunca aclararon si la relación iba a ser real o virtual, que es lo que menos importa, lo que me llamó la atención fue la rapidez con que lo hicieron, como si fuera una obligación o una costumbre.
Yo, que en mi vida he pagado por tener relaciones con un hombre y que, en el caso de quedar solita, si lo necesitara jamas pagaria, antes de eso prefiero consolarme con mi aparatito que no tendrá brazos pero no necesita Viagra.
Cuénteme si alguna ha pasado por una experiencia parecida, solo por curiosidad.

Vestida para fiesta


Acá estoy luciendo los zapatos animal print, piel de leopardo, que compre en Crossdressing Buenos Aires

No es Kill Bill

Amo el personaje de Beatrix, protagonizado por Uma Thurman, por eso me compre la katana

Mis pelucas y zapatos


Mis invaluables posesiones. ¡Cuantos sueños hechos realidad!

Una hermosa mañana de sol

Aqui estoy luciendo la mini, la peluca y las botas que compre en Crossdressing Buenos Aires

Saturday, October 31, 2009

Las bucaneras (el sueño de la piba)

Lista para matar. La foto no es muy buena por que la saque con la web cam. Habra mejores fotos mas adelante

Cambio de look

Dicen que las rubias se divierten mas. A pesar de que me divertido bastante como morocha un cambio no viene mal

Monday, October 26, 2009

¡Al fin!

Hoy, 26 de Octubre me compré, entre otras cosas, las botas bucaneras. ¡El sueño de mi vida convertido en realidad! Desde que me puse por primera vez unas bucaneras para una sesión de fotos en Crossdressing Buenos Aires allá por marzo de 2005 deseé tener las propias. Y ahora lo he logrado. Tal vez les parezca una pavada pero estroy tan contenta que no podia dejar de contarlo. Prometos fotos a la brevedad.

Tuesday, August 18, 2009

Un guiño al crossdressing




En la pelicula Stardust, Robert de Niro hace el papel de un feroz pirata con un secreto, tiene en su camarote todo un guardarropa con prendas femeninas y en una escena aparece "montado" cantando frente al espejo cuando es sorprendido por uno de los villanos.
Si eso no es crossdressing...

Friday, August 14, 2009

Saturday, August 01, 2009

Morticia, de minifalda


Cuando me visto de negro mis amigas me llaman Morticia y a mi me gusta el apodo

Tuesday, July 28, 2009

Mis botas nuevas


En ocasiones hay compras que son mas importantes. Deseaba tener botas desde hace mucho tiempo y ahora lo he conseguido. Estoy chocha!

Friday, July 03, 2009

¿Habrá un mañana?


Todas las noches, cuando expongo mi cuerpo a la vista de los hombres que transitan por la calle huérfana de luz requiriendo sexo me pregunto si alguna vez podré escapar de esta cárcel sin barrotes visibles pero tan real como la de muros de piedra. Y más opresiva, pues, en todo caso los muros se pueden saltar, se puede correr deprisa y encontrar refugio de la persecución en algún sitio lejano, pero el prejuicio de los seres humanos es más impenetrable que el granito y tan extenso como todo el planeta. Donde vaya seré, para quienes no me conocen, una enferma, una pervertida, una amoral.

Aquellos que me ven reír, realizar poses sensuales, lucir mi cuerpo modificado por las siliconas, cubierto minimamente con mis mejores prendas, no adivinarán jamás la infinita tristeza escondida tras la máscara cubierta de maquillaje. Esa máscara que me permite vivir día a día rogando por un mañana. Esa máscara que aprendí a dominar desde cuando era una niña. O, mejor dicho, me sentía una niña en oposición a la presencia de genitales que no reconocía como míos.

La soledad fue mi única compañía. Mis sueños, pesadillas. Mis pensamientos, una mezcla indefinida, sumatoria de preguntas sin respuesta, temores y deseos. Un abismo sin puentes me separaba de mis padres indispuestos a tenderlos para poder buscar refugio en ellos. Él, ausente permanente, nunca me sentó a su lado para explicarme las vicisitudes de la vida, ella sumaba ignorancia a la convicción de que debía ser el hombre quien tratara esos temas tabú mencionados elípticamente en voz baja y muy de tanto en tanto. Yo no los consideraba confidentes confiables y por lo tanto también callaba.

Así transcurrió mi infancia. Lo que no notaban en mi hogar, lo advirtieron compañeros de escuela y vecinos. Me excluyeron de los partidos de fútbol y cuando jugaban a soldados. Ante mis requerimientos de participar, el silencio de su parte fue la primer señal. Luego, risas, un empujón, una burla, mas tarde la palabra, aquella palabra que lo resumía todo: maricón.
Cuando la escuché por primera vez corrí para esconderme en mi dormitorio y llorar. Doce años eran muy pocos para entender, pero suficientes para sufrir y desde aquel día comenzó el estigma. Mi mente se rebelaba. Interiormente deseaba paraísos imposibles y por fuera trataba de demostrar una actitud a la que el cuerpo no respondía. Ambigüedad indisimulable. Confusión permanente. Identidad indefinida.

¿Dónde, cuando, como, enfrentaría la realidad? Anidaba en mi la esperanza de que al llegar a la edad adulta no me persiguiera ese fantasma, que todo fuera solamente producto de la ignorancia infantil. Deseaba fervientemente ser aceptado y respetado.

Quienes se burlaban de mi no perdieron ocasión de pretender satisfacer sus instintos, lejos de la mirada de los otros para evitar la trascendencia de su lubricidad y se manchara su reputación. Vilipendiado y deseado al mismo tiempo. Aborrecido y buscado. Solo eso faltó para agregar más confusión en mi mente.

Entre las cuatro paredes de mi habitación sentí por primera vez el roce de una prenda femenina sobre mi piel. Esa experiencia se convirtió en el inicio de una certeza. La primera de mi vida. Y por consiguiente mas miedo.

De la ambigüedad estaba pasando a la decisión y ese camino estaba lleno de piedras. Entonces no adivinaba cuantas y su tamaño, pero lejanamente lo intuía. De todas maneras estaba aprendiendo que era un camino sin retorno.

¿Que me estaba pasando? No lo sabía y en esa época yo sostenía para conmigo los mismos prejuicios con los que ahora la sociedad me condena. Me creía víctima de alguna enfermedad mental, me sentía un pervertido, un anormal.

Luchaba contra esa idea con todas mis fuerzas pero en lo más profundo comprendí que debía aceptarme, superar las dificultades y dejar fluir la vida marcando mi destino.

A los dieciséis años tomé ropa y maquillaje de la casa de mi tía y me travestí. Lo hice una y otra vez a escondidas. Pero hay cosas que no se pueden ocultar por siempre. Ella me descubrió por el pequeño detalle de no dejarle, tras usarlas, las prendas en orden. Le rogué que no me delatara con mis padres prometiéndole, sin demasiada convicción, no hacerlo nuevamente. Ella fue más comprensiva de lo esperado. Me interrogó acerca de mis sentimientos. Me rogó que no cometiera ninguna imprudencia. Insistió en que debía ocultar mi compulsión para no ser víctima de algún extorsionador o, peor aún de un violento. Para mi seguridad me ofreció su casa en donde podía dar rienda suelta a mis devaneos femeninos.

No tomé en vano sus recomendaciones. Se comentaba en la calle, sobre todo en las conversaciones con mis compañeros de colegio, que los homosexuales eran perseguidos por la policía, encerrados, maltratados y no faltaba quien apareciera muerto. Que existía la posibilidad de que un hombre insinuándose era un agente dispuesto a apresar a su víctima en cuanto confirmaba que estaba dispuesto a tener sexo con él.

Las precauciones tomadas no impidieron que mis padres se enteraran. Una tarde llegaron de sorpresa a la casa de mi tía cuando ella y yo sosteníamos una amable charla estando yo con vestido su ropa. A pesar de tratar de ocultarme lograron verme. Sería penoso relatar ese momento, pero lo cierto es que toda la indiferencia anterior trastocó en un ataque de ira por parte de mi padre y en estentóreos sollozos por parte de mi madre.

Jamás los había visto así. Mi padre profería todas las mismas palabras que escuchara en la calle de parte de aquellos que se burlaban de mí. En su boca resultaban más hirientes. Eran como la fuerza incontenible del agua cayendo de un dique colapsado. Todo lo que nunca había dicho antes afloró de esos labios condenándome sin posibilidad de defensa. Mi madre asentía ante cada exabrupto inmovilizada por el asombro. En tanto veía crecer el odio en los gestos desencajados de mi padre. Odio suficiente para propinarme dos bofetadas en plena cara. Me odiaba por decepcionarlo pero no se preguntaba que pudo haber hecho, y no hizo, por comprenderme, por hablarme alguna vez.

Yo callaba. Entendí de pronto que se habían roto definitivamente los débiles lazos que me unían a mis progenitores. Ese día los vi por última vez. Y no por decisión mía. Fue como si hubiera muerto para ellos.

Mi tía tampoco escapó a las diatribas de mi padre. Abrumada por la experiencia me tomó a su cargo. Viví en su casa y ella costeó mis estudios hasta concluir el Colegio Secundario y recibirme de Perito Mercantil con las mejores notas del curso. En la entrega de diplomas era la única persona que me acompañaba. Esa ceremonia, importante para mí, era la puerta abierta al mundo de los adultos. La posibilidad de tener un empleo y poder resarcir, aunque fuera en parte, el esfuerzo que había hecho.
I

nteriormente aumentaba la fuerza incontenible de mi orientación sexual. Me sentía mujer. Anhelaba ser mujer. Deseaba salir a la calle a mostrar mi verdad. La oposición entre esa necesidad y la convención de la sociedad me producía nuevas inquietudes. Ya no se trataba de correr el riesgo de ser agredida, temor constante, era además la imposibilidad de conseguir un trabajo si pretendía hacerlo vestida con la ropa que me identificaba.

Debiendo posponer aquello que mi interior clamaba, peregriné entre varias entrevistas laborales hasta conseguir un puesto en una empresa multinacional. Era cadete con conocimientos generales de computación y contaduría. Iba de aquí para allá llevando papeles y al mismo tiempo ayudaba a otros empleados en sus labores.

Para compensar, me travestía todas las noches y salía a pasear sola o en compañía de otras travestís. Tomábamos una cerveza en alguna confitería o íbamos a Casa Brandon a bailar y escuchar música. Pero no era suficiente. No podía seguir llevando una doble vida donde no era ni una cosa ni la otra. Al menos estaba segura de que ser hombre no era mi futuro. Y lo otro remitía a instancias imprevisibles y también peligrosas.

Con el paso del tiempo, excepto cuando iba a mi trabajo, el travestismo ocupó mas horas de mi vida. Finalmente me aventuré a realizarlo a la luz del día y en cuanta ocasión podía.

Un niño asido a la mano de su madre dijo en voz alta, inocente de la hipocresía de los mayores: ¡Mira mamá un travesti!. Y la madre lo tomó más fuerte, alejándose a paso rápido como si fuera a contagiarlo de alguna enfermedad incurable.

Los muchachos reunidos en la esquina me señalaban, se reían y no faltaba quien decía por lo bajo cuando pasaba a su lado: ¿Dónde va la prostituta?.

Cuando concurría a votar, el presidente de mesa miraba alternadamente mi documento y a mi varias veces demostrando con sus gestos la perplejidad que le causaba. Luego hacía circular el documento entre sus ayudantes y todos reían por lo bajo.

En una confitería intenté tomar un café y el mozo luego de varias veces de llamarlo infructuosamente se acercó a la mesa solo para decirme: Acá no atendemos a pervertidos. Debí irme callando mi rabia y tolerando su mirada burlona hasta llegar a la acera.

En un par de ocasiones tuve que sacarme los zapatos de taco alto para correr más rápido al advertir un grupo de hombres acercándose con intención de agredirme. No fui la única a la que le ocurrió, algunas amigas faltaban varios fines de semana a nuestras reuniones y cuando volvían tenían aún, en su rostro y en cuerpo, las marcas de los golpes recibidos.

En el afán de conservar mi trabajo, por las mañanas examinaba mi rostro detenidamente para comprobar que no hubieran quedado restos de maquillaje, me ataba el cabello con un elástico y lo ocultaba por debajo de la camisa. Procuraba poner mi mejor cara de “macho” y salía al otro mundo. Al mundo en donde fingía ser aquello que no era. Ese mundo lejano, como visto a través de la niebla matutina, o como en una pesadilla de esas de la que despertamos aterrorizados para luego respirar aliviado al comprobar su irrealidad.

Aunque para mí era real, al menos diez horas al día. Diez horas de conducta intachable. De dedicación plena al trabajo. No hablaba con mis compañeros, o lo hacía lo menos posible. No me inmiscuía en sus discusiones de fútbol, carreras de autos o en sus relatos sobre conquistas de mujeres, algunos, o casi todos, de difícil comprobación.

Afortunadamente, conclusión paradójica, interpretaron mi actitud suponiéndome tímido o demasiado obsecuente con el gerente. Prefería los epítetos que me dirigían basados en esa presunción a que se supiera la verdad. Que mi realidad estaba mucho más lejana de lo que podían imaginar.

Los más chuscos me preguntaban si alguna vez iba a concurrir a alguna de sus aburridas reuniones a la salida del trabajo o les presentaría a mi novia, que, según afirmaban en tono de broma, debía ser muy hermosa pues la tenía bien oculta. Y era cierto, jamás había realizado algún comentario, ni siquiera falso para disimular, sobre relaciones estables o pasajeras. Cuando uno de ellos simulando defenderme de las dudas del resto afirmó que seguramente debía tenerla, por ser un joven muy apuesto, ni lo afirmé ni lo negué, dejándolos pensar lo que quisieran.

La energía puesta en el trabajo no era por amor a las tareas realizadas, sino por ser la mejor manera de que el tiempo transcurriera más rápido. En cuanto llegaba la hora del fin de las actividades era el primero en dejar ordenado mi escritorio y escapaba raudamente de la oficina. Volver a casa, ese era mi único pensamiento. En volver a mi ropa. En volver a la forma de vida que me llamaba con voz de insistencia cada vez mayor. En volver a ser. En volver a respirar. Y por consiguiente entrar nuevamente en la disyuntiva. ¿Hasta cuando aguantaría continuar con esta indefinición?

Debía encontrar un trabajo donde poder ser auténtica. Donde las personas, no sólo mis amigas travestis, me trataran como lo que soy. Debía encontrar un lugar en el mundo.

Y mientras tanto observaba esperanzada como algunas travestis trascendían más allá de lo permitido por la sociedad. Saltaban a la fama en la televisión y en los teatros. Se convertían en íconos de sensualidad y belleza. No podía evitar sentir sana envidia por ellas. Habían logrado cruzar una barrera hasta ese momento infranqueable, alimentando las ilusiones de las demás, de las anónimas como yo, que imaginábamos un mundo más tolerante.

Imbuida de esa fuerza, participé de las Marchas del Orgullo Gay. No tenía vocación militante pero debía estar presente. En ocasiones me invadía cierta contradicción de pensamiento pues consideraba que las Marchas parecen una manera de pedir permiso y para ser homosexual no se debe pedir permiso, solo se es. Pero alguna manera debe haber para reclamar por nuestros derechos y por suerte existen. No deseaba sentirme como una mascarita de carnaval pero es el momento oportuno para cambiar la opinión de las personas. Hacerles saber de nuestra condición de seres humanos con nuestras esperanzas, nuestros miedos, nuestras vocaciones, nuestros sueños y nuestro amor, como todos ellos. Hacerles saber que tampoco nos cabe la etiqueta de diferentes, con la que se nos designa actualmente para evitar otras palabras hirientes. No somos diferentes, tan solo somos.

Allí, rodeada de tantas hermanas, en comunión, idealizaba un futuro de aceptación alterado en ocasiones cuando alguien desde la vereda nos insultaba gratuitamente, sin conocernos, solo alimentado por su ignorancia.

Pero la aceptación no debe pasar solamente por la opinión del resto de la gente. Más difícil es aceptarnos a nosotras mismas. Descubrir, de pronto, que no encajamos en los moldes impuestos por la sociedad. Que estamos solas con nuestra carga. Que no tenemos confidentes, que las personas quienes nos deberían contener y ayudar son las primeras en condenarnos y expulsarnos a la calle.

Nos sentimos desesperadamente únicas. Mas tarde o más temprano encontraremos a nuestras iguales para saber que aquello que nos sucede no nos pasa a nosotras solamente. Mientras tanto, los miedos, las incertidumbres, el auto desprecio, la ignorancia, son tan malos o peores que las burlas y las agresiones. Hasta que un día se produce el despertar comprendiendo que esta será nuestra vida y debemos luchar por ella, sufrir por ella y también, ¿por que no? gozar por ella.
Y allí, cuando nos sentimos completas es cuando chocamos de frente con más fuerza con los prejuicios. Las demás personas se sienten amenazadas pues logramos ser reales. Tenemos pensamientos, actitudes, metas, empeño y presencia.

El precio pagado son horas de llanto, en silencio, para no traslucir nuestras tribulaciones, dudar de su fe aquellas creyentes cuando son criticadas por la Iglesia, dejar atrás parientes y amigos, también el pueblo, el barrio, y el pasado.

Como fuera, yo había llegado a ese punto de no retorno. Estaba harta de la simulación. No era, solamente, correr todos los riesgos implicados en salir travestida a la calle, sino el permanente temor de encontrar algún compañero de trabajo que descubriera mi real condición. Me sorprendía a mi misma todo el tiempo mirando a diestra y siniestra para evitar ser sorprendida, ya fuera en la calle, en el cine, recorriendo librerías por la Avenida Corrientes o paseando en bicicleta. Cierto era que mi aspecto, con el cabello suelto, debidamente maquillada y con ropa de mujer cambiaba totalmente al punto de ser totalmente irreconocible. Pero los miedos no saben de lógica y el mío iba en aumento. Se había convertido en una paranoia difícil de soportar.

¿Que haré si me reconocen? Me preguntaba cada día. De seguro me convertiré en el hazmerreír de toda la oficina. Y no quería imaginar las consecuencias si a alguno de esos que siempre se la pasan afirmando que a todos los homosexuales hay que matarlos, se le ocurriera poner en práctica su intolerancia conmigo.

Para grandes males, grandes remedios, había escuchado decir no recuerdo donde. ¿Y si daba el primer paso? ¿Y si era yo la que me plantaba en medio de la oficina mostrando a todos quien era en realidad?. La idea a veces me asustaba, a veces me causaba gracia. Se convirtió en una especie de ciclotimia que debía curar pronto antes que acabara conmigo.

No bastó para calmar mi tribulación un encuentro fortuito con uno de mis compañeros de trabajo. Estaba una noche parada en la acera haciendo señas a un taxi para detenerlo cuando él se situó a mi lado con la misma intención. Temblé. Tal vez lo notó pues fijó su mirada, antes ocupada en ver la calle, en mi persona. Aterrada, no me di cuenta que ya se había estacionado un vehículo de alquiler y su conductor me observaba esperando que me decida a subir. Mi compañero hizo un gesto galante y abrió la puerta dejándome pasar, luego se quedó parado esperando otro auto. Le sonreí. Ni siquiera me atreví a decirle gracias por el temor a delatarme. No me había reconocido, de eso estaba segura, pero mi ansiedad fue en aumento hasta el otro día cuando lo enfrenté en el pasillo hacia los sanitarios. Me saludó como todos los días. Realmente podía estar tranquila, pero eso no solucionaba mi necesidad de realización.

Un segundo basta para pasar del cielo al infierno o viceversa. Un segundo basta para morir. Un segundo es suficiente para cambiar de vida. Un segundo era necesario para entrar por la puerta de la oficina, travestida, y saludar a todos los empleados. Después de ese brevísimo instante la opción era enfrentar su reacción o salir corriendo. Era ahora o nunca.

Una mañana decidí que esa mujer, mi espíritu interno, no podía esperar más para manifestarse plenamente. Me carcomían los nervios, lo que no impidió elegir con cuidado las prendas a vestir. Discreta en el vestuario y en el maquillaje me sentí más tranquila cuando me contemplé al espejo por última vez antes de salir. Tomé un taxi para evitarme las aglomeraciones en el Subterráneo, propias de la hora en que todos van a su trabajo. Descendí en la puerta del edificio y entré. En el ascensor lleno nadie me observaba. Cada uno concentrado en sus problemas y con la mente aún no muy despierta, me ignoraban. En el mostrador de entrada trató de detenerme, al no reconocerme, la recepcionista preguntándome donde iba. No olvidaré su cara cuando le dije quien era. Quedó estática en su sitio sin saber que hacer en tanto yo continuaba recorriendo el pasillo hacia mi sector.

Evidentemente había reaccionado luego de mi paso pues cuando entré en la gran sala poblada de escritorio, archiveros, computadoras y empleados todas las miradas, alertadas de mi llegada, estaban fijas en mi. Saludé como si nada pasara y me dirigí a mi cubículo. El segundo fatal había pasado, ahora debería aguantar el embate de opiniones.

¡Pero vos estas loca, o loco, o lo que seas!
¡Te van a echar!
¿Sos gay o algo así?
¡Mira vos, había resultado una loca!
¡Que asco! ¿Que se te dio por vestirte así?
¿No me das la dirección donde te compraste esos zapatos?

Y otras tantas frases que no recuerdo pues me sentí mareada por la presión y no atinaba a contestar ninguna.

Cuando pude articular una palabra y advertí que estaban escuchándome hablé: Esto es lo que soy realmente, soy travesti, soy mas que eso, siempre me he sentido mujer y no puedo seguir ocultándolo, tal vez me despidan por esto pero al menos espero que ustedes lo comprendan.

¡Que vamos a entenderte, degenerado!. Gritó uno y se abalanzó sobre mí tratando de tomarme del cuello. Se detuvo cuando vio al gerente entrar en el cubículo. Inundó el lugar un silencio incómodo. Todos comenzaron a retirarse a sus sitios de trabajo. Mi jefe me hizo una señal y debí seguirlo a su oficina mientras todos nos observaban y algunos me hacían gestos amenazadores.

Dentro del despacho, a solas con el gerente sentí por primera vez un fuerte temblor en las piernas. Allí estaba, sola frente al Inquisidor. Aquí se acababan las palabras. No había explicaciones válidas. Era todo o nada. Podría ser una persona de mente amplia. No lo sabía. Pero si así fuera, alguno de sus superiores le ordenaría que hacer, o los superiores de los superiores o el Gerente General. Estaba segura de cuanto me iba a decir: Esta es una empresa seria y acá no podemos tolerar escándalos como este. Imagínese la imagen ante nuestros clientes y asociados.

Comenzó con otros argumentos.
¿Dígame, usted se ha dado cuenta de lo que ha hecho?. Lo suyo es inmoral, atenta la tranquilidad que se necesita para que el personal realice sus tareas y además está cometiendo un sacrilegio ante Dios.
Nada de eso que dice es cierto. Yo simplemente me he mostrado como soy y no hay ningún pecado en ello.
Si se atrevido a tanto poco faltara para que ande correteando tras los hombres de esta oficina.
No pienso hacer eso, solo vengo a trabajar como siempre lo he hecho. Usted mismo me ha dicho hace meses que soy muy eficiente.
¡No es lo mismo!
¿Por que no?, yo sigo siendo quien era, no cambiaron mis aptitudes para trabajar.
¡Usted cree que no! Ahora seguramente andará mas ocupado en arreglarse el maquillaje que en archivar memorandos.
¡Eso es injusto! ¿Acaso no tienen empleadas mujeres que también usan maquillaje?
¡No es lo mismo, usted es un pervertido!
¿Entonces de nada valen mis antecedentes, mi dedicación y mis estudios?.
¡Aquí, de nada! ¡Está despedido!.

Cuando salí de la oficina, a pesar de mi abatimiento, levanté la mirada para no demostrarlo y observando a todos me dirigí al cubículo a retirar mis pertenencias. Nadie se acercó a preguntarme lo sucedido. Era evidente que más que la curiosidad los dominaba el miedo a mostrarse amables conmigo ante los demás y ante el gerente. Me sentía como una gacela enferma abandonada a su suerte por la manada para no ser alcanzados por el león.
Ya estaba hecho. Había apostado, aún sabiendo que no tenía la baraja ganadora y lógicamente perdí. En ese momento decidí, a pesar de las consecuencias, nunca mas volver a la ropa de hombre para cobijar mi impostura. Donde fuera debían aceptarme como era. No podía seguir traicionándome.

No era la primera, no era la única. No sería la última. Cuando te sucede una desgracia, comienzas a enterarte a cuantas personas les ha pasado lo mismo. Muchas travestis con formación profesional, estudios y buen nivel cultural han visto cerradas sus puertas, sin contar a quienes echadas de su casa a temprana edad no pudieron siquiera terminar el Colegio Primario arrastrando tras de sí el doble estigma de no tener estudios y ser lo que son.
Consejos no me faltaron. Inclusive el dato de un estudio de abogados especializados en juicios por despidos injustificados que ocultan motivos de discriminación. Concurrí a verlos. Me atendieron con toda gentileza, después de todo era una clienta.

Podemos exigirle una buena suma de dinero, me dijeron. Pero yo deseaba recuperar mi empleo. Que reconocieran su proceder injusto y me devolvieran la dignidad de un trabajo para el cuál me había preparado durante años en el Colegio Secundario.

En la televisión mostraban el anuncio de un Banco otorgando un préstamo a una travesti para abrir su peluquería. El mensaje, decían, era ejemplo de apertura a las nuevas tendencias de la sociedad. Nuevas tendencias para hacer publicidad, pensaba yo mientras esperaba un llamado de mis abogados con alguna novedad y me estrujaba el cerebro tratando de convencerme de haber hecho lo correcto.

Es mi naturaleza, afirmaba el escorpión habiendo clavado su pinza en la rana que lo llevaba a través del río. Recordaba la fábula, aunque no era el ejemplo más apropiado. Ser mujer es mi naturaleza. No mataré a nadie con eso por supuesto. Pero no puedo renunciar a lo que soy.
Lo siento, no tenemos trabajo. Las ventas andan mal y estamos perdiendo plata. Y, ya sabe usted como está á situación. No puedo tomar más personal, además estoy echando gente. No es que tenga nada contra las travestis, pero se imagina, algunos pueden interpretarlo mal. Mire yo tengo amigos travestis, pero una cosa es el trabajo y otra las amistades. ¿Así vestido piensa trabajar? Ni lo sueñe. Déjenos sus datos y lo llamamos cuando haya una vacante.

Esos argumentos y muchos otros escuchaba cada vez que presentaba mi currículo, ya fuera todos juntos, uno o varios de ellos. Los meses pasaron inexorables y mis reservas de dinero se estaban acabando. Debí pedirle a mi tía para solventar los gastos esenciales. En lugar de devolverle cuanto había hecho por mí, me volvía a convertir en una carga y la situación dolía doblemente. En primer lugar por abusar de su confianza al ser la única persona que me había comprendido y además por que no nadaba en la abundancia. Su ayuda era sacrificio para ella y solamente yo debía ser quién encontrara la solución.

Llamar cada día a los abogados se convirtió en una rutina exasperante. Sin novedad, era la respuesta que escuchaba habitualmente. Llegué a pensar que no les interesaba seguir mi caso atareados con tareas más importantes o de mayores ganancias. Los lentos tiempos de la justicia eran su mejor excusa. En un momento tuve la idea de llevar mi problema a la Comunidad Homosexual y pedirles asesoramiento, pero las repetidas promesas que me hacían mis abogados me llevaba a posponer la decisión una y otra vez.

La tarde cuando me citaron al Estudio no me hice demasiadas ilusiones. Sabía que de una u otra manera terminaría perdiendo. En cuanto me informaron de la situación comprobé mi certeza. La empresa ofrecía una suma de dinero para acallar todo el enredo y la promesa por escrito de no abrir otra causa contra ellos. No reconocían de ninguna manera haberme echado por mi orientación sexual sino por haber cometido varios errores que le habían costado la perdida de clientes. Se habían tomado todo ese tiempo para fraguar documentos avalando su declaración.
Nadie, entre el personal testigo de los hechos, se animaba a declarar. Tienen miedo de perder su trabajo, algunos, otros directamente opinaron que estuvo bien despedido, me dijo el abogado.
Pero no me aclaraba que si me volvían a retomar, como yo lo deseaba, sería para él dificultoso cobrar sus honorarios. Con un arreglo monetario resultaba más fácil. Separaba su porcentaje y adiós para siempre.

Debí firmar el acuerdo en Tribunales. Sentada en una banca, en el pasillo, hube de soportar la mirada despectiva de mi ex gerente todo el tiempo durante la espera hasta entrar en el despacho del Juez. Intercambiaba sonrisas burlonas con su abogado al mismo tiempo que le hablaba de su nuevo auto, de la casa en el country, de su matrimonio perfecto, de lo maravillosa que era su esposa y de sus hijos, creciendo sanitos y derechos, gracias a Dios.

Dentro de la oficina, de pequeñas dimensiones, estuvimos obligados a sentarnos más cerca. Mientras el secretario del juzgado leía los detalles del convenio sentí una voz conocida junto a mi oído:
Lo que te vamos a dar es para que sepas que podemos comprar tu silencio y el de otros degenerados como vos. Eso es lo que vales.

Me mordí los labios de rabia. Callé por educación. Un fuego interior me abrasaba. Creí que me iba a desmayar pero pude sostenerme. Cuando salí a la calle respiré con fruición. Al menos había superado ese momento.

El dinero me alcanzó para cerrar cuentas con mi tía. El resto, administrado con cuidado me daba un tiempo para resolver mi futuro. Pero la angustia no cedía. Seguía sin encontrar siquiera un resquicio, una puerta abierta a medias para generarme una esperanza.

Mi última posibilidad era tener un negocio por mi cuenta. Un kiosco, pensé, otro kiosco más entre los miles abiertos por los desocupados, víctimas de la crisis y la flexibilización laboral, con su indemnización. No pensaba demasiado en que muchos de ellos habían cerrado por que la competencia era feroz. El mío iba a funcionar, me decía, estaba segura de ello. Pero el monto que tenía no alcanzaba para alquilar un local y comprar la mercadería. La solución era un préstamo bancario, como ese del aviso televisivo.

¿Resultado de la búsqueda? Negativo. Arguyendo que no poseía capital suficiente para garantizar la devolución, ¿para que quería un préstamo entonces si hubiera tenido el dinero? O por no tener los requisitos como un garante o un trabajo en relación de dependencia. Y no faltó el que dijo que con mi aspecto no ofrecía seguridad acerca de mi identidad.

Comprendí que estaba en lo cierto en dudar de aquella publicidad. Era otro ejemplo de como se habla de manera progresista pero se piensa de forma retrógrada.

En ese tiempo comencé a preguntarme hasta cuando aguantaría sin tomar la dolorosa decisión de dedicarme a la prostitución como única salida. Trataba de negarme a ello con todas mis fuerzas, no sólo por parecerme denigrante, sino por que deseaba conservar la ilusión de poder hacer otro trabajo sin convertirme en un simple objeto para los ávidos de sexo.

Algunas travestis conocidas me contaban historias escalofriantes de violencia y abusos, de la persecución policial, de la falta de interés de políticos y funcionarios, de la incomprensión de la gente. Otras comentaban de cuanto se divertían, de cuanto habían ganado, de las prendas que se compraron o de la operación de senos por realizarse. Al principio me pareció que existía una gran contradicción entre ambos tipos de relatos. Luego comprendí. Las últimas solo trataban de olvidar sus penas no hablando de ellas.

Sabiendo que no conseguiría un trabajo, sabiendo que el dinero se me estaba acabando, sabiendo que mi tía con su magra jubilación ya no podía ayudarme, sabiendo que ni siquiera podía tener la ilusión de un hombre enamorado de mí, sabiendo que era un paria, sabiendo que quien me hablaba en la calle con amabilidad lo hacía por puro snobismo, sabiendo que de todas maneras corría el riesgo de encontrarme con algún violento que me agrediera, decidí poner precio a mi cuerpo.

No fue fácil. No era cuestión de decirlo y listo. Debí alimentar cada mañana mi mente de pensamientos positivos, de nuevas convicciones, de nuevos desafíos, para no echarme atrás.
Una amiga travesti me asesoró. Juntas compramos ropa adecuada. De esa ropa que solamente me hubiera atrevido a ponerme en la intimidad de mi hogar. Me enseño secretos de maquillaje, como pararme, como ofrecerme, como tratar el pago, como evitar a la policía, a quién llamar en caso de ser detenida, a negarme a firmar cualquier acta que me presentaran. En suma, aprendí toda la teoría. Solo faltaba el gran paso de la práctica.

Fuimos juntas en taxi hasta la calle en donde se reunían las prostitutas. Una calle de la que habían sido echadas una y otra vez debido a las denuncias de los vecinos y a la que debían volver, no existiendo otro lugar mejor y sin poder contar con un sitio adecuado como en algunas capitales de Europa.

Me moría de miedo. Mi amiga me presentó a las que ya habían llegado y nos paramos juntas en una esquina. Tardé media hora en tomar la decisión de quitarme el abrigo y mostrar las minúsculas prendas que cubrían apenas las partes esenciales. Tenía frío pero no había otra opción. Si quieres venderte debes ofrecerte.

No entraré en detalles acerca de los clientes, sus insólitos pedidos y su regateo de los precios. De los insultos proferidos por aquellos que pasan en sus autos solo para vernos como si fuéramos animales en un zoológico o una curiosidad turística, de los gritos de los moradores de las casas en cuyas aceras nos ubicamos, diciéndonos que nos vayamos a otro lado. Del abuso de los conserjes de los Albergues donde alquilamos una habitación, pretendiendo quedarse con gran parte de nuestras ganancias. De los continuos controles de la Policía, pidiéndonos documentos, amenazando con llevarnos presas en averiguación de antecedentes o exigiéndonos plata para evitar el arresto. De los golpes recibidos en la comisaría si no podíamos pagar nuestra libertad y de la constante humillación de tener que limpiar las celdas para lograr salir con la amenaza de ser detenidas nuevamente si nos encuentran en la calle, tan solo por llevar ropas del sexo opuesto, como si no entendieran que esta es nuestra verdadera identidad, nuestro verdadero sexo. De los ladrones que se abusan de nuestra impotencia para quitarnos el dinero por las buenas o las malas. Del gasto necesario, para estar más atractivas, de colocarnos senos con el consiguiente miedo de tener por ello, alguna complicación de salud. O de aquellos los clientes que se niegan a pagar, que de pronto sacan a relucir su homofobia oculta y la emprenden con alguna de nosotras o que se niegan a usar preservativos haciéndonos correr el riesgo de contraer cualquier enfermedad, hepatitis, sífilis o sida.

El tiempo cura heridas. Al menos las físicas. De día procuro hacer cualquier cosa tratando de olvidar mis noches. Leo, voy al cine, paseo por Plaza Francia curioseando los puestos de artesanos, entro en los Museos o me siento a orilla del río a contemplar el reflejo del sol en el agua. Pero cuando la tarde va envolviendo el cielo en un manto rojizo presagiando la llegada de la oscuridad me vuelven los pesares y debo juntar valor para no abandonar lo que, al menos, me da de comer.

El tiempo cura heridas y trae sorpresas insospechadas. Todavía me recuerdo inclinándome hacia la ventanilla de un auto importado de marca alemana con vidrios polarizados. Mi cara se reflejaba en la superficie espejada hasta que el conductor los bajó y pude verlo.

¿Cuanto cobras? Preguntó. No pude contestarle. No supe en ese momento si insultarlo o reirme de él. Era mi ex gerente. Aquel que peroraba sobre la moral, su vida perfecta, su esposa dedicada y sus hijos modelo. Continué mirándolo para saber si me había reconocido. Ante mi silencio, masculló un par de insultos, volvió a subir el vidrio y arrancó para detenerse unos metros más adelante a tratar con otra travesti quien después de unos segundos subió al auto.

En ocasiones se puede tener una experiencia así. Comprobar la hipocresía de ciertas personas ocultando penosamente sus realidades tras la fachada de la moralidad y no asumiéndolas, denostando aquello con lo que temen ser confundidos.

No es motivo de alegría saberlo aunque en un primer momento nos cause gracia. Pero no en esta ocasión. Hemos sabido que una de las chicas desapareció hace varios días después de irse con un cliente. No sabemos donde buscarla. En las comisarías o en los hospitales no nos dan datos. Nadie sabe cuál es su verdadero nombre para poder identificarla. No podremos ubicar a sus parientes. Tememos que aparezca, como otras, herida, asesinada o que no aparezca.

Y mientras tanto dibujo una sonrisa en mi máscara, me afirmo sobre los tacos, meneo mi cuerpo y continuo viviendo día por día. Corro el riesgo, como todas, de ser la próxima. Por eso me pregunto cada noche si habrá un mañana.

Fin


Este cuento lo presenté con mi nombre real en el año 2008, en un concurso organizado por una ONG Mejicana y cuya consigna era la discriminación.

Siendo crossdresser es mi homenaje a nuestras hermanas travestis


Saturday, May 23, 2009

Luciendo aros y collar regalados por mi pareja

Estoy contenta por que ademas mejore esta peluca que tenía medio abandonada

Me gusta el negro


Me gusta mi sonrisa


Vida cotidiana 4

En casa, el sabado 23 de Mayo de 2009, tratando de encontrar una idea para comenzar una nueva novela
(fotograma de un video tomado por la web cam)

Vida cotidiana 3

En casa, la mañana del sabado 23 de Mayo de 2009, leyendo "Diario de rodaje de la pelicula Perdita Durango"
(fotograma de video tomado por la web cam)

Vida cotidiana 2

En casa, el viernes 22 de Mayo de 2009, viendo Xica da silva
(fotograma de video tomado por la web cam)

Friday, May 22, 2009

Vida cotidiana 1

En casa, el jueves 21 de Mayo de 2009, viendo Xica da Silva
(fotograma de un video tomado con la web cam)

Friday, April 17, 2009

Efectos de la crossdressina

Todo empezó esa noche durante el sueño. No era la primera vez que me asaltaban imágenes vestida de mujer, pero en esta ocasión no eran las acostumbradas de andar escondiéndome para que no me descubrieran con ropas femeninas, sino todo lo contrario. Me veía entrando a un inmenso salón iluminado por una gran cantidad de arañas con cristales que pendían del alto cielorraso, en las paredes se alternaban tapices y espejos y el piso era tan brillante que el reflejo de las luces obnubilaba la vista.
Yo, con un vestido ceñido al cuerpo, de color plateado y largo al punto de arrastrarlo por el piso, movía con gracia mi cabellera negra lacia y caminaba afirmando los tacos aguja mientras los presentes, hombres y mujeres, abrían paso, cuchicheaban entre sí y me sonreían o me hacían reverencias que contestaba sonriendo o apoyando un dedo de mi mano derecha sobre mis labios y arrojando besos al aire.
Cuando llegué al centro del salón un hombre me tendía la mano, al tomarla, con el otro brazo rodeaba mi cintura y me decía todas esas cosas que una mujer desea escuchar con su voz tan española, ya que se trataba del mismisimo Antonio Banderas. La música comenzó, bailamos recorriendo toda la pista, el resto de las parejas nos hacían espacio y nosotros reíamos y girábamos, girábamos y reíamos. El me invitaba a su casa, yo decía que si, su brazo me sujetaba con fuerza, bajaba por mi espalda y nos hacíamos gestos cómplices mientras le comenzaba a morder con delicadeza el borde de su oreja.
Para que extenderme en detalles, hicimos el amor en el porch, en el living, en la cocina, en la alfombra del dormitorio y culminamos en la cama. Y gritaba sin cesar de alegría pidiendo mas, mas, mas…
Al despertar comprobé que tenía el camisón mojado. Una sensación placentera me invadió. En ese momento supe que no quería volver a ponerme ropa de hombre. Estaba decidida, saldría a la calle vestida de mujer. Abrí el placard y me dispuse a escoger lo que me pondría. Elegí una mini de jean, cinturón ancho de cuero, musculosa color rosa y las botitas cortas de piel de leopardo. Luego del baño me maquillé, me puse mi peluca negra lacia larga hasta la mitad de la espalda, me vestí, me coloqué aritos y anillos, guardé el celular, la billetera y la agenda en una cartera pequeña color plateado y cuando hube terminado con los preparativos me detuve frente a la puerta juntando coraje. No necesite pensarlo demasiado. Quería salir por primera vez a la calle montada y lo iba a hacer.
Si algún vecino me vio salir tal vez haya pensado que era yo travestida, o no, tal vez una mujer que hubiera pasado la noche en mi casa pero lo cierto es que aquellos que me crucé por la calle no se dieron cuenta quien era. Y conforme caminaba me fui sintiendo mas segura al punto que pronto olvide todos los temores que me asaltaban todas las veces en que había pensado en llevar adelante esta aventura.
Ya no quiero volver a la ropa de hombre, pensaba a cada paso. Pero de pronto me surgió un interrogante, el porque me había animado, por fin, cuando tantas veces lo había postergado anteriormente.
Esto tengo que preguntárselo a alguien, pensé y decidí ir a lo de mi médico para tener alguna respuesta. Elegí al medico por que ya me conoce desde que era chiquito, chiquita, digo y no pensaba ni remotamente concurrir a un psicólogo para que me dijera que todo esto empezó por que quería ser como mi madre y acostarme con mi padre. De manera que llegué al consultorio y entré, por suerte no había muchos pacientes esperando. La secretaría me miro de pies a cabeza, dijo buenos días y sacó una ficha en blanco.
-Ya tengo ficha- dije
-Perdón ¿Usted es…?- y no se atrevió a decir un nombre.
-Ricardo M.-
Já! Hubieran visto ustedes la cara de esa mujer.
-Me está haciendo una broma- Insinuó.
-Soy incapaz, ¿Te parezco una broma?-
Aceptó la situación sin saber que decir. Estaba claro que no acertaba si tratarme como hombre o como mujer. Cuando le di la credencial de la prepaga supo que era yo. Sin decir ni media palabra la pasó por el posnet y me la devolvió, aunque no la veía supe que me clavó la vista hasta que me senté en un sillón.
Mi doctor tuvo reacción parecida, pero era un hombre de mundo y no iba a dejar que pareciera sorprendido por lo que, en lugar de darme la mano, optó por un beso en la mejilla.
-Sentate- Dijo tuteándome. Bueno, en realidad siempre me había tuteado, pero esta vez yo lo sentía como un abuso de confianza.
Obvie mi enfado y le conté lo que me preocupaba, mi sueño y mi decisión de no salir a la calle vestida como hombre. Él escuchó pacientemente y finalmente me hizo pasar tras el biombo y ordenó acostarme en la camilla.
Me revisó concienzudamente. Me hizo decir treinta y tres, escucho mis pulmones, ausculto la garganta, puso aquí y allí su estetoscopio, miro mis ojos, la lengua y hasta los oídos. Finalmente poniendo cara grave como suelen hacer los médicos para que uno se crea lo que dicen sentenció:
-Esto solo puede ser una cosa, debo sacar una muestra de sangre para estar seguro-
-¿De que se trata doctor?- Pregunté, pero procurando hacerse el interesante solo dijo:
-Ya veremos, ya veremos-
Tras sacarme un poco de sangre se escabulló por una puerta lateral con la jeringa cargada y volvió en cinco minutos, antes de que pudiera comenzar a impacientarme.
-Lo que me temía- Aseveró
-¿Qué tengo doctor?- Pregunté, comenzando a preocuparme.
-Un aumento notable en la proporción de crossdressina, sus índices están por encima de los valores normales y probablemente en aumento-
-¿Qué me sucederá entonces?-
-Que su voz se hará mas fina, su cintura se estrechará, sus senos crecerán, sus glúteos también y ya no necesitará peluca, además del hecho de que ya no deseará ponerse más ropa de hombre, aunque creo que eso es mas que una consecuencia, un síntoma, pues ya se ha manifestado-
-¿Y correré el riesgo de quedar embarazada?-
-No, eso no, los efectos de la crossdressina no llegan a tanto-
Respiré aliviada y él continuó
-Pero no se preocupe pues puedo darle un remedio para curarla-
-¿Y cuando dije que quiero curarme?-
-Allá usted, si se niega a recibir tratamiento medico es su responsabilidad, mi deber es curar, así lo he manifestado en el juramento hipocrático-
Lo dejé hablando solo y salí a la calle. De manera que era eso, la famosa crossdressina de la que tanto había oído hablar y pensaba que era solo otro mito como los platos voladores del Uritorco. Debo confesar que no solo no me sentía enferma sino que por el contrario estaba mejor que nunca.
Después de varias cuadras, en una vereda donde las confiterías ponen sus mesas descubrí sentado a una de ellas a Edgardo, el varonil Edgardo, el muchacho por el que había suspirado todo mi paso por el colegio secundario, el musculoso, el atlético, el que me había defendido de una patota en la plaza, el que nunca supo de mis desvelos.
Me acerqué sigilosamente. Al detenerme frente a su mesa no tuvo más remedio que mirarme.
-Hola, Edgardo- Dije más audaz de lo que me hubiera imaginado.
-¿Nos conocemos?- Preguntó.
-Claro, soy Alexia, eh no, es decir, Ricardo M. del secundario-
Me inspeccionó desde la punta de los pies hasta la punta de la peluca y no pronunció palabra-
-¿Te acordás de mi?- Insistí.
Asintió con la cabeza. Al menos no me lanzó un insulto o me trató de puto, pensé, asumí ese gesto como una bienvenida y me senté a la mesa. Él continuaba mudo.
Después de varios segundos en que parecía estar buscando las palabras, habló
-¿Alexia?-
-Si-
-¿Te puedo hacer una pregunta?-
-Si-
-¿Dónde conseguiste esas botas de leopardo? ¿Hay en números grandes? ¿Me podes dar la dirección?-
Sonreí. Saqué de mi cartera la agenda, tomé la lapicera y escribí la dirección en una servilleta.
-¿Ese es el negocio?- Preguntó.
-No, esa es el consultorio de mi médico, pedile que te haga un examen de crossdressina, si te da positivo no encontramos de nuevo y te doy la dirección de la zapatería-
-Gracias- Exclamó mientras llamaba al mozo
- ¿Que tomas?-
-Una gaseosa diet- Contesté
¡Ah, mundo moderno! ¡Ya no quedan hombres!

FIN


Nota: Para ser fiel a mi honestidad y no tener juicios por plagio debo aclarar que la “crossdresina” no es de mi invención, pero no se a quien deberle el copyright ya que he leído sobre ella en varios blogs e ignoro cuál era el original.

Saturday, April 11, 2009

Mi salida del closet


Has recorrido un largo camino muchacha, decía una propaganda de cigarrillos allá por los principios de los setenta, la cuál es aplicable a mi historia personal.
Hoy tengo 55 años y me siento realizada a través de Alexia Montes, ese personaje que creé a partir de mis fantasías y que cobró vida propia hasta convertirse en parte ineludible de mí ser, la que debo ocultar al mundo pero la más importante. La que me permite sentirme la mujer que siempre quise ser a través de la ropa y de las relaciones sexuales pero que pugna por salir a la luz transformándome totalmente.
Esta situación genera una batalla interna que a estas alturas ya no sé quien quiero que gane, si la prudencia de mantener mi afición al crossdressing a ocultas o la hermosa locura de ser totalmente Alexia sin importarme las convenciones sociales.
Atrás quedaron las primeras experiencias, a los doce años, de pedirle ropa a mi madre para jugar a ser nena, de tomarle la lencería a escondidas para masturbarme en el baño, de usar, también a escondidas la ropa de mi ex esposa, de comprarme las primeras prendas y ocultarlas en un bolso en la oficina donde me montaba cuando estaba sola, de cómo le confesé a mi tía de mi secreta afición y como me vestía mientras estaba con ella, de llevar el bolso a la casa de mis padres cuando cambié de trabajo y encerrarme en mi vieja habitación de soltero para darme ese preciado gusto, de cuando, ya separado, trasladé el bolso al departamento que alquile y ¡por fin! poder estar todo el tiempo que quisiera sintiendo la suavidad de esas telas, de cómo un día me asaltó la culpa y tiré todo a la basura y como salí dos días después a comprar nuevas prendas compulsivamente, de cuando me las puse por primera vez ante un hombre, de cuando agregué calzado a mis posesiones, de cuando compré mi primera peluca, de cómo comencé a sacarme fotos frente a espejo, o como convencí a un fotógrafo para que me saque las primeras fotos de buena calidad, de cuando supe que esta pasión se llamaba crossdressing, o cuando pensé el nombre de mujer que utilizaría en más, de cuando fui por primera vez a Crossdressing Buenos Aires y Claudia me maquilló, me vistió y me sacó mas fotos, de cómo pude hablar con con ella como de mujer a mujer, de cuando subí mis primeras fotos a Internet, de cómo segui sacándome fotos con la cámara de disparo retardado y mientras seguía comprando ropa y mas ropa, maquillaje y pelucas. De cuando concurrí a una fiesta de Crossdressing Buenos Aires, de cómo abrí mi blog, de cómo la revista Soy de la comunidad GTTLB me publicó un comentario extraído de mi blog y además lo levantaron otros blogs, de cuando instale la web cam y seguí con las fotos y los videos bailando temas de ABBA y ahora a través del Messenger me exhibo ante mis admiradores montada o desnudita para su satisfacción, de cómo estoy todo el día montada en mi casa, tomo sol en la terraza en tanga y me animo a salir al patio con ropa femenina.
Todo esto ha pasado, mi historia puede parecer la de muchas, pero es esa lucha interna que menciono la que me subyuga y me preocupa. Cuando estoy en casa montada ya no quiero ponerme de nuevo ropas de hombre para salir a la calle. Una larga lista de sensaciones que expuse en mi blog me acercan cada vez más a la mujer que al hombre. ¿Es tarde? Me pregunto, ¿Debería abandonar todo lo que soy hasta ahora para ser Alexia?
De mucho meditarlo solo he podido llegar a una sola conclusión. Es cierto que no puedo estar todo el día montada, es cierto que a pesar de no tener puestas ropas femeninas mi mente sigue pensando como Alexia. Entonces… ¿Por qué no decirle a todo el mundo que soy lo que soy? Que Ricardo M. es Alexia Montes y que Alexia Montes es Ricardo M. Preguntaran por que no pongo mi nombre completo, la verdad es que saldré del closet persona a parsona, cara a cara a con todos aquellos que me conocen. Que lo sepan todos. Que sepan que cuando hablan con Ricardo también lo están haciendo con Alexia o viceversa. Si al fin al cabo no puedo separar ambas personalidades, no puedo dividirme y fingir que cuando estoy como Alexia no existe Ricardo o al revés. Aquí estoy, con todo lo que es uno y la otra, una y el otro. Unificando mi ser salgo del closet. Tal vez una decisión audaz tratándose de crossdressing. Me resulta mucho más fácil salir del closet como homosexual ya que allí no hay nada que explicar, y hasta está de moda dirían algunos, pero como cross es casi impensable teniendo en cuenta la necesaria invisibilidad de esta afición. Además como Ricardo he logrado hacer realidad otro de mis sueños de la infancia, ser escritor, y eso es algo a lo que jamás renunciaré. De todas maneras aquí estoy. Desnuda mi alma y con mi cuerpo vestido con ropa de mujer. No espero que me comprendan, ni que me juzguen, por que nadie está capacitado para hacerlo.


Buenos Aires, 11 de Abril de 2009

Tuesday, January 27, 2009

Somos






Cinco yemas, cinco dedos, una palma, recorren mi espalda. Se deleitan en cada resalto de mi columna vertebral. Yo me relajo y me estiro como gato que acaba de despertar.
Cinco yemas, cinco dedos, una palma, se hacen hueco para cobijar mi mentón y atraerlo donde los labios, sus labios, esperan los míos. Yo, dócil, me sumerjo en el abrazo que me sostiene firmemente, mientras nuestras lenguas inquietas juegan en sus rosadas cavernas.
Nada detiene a esas diez yemas, esos diez dedos, esas dos palmas. Mi cuerpo no tiene fronteras, no niega, no prohíbe, solo espera. Espera la suavidad del contacto con otra piel, espera su exploración desordenada, espera como un volcán dormido, como la arena del mar a las olas.
Espera mientras a las diez yemas, los diez dedos y las dos palmas se unen esos labios con su lengua provocándome cosquilleos en el alma y en cada centímetro de mi ser. Espera y finge total entrega. Espera y al mismo tiempo manipula los deseos del dueño de esas yemas, de esos dedos, esas palmas, esa boca y esa lengua.
Y de esos ojos que revelan pasión y morbo, de ese torso fuerte como una roca, de esas piernas que aprisionan mis piernas.
Momento extraño donde soy la que domina, siendo la débil, la sumisa. Él, un roble. Yo, una brizna. Él, un huracán. Yo, una suave brisa. Él, la fuerza del mar embravecido. Yo, un arroyo en la llanura.
Él, un guerrero de armadura reluciente dispuesto a la batalla. Yo, la princesa que lo espera en su castillo al pie de las murallas. No tendrá motivos para empuñar sus armas si no es por mi espera. No tendré a quién esperar si el no va a la guerra.
Por eso sus yemas se funden en mis yemas, sus dedos en mis dedos, sus palmas en mis palmas, sus brazos en mis brazos, sus ojos en mis ojos, sus labios en mis labios, su lengua en mi lengua, su torso en mis senos, sus piernas en mis piernas, su cintura en mi cintura, su sexo en mi sexo.
Por eso yo soy yo gracias a él y el es él gracias a mi. Por eso durante un momento no somos dos. Somos el fuego creciente que se aviva con el viento, somos luz en medio de la noche de los tiempos, somos risas donde antes hubo lágrimas, somos el caos donde antes hubo orden, somos la música donde antes hubo silencio.
Y somos la explosión que sacude todos los cimientos. El sol en el cenit calentado la tierra.
Luego, tras haber rondado las alturas y los confines del universo, somos nuevamente el silencio, la paz, la luz de una vela, la calma, la soñolencia de una tarde de verano, como esas tardes en que se escucha a lo lejos el ladrido de los perros y yo me voy quedando dormida mientras sus brazos me protegen del mundo como un guerrero con su princesa.

Tuesday, January 20, 2009

Crossdressingmanía


Esta es una lista de cosas que hago, si alguna se siente reflejada en todo o parte de ellas cuentenme.

1 En cuanto llego a mi casa tiro al diablo la ropa de hombre, me doy una ducha y me monto, inclusive con peluca y tacos altos.
2 Cuando debo salir a la calle demoro lo mas posible volver a la ropa de hombre
3 Al bajar el sol, salgo al patio o subo a la terraza totalmente montada
4 A veces hago esto mismo a la hora de la siesta
5 Tomo sol en tanguita en la terraza
6 Segun los días salgo con corpiño y tanga bajo la ropa de hombre
7 Cuando pasan las mujeres a mi lado antes de mirarles la cara, las piernas los pechos o lo que sea, les miro la ropa, ¡Y les envidio su cuerpo! Ademas miro a los hombres, pero por otro motivo
8 Miro los desfiles de moda en la television
9Aunque no tenga un peso me paro en las vidrieras, a ver ropa de mujer
10 A veces, no resisto y me compro algo aunque me salga del presupuesto
11 Si tengo la computadora prendida siempre le doy una mirada a mis fotos
12Todos los dias reviso mis cuentas de hi5 y flirck para ver cuantas personas entran en mi galerias de fotos
13 Ademas reviso las galerias de otras cross y si me gustan bajo sus fotos
14 Cada tanto pongo "crossdressing" en el Google para buscar mas fotos o notas
15 Trato de ver cuanto documental sobre crossdressing hay en el cable
16 Me veo cuanta pelicula hay sobre crossdressing o travestismo
17 Los viernes por la noche aunque no vaya a ningún lado me produzco toda con maquillaje incluido
18 Esos mismo viernes me pongo un CD de ABBA, o de Jose Luis Guerra, o de Carlos Vives, o de Gilda y me pongo a bailar como si estuviera en Angel´s o Casa Brandon
19 Como soy escritora entre mis novelas inéditas tengo cuatro sobre crossdressers y travestis
20 En lo juegos que tengo en la computadora pongo el nombre de Alexia al lado del puntaje
21. Tengo varias fotos mias de 30x20 enmarcas en la pared de mi dormitorio
22 Tengo tres portarretratos con fotos mias en el escritorio de la computadora
23 He salido a andar en bicicleta los domingos con tanguita bajo el pantalon corto
24 Estando en mi casa me muevo como mujer, camino como mujer, me siento como mujer y hasta canto las canciones que escucho practicando voz de mujer
25 Reviso constantemente para ver si esta en orden mi guardarropa que ocupa dos cuerpos de mi placard y cuatro cajones de la cómoda.
26 Cuando voy a visitar a mi tía llevo alguna ropa o ella me presta y me monto todo el tiempo que estoy con ella
27 Cada vez que voy a la casa de fotos a revelar los rollos o a pasar de CD a papel mis fotos voy contenta por que se que el dueño va a verlas y siempre me hace un guiño cómplice.
28 Siendo que en mi casa hago todas las tareas habituales, cocinar, lavar, limpiar, planchar totalmente montada cuando tengo que salir a hacer una compra me tengo que fijar bien frente al espejo para ver si me cambie de ropa correctamente. Una vez casi salgo de remera y mini de jean
29 Envidio a los orientales que tiene mas rasgos femeninos en sus caras y ademas son lampiños. ¡Odio tener que depilarme!
30 Llevo en un bolsillo de la agenda un album con diez fotos mias y lo miro cuando puedo, en el tiempo en que no tengo mas remedio que estar vestida de varón
31 Me hice un video con la web cam con diez temas de ABBA, donde aparezco bailando y realizando cambios de vestuario para cada tema ¡ y me lo paso viéndolo en cuanta oportunidad tengo!
Besos a todxs!!!

Friday, January 09, 2009

Juana la Loca (Joaquín Sabina)


Despues de toda una vida de oficina y disimulo
después de toda una vida sin poder mover el culo
después de toda una vida viendo a la gente decente
burlarse de los que buscan amor a contracorriente

Despues de toda una vida sin un triste devaneo
coleccionando miradas en el desván del deseo
de pronto un día, pasaste de pensar que pensarían
si lo supieran, tu mujer, tus hijos, tu portera
y te fuiste a la calle con tacones y bolso
y Felipe el hermoso por el talle.

Desde que te pintas la boca en vez de Don Juan
desde que te pintas la boca en vez de Don Juan
te llamamos Juana la Loca, te llamamos Juana la Loca
te llamamos Juana, Juana la Loca

Después de toda una vida sublimando los instintos
tomando gato por liebre, negando que eres distinto
después de toda una vida poniendo diques al mar
trabajador intachable, esposo y padre ejemplar

Después de toda una vida sin poder sacar las plumas
soñando cuerpos desnudos entre sábanas de espuma
de pronto un día, pasaste de pensar que pensarían
cuando supieran tu mujer, tus hijos, tu portera
que en el cine Carretas, una mano de hombre
cada noche bucea en tu bragueta

Desde que te pintas la boca en vez de Don Juan
desde que te pintas la boca en vez de Don Juan
te llamamos Juana la Loca, te llamamos Juana la Loca
te llamamos Juana, Juana la Loca




Saturday, January 03, 2009

Salir del closet

Es cierto que nunca se termina de salir del closet, o por que cambias de trabajo, o te reencontras con viejos amigos de la infancia o del colegio secundario, o por que están tus padres o tu ex esposa o tus hijos, o por las nuevas amistades.
Claro que no es cuestión de decírselo a todos. Ni en todas las ocasiones. A veces es imperativo, a veces solo por que vale la pena, a veces por el gusto de hacerlo, otras es prudente callar por temor a las consecuencias y otras ni siquiera es necesario pues se puede vivir igualmente.
Y que particular es esta necesidad cuando además de gay se es crossdresser. Uno puede decir soy gay y el título no requiere más explicación. Todo el mundo sabe de que se trata. Además la práctica del sexo es algo que podes hacer entre las cuatro paredes de tu casa sin que nadie se entere, a lo largo de toda tu vida.
¿Pero que sucede con el afán de vestirnos con ropas de mujer? ¿Como se puede explicar, primero de que se trata, y luego el por qué de esta compulsión?
¿Como se puede manejar el tema cuando la mujer interna pugna por salir a la luz cada vez con más fuerza? ¿Como podemos contenernos cuando comenzamos a sentir que la ropa de hombre nos incomoda, que ya no es suficiente ponernos las prendas más lindas si solo podemos hacerlo en la intimidad de nuestro hogar? ¿Como podemos asumir que queremos ser esa mujer cuando las reuniones en los sitios especializados nos resultan poca exposición? ¿Como podemos darnos a conocer a todo el mundo aún con la facilidad de Internet, donde subimos con orgullo nuestras fotos?
Cada vez me siento más mujer. Cada vez me cuesta más, cuando debo salir a mis obligaciones, sacarme las prendas femeninas y ponerme las masculinas. Cada vez me resulta más mágico sentir mi nombre, Alexia, de otros labios. Cada vez doy un paso más audaz, como tener fotos mías en las paredes de mi dormitorio o las pelucas sobre la cómoda y dejo la puerta abierta a pesar de las visitas de mis amigos o mis hijos, o atravieso mi jardín o la terraza a plena luz del día totalmente montada.
Desde los doce años supe que esta era una pasión irreversible, pasaron sobre mi piel prendas de mi madre, de mi ex esposa, las que comencé a comprar tímidamente y todas las que actualmente guardo ocupando la mitad de mi placard.
¡Quiero salir a la calle, no a hurtadillas, sino mostrándome en toda mi intensidad, en todo mi ser, en mi elección! ¡Quiero vivir como Alexia Montes!
Tengo 55 años. Tal vez sea tarde, la vida como Ricardo me apabulla. Es cierto que con satisfacciones y frustraciones como cualquier persona, pero...¿Como convivo con Alexia sin caer en la locura? ¿Como le digo a Alexia que tiene que permanecer enclaustrada? Que su única realidad es vivir a escondidas, saliendo a la calle de vez en cuando, mirando a todos lados para evitar ser descubierta. Que dificilmente pueda cruzarse con los vecinos y saludarlos a la cara. Que la gran mayoría de las personas no la van a entender.
No es fácil. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, estoy montada con una pollera negra de cuero, una musculosa rosa con la palabra Love, tanga y corpiño blancos, zapatos negros con taco de 14 centímetros y mi peluca color castaño. Desearía salir así a hacer las compras en el supermercado. Me imagino el revuelo que provocaría. Pero debo permanecer aquí o cambiarme, dejar de ser Alexia para convertirme en un hombre que cada vez me resulta más extraño.
Escribí esto para hacer algo de catarsis. No se si me siento mejor. Voy a poner un CD de ABBA, a ver si bailando se me pasa la bronca.

¡FELIZ 2009 PARA TOD@S Y QUE SE CUMPLAN LOS SUEÑOS AUNQUE PAREZCAN IMPOSIBLES!