Thursday, August 31, 2017

Palabra de Dios (cuento)

PALABRA DE DIOS

 La batalla había durado todo un día. Desde el momento en que los combatientes se dispersaron por el campo tomando las posiciones que les habían sido indicadas, mientras la bruma del amanecer inundaba todavía la atmósfera cargada de tensión.
Cuando ambos ejércitos estuvieron frente a frente, cada uno en las laderas que culminaban en un depresión del terreno, era posible ver las formaciones del enemigo, sus estandartes y jefes. Cada uno de los generales observó con detenimiento para tratar de hallar un hueco, una falla en la defensa del oponente, en suma un sitio por donde asestar el primer golpe. Robert de Croan, Gran Maestre de la Orden del Temple y el Emir Nuredín, dieron al unísono la voz de avanzar a toda marcha y las masas obedientes se lanzaron a la carrera en medio de una gritería infernal. El aire se llenó de polvo levantado por los pies de los soldados y cuando ambas vanguardias se encontraron, el ruido de las armas chocándose, los lamentos de los heridos y las órdenes se mezclaron en el fragor del combate.
Fue una sucesión de avances y repliegues. Marchas a un lado y otro del frente. Arqueros, infantería y caballería hicieron a su turno estragos en las líneas enemigas y la tierra se sembró de cadáveres, de sangre y de armas abandonadas. Cuando el Sol comenzaba a bajar hacia el oeste sobrevivían pocas almas en pie y con afán de seguir contendiendo. En pocos minutos solo quedaron frente a frente los generales, sobre sus caballos sudorosos y agotados.
-¡Por Alá! – vociferó el Emir.
-¡Por Dios y Jesús mi salvador!- exclamó el Maestre con igual ímpetu.
Y corrieron cada uno al encuentro del otro, espadas en mano listos para asestar el golpe final. Cuando se cruzaron, solo se escuchó un sordo ruido en el momento en que las armas abrieron la carne y golpearon contra los huesos. Al detenerse los caballos, el Emir cayó pesadamente al suelo mientras la sangre le fluía de una herida abierta bajo su brazo. El Maestre duró unos segundos más sobre su cabalgadura. Contempló el campo cubierto de cadáveres y a los buitres rondando entre la carne muerta. Luego cayó a un costado, la espada del Emir se había incrustado en un sitio abierto bajo el peto de la armadura.
Mientras pugnaba por permanecer el mayor tiempo posible con los ojos abiertos, vio a una de las aves de rapiña a su lado, impaciente, y recordó el sermón de la montaña:
“Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?”
Cerró los ojos.






La verdadera historia del Minotauro (cuento)

La verdadera leyenda del Minotauro

Las sombras se alargan sobre toda la extensión de la isla de Creta. Minos Rey, acodado en la baranda que limita la terraza del palacio piensa en su esposa Parsifae. Su recuerdo es un permanente lamento. No por su temprana muerte sino por que aún resuenan en sus oídos los gritos de placer que profería en el momento en que era poseída por el toro al que ella se había entregado para gozar como nunca antes lo había hecho.
No puede olvidar Minos Rey el parto de Parsifae en el que nació aquel ser monstruoso, mitad toro, mitad humano. Los gritos, esta vez de dolor, inundaban todas las habitaciones del palacio, las calles, las tiendas, las casas, los templos y hasta en el puerto. Minotauro estaba entre los vivos. Parsifae entre los muertos.
No puede olvidar que debió cargar con la vergüenza y con el monstruo, que debió criar a la hermana del Minotauro, Ariadna, la hija de Parsifae antes de la locura. Que se vio obligado a encargar a Dedalo el laberinto, cárcel para el monstruo y ordenar a su guardia que lo encerrara para siempre. Y como urdió la manera de someter a Atenas a su dominio utilizando el miedo por el que la ciudad griega le entregaba a los mejores jóvenes y vírgenes para calmar la ira de la bestia.
En la inmensidad del mar se observa un navío. Minos Rey, que lo puede ver desde la terraza sabe que traen otro cargamento de humanos para satisfacer al monstruo. Con paso rápido baja las escaleras acompañado de su hija. Cuando llega al puerto la nave esta siendo amarrada y comienzan a descender las víctimas del sacrificio. El rey los observa. Los varones de músculos firmes, las mujeres de suaves curvas.
¿Pero quien es ese hombre que tiene la osadía de acercarse a la bella Ariadna?
Minos Rey vacila. Cree reconocer esa cara, ese porte de guerrero, de alguien que está acostumbrado a mandar y ser obedecido. Ya no puede evitar que su hija hable con el extraño. Se sonríen, se tocan, se expresan en largas miradas. Quisiera saber que se están diciendo. Ignora que la bella Ariadna ha cautivado al extraño que ha venido con la intención de matar al Minotauro y le ha prometido el medio de salir del Laberinto una vez que haya cumplido su misión. El extraño, valeroso, se convierte en esclavo de la bella. Depende de ella para continuar viviendo y en consecuencia le ofrece todo lo que pueda darle. Compartir el trono de Atenas.
Minos Rey ignora que se trata de Teseo, el hijo del rey Egeo hasta que éste lo desafía.
-He venido a liberarte de tu vergüenza y a Atenas del miedo- dice Teseo.
Minos Rey ríe. Este hijo de Egeo es tan arrogante que cree poder acabar con el monstruo, pero jamás lo va a lograr, piensa mientras lo mira.
Pero Teseo está decidido. Lo trajo hasta Cnossos el hambre de poder. Matar al monstruo es la manera de lograr ser más grande que su padre y así destronarlo una vez liberada Atenas de la garra de Minos.  
Encabezando el grupo asciende por el sendero hacia las puertas del Laberinto. Van cantando, tomados de las manos y Minos Rey se pregunta: ¿Cuál es la fuerza que los hace enfrentar la muerte de esta manera?
Ariadna le entrega a Teseo la espada y el hilo que le posibilitará el regreso. Sabe que Minos Rey, ignorante del hecho, no cree que Teseo sea una amenaza real para la bestia que saciara su sed de sangre y carne con él como con los demás.
El grupo entra. Teseo comienza a desenrollar el carretel en cuanto las puertas se cierran. Ariadna exclama: ¡Vas a poder regresar, amor mío!
En la oscuridad de los pasadizos solo el reflejo de las antorchas y el chillido de las ratas son las únicas señales de vida. Teseo, decidido, encabeza la marcha hasta que llegan al salón que sirve de morada a la bestia.
-He venido a acabar contigo- le dice el ateniense
-No, has venido por otro motivo y no sabrás cuál pues cuando lo que deba ser suceda tú ya estarás muerto-
-Soy un héroe y el sucesor del trono de Atenas, por lo tanto tengo el poder de matarte para librar a la humanidad de tu presencia-
-Atrévete, entonces-
Se trenzaron en feroz combate. La espada del ateniense provocaba reflejos brillantes a la luz de las antorchas, los cuernos de la bestia eran sombras entre las sombras. Las heridas se desgarraban, la sangre fluía. Uno de ellos cayó pesadamente al suelo para no levantarse más. Aquellos que iban a ser sacrificados oraron en silencio. Una multitud que comenzó a asomar por puertas y otros huecos en las paredes gritaban de júbilo. Rodearon al Minotauro que, de pie, lamiéndose las heridas los instó a salir del encierro.
Era madrugada. El sol comenzaba de nuevo su camino y alumbraba con sus primeros rayos los muros del Laberinto cuando el grupo encabezado por la bestia se abrió paso derribando las puertas de la prisión. Ariadna, que había pasado toda la noche en vela, parada ante los portones corrió hacia Minotauro y abrazándolo exclamó:
-¡Volviste amor mío, volviste! ¡Ahora seré tuya como mi madre lo fue de tu padre!


La verdadera historia de Judas Iscariote (cuento)

La verdadera historia de Judas Iscariote


Sir Henry cerró con fuerza el libro que estaba leyendo y dijo a su amigo Sir Arthur
-Hay algo que no puedo dilucidar por más que lo pienso-
-¿Que?-
-Si Jesús era una figura conocida por el pueblo que lo había visto hacer milagros y dado el sermón de la montaña además de haberlo recibido en Jerusalén para la Pascua, entonces, los Sacerdotes del Sanedrín ¿Necesitaban a Judas para que lo identifique?-
-Y, si, por aquellas épocas no existían los diarios, la televisión, la fotografía ni Internet-
-¿Pero por que uno de su entorno? Podrían haber enviado a un sirviente del Sanedrín o un soldado romano a mezclarse con la multitud-
-Tal vez por que así debía ser según las escrituras. Jesús mismo lo dijo en la última cena. Uno de vosotros va a entregarme y cuando Judas le preguntó si era el, le contesto Tu lo has dicho-
-Por eso tentaron a Judas con dinero y confiaron en el-
-Exacto, pero lo que no tuvieron en cuenta en cuenta es que Judas también podía mentirles a ellos. Voy a referirle la verdadera historia de Judas y su traición, la que no se puede saber por que trastocaría toda la religión católica de la manera que la conocemos. Jesús conocía muy bien las escrituras y a través de ellas su destino, su crucifixión para salvación de la humanidad y la redención de todos sus pecados, eso es algo  que continuamente mencionaba a sus apóstoles, pero estos eran personas poco doctas, que no aceptaban que su maestro debía sufrir tal martirio, es mas, creían que eso jamás sucedería.
Judas era el único que entendía a Jesús. El estaba muy encima del resto de los apóstoles por lo que decidió ser él mismo quien se sacrificara. Jesús lo supo sin que se lo dijera, por eso lo encaró en última cena para asegurarse que cumpliera con lo que debía hacer y le dice: Lo que debas hacer hazlo lo más rápido posible.
Judas se había ganado la confianza de Caifas y los sacerdotes del Sanedrín, aceptó el dinero para que no desconfiaran de él, pero dudaba por que amaba demasiado a su maestro para tener que entregarlo. De manera que llegó al conocido arreglo de señalarlo con un beso en la mejilla cuando estuvieran en el Monte de los Olivos.
Jesús se retiró al monte con sus discípulos y mientras estos descansaban se retiro a orar esperando la llegada de Judas pero éste no llegó pues habiendo encontrado a un vagabundo durmiendo se detuvo ante él, lo beso en la mejilla y dijo ¡Salve maestro! Los guardias romanos lo tomaron por la fuerza y se lo llevaron a pesar de la resistencia del pobre inocente.
Era ya la madrugada cuando Judas se presento ante Jesús y los apóstoles como si nada hubiera pasado. El Mesías lo increpó y supo entonces lo que había pasado, sin perdida de tiempo se dirigió a la sinagoga, en vano intentó entrar diciendo que era él el verdadero Mesías y que habían prendido a un extraño.
Luego el gobernador Poncio Pilatos se apiadó de ese hombre. Apeló a la demagogia de preguntar al pueblo a quien soltaría para las Pascuas y la multitud rugió el nombre de Barrabas. Sabemos bien como se lavó las manos y pronuncio aquella maldición sobre que la sangre de un justo caería sobre el pueblo de Israel.
Jesús intentó entrar al recinto. Desesperado, sin saber que hacer no tuvo más remedio que ser testigo de la crucifixión de quien no debía ser crucificado.
La ira de Dios ante la cruxifición no fue por la muerte de su hijo sino por comprender que hasta el mismo había sido engañado. Rápido de reflejos José de Arimatea pidió el cuerpo del muerto y lo escondió, luego hicieron correr la versión de la resurrección.
Tres días después Jesús, se apareció a los apóstoles y les dijo que salieran a predicar por el mundo pero el Mesías tuvo que retirarse a un lugar apartado a apacentar ovejas, hasta que murió de viejo acompañado solamente por María Magdalena-
-Su historia suena muy creíble, tanto como las Escrituras si las leyéramos con fe, pero a la luz de pruebas indiscutibles son tan inverosímiles una como otra-
-Tal vez, pero déjeme decirle algo, hay una prueba irrefutable que hace verosímil mi relato-
-¿Ah, si? ¿Cuál?-
-La humanidad. Esta humanidad que conocemos, que sostiene guerras, contaminación del planeta, corrupción moral y material, exterminios masivos, esclavitud, brutalidad, violencia, Esta humanidad, querido amigo no fue redimida, no fue salvada por el sacrificio del hijo de Dios, esta humanidad marcha a su autodestrucción total en medio de la sangre y el fuego. ¿Por qué? Por la traición de Judas, no la traición a su Mesías, sino la traición a la profecía. Una traición por cuya culpa se suicidó, por que sabía, en su inteligencia que por salvar a su Maestro, un solo hombre, había condenado a toda la humanidad.



Gaspar (cuento)

Gaspar

La comitiva de enviados del reino de Agfar llegó hasta las puertas de la ciudad capital de Vinciter. Haciéndose entender solo por señas, ya que desconocían el idioma local, lograron encontrar el sitio donde se levantaba el Palacio Real. Una vez en su patio los detuvo un guardia que les indicó que esperaran alli. Miraban todo con la avidez del viajero cuando se detuvo a su lado un enano, contrahecho, patizambo y de enorme cabeza.
-Miren al monstruo- Dijo uno de ellos volteando la cabeza para que el mencionado no los viera reírse.
-Debe ser el bufón del rey- Acotó otro
Como el enano permanecía a su lado el tercero se dirigió a él.
-¿Que miras espanto, nunca viste gente normal?-
El enano, sin decir palabra, se alejó hacia el edificio del palacio tan rápido como le permitían sus cortas piernas. Una vez fuera de su vista el grupo estalló en una sonora carcajada justo cuando el guardia les hizo señas de que entraran.
En el gran Salón del trono no salían de su asombro viendo su magnificencia. Y al rey sentado en su trono junto a la reina y rodeado por sus bravos caballeros. En una silla acorde a su tamaño, a la izquierda del rey, estaba el enano.
-Miren- Dijo uno de los embajadores- Lo tiene a su lado como un perrito faldero-
Hicieron una profunda reverencia y ordenaron a sus lacayos abrir los cofres  que revelaron una profusa cantidad de joyas y telas desconocidas. Intentaron hablar pero nadie les entendía. El rey hizo un gesto para que detuvieran su discurso y dijo.
-Ya se que no me entienden por eso los invito a decir su mensaje al traductor y el me lo hará saber. Su nombre es Gaspar y sabe todas las lenguas del mundo conocido-
Y extendiendo la mano hacia el enano dijo.
-El es Gaspar-
Los enviados adivinaron el gesto. Sobreponiéndose al miedo, se dirigieron a Gaspar.
-Venimos en paz a traer de parte de nuestro Visir las más preciosas joyas de nuestro reino para que sellemos una alianza económica y cultural por el bien de nuestros pueblos-
Gaspar tradujo.
-Dicen que vienen a traerte una chucherias que no valen nada con las quieren comprar el reino-
El rey, sin que se le notara ni una mueca de enojo dijo a Gaspar.
-Diles que son muy amables, pero no estamos en venta-
Gaspar tradujo.
-Dice que pueden volverse a su reino con todas esas baratijas-
-No podemos volvernos a nuestro reino sin dejarle estos obsequios pues nuestro Visir se enfadará-
Gaspar tradujo.
-Dicen que igual los van a dejar para que lo vaya pensando pues si no los acepta la próxima vez vendrán con soldados-
El rey, tratando de ser benévolo con los enviados, prefirió hacerles solamente una advertencia.
-Diles que se retiren inmediatamente, si los llego a ver una hora más por aquí perderé mi real paciencia y los haré colgar en medio del patio del palacio-
Gaspar se tomó un largo e inquietante segundo para traducir y luego habló.
-Dice el rey que está bien, que están invitados a recorrer el palacio si lo desean-
FIN








Aquel verano del 68

Aquel verano del 68


Antonio mira por la ventana. El jardín, la calle, la ciudad entera, brillan, bañados por las gotas de la lluvia que cae mansamente, sin ruido, tenaz y sobrecogedora. En su interior también llueve. Las lágrimas que le brotan son elocuente signo de su tristeza, corren sin nada que las detenga sobre las tenaces arrugas de sus mejillas y anidan en sus manos apoyadas sobre el regazo.
Tantos años, se dice. Tantos años en que esta realidad era una probabilidad lejana, algo en lo que no pensaban. Algo que se negaba, viviendo día a día, como si la eternidad fuera posible.
Siente el sol acariciándole el rostro. El calor es gratificante y procura absorber con todos sus poros aquella sensación. Pero no es el sol del presente, afuera aún garúa, es el sol del pasado, el de aquella tarde de verano, cuarenta veranos atrás, cuando caminando por la playa exhibía su torso bronceado y su andar firme.
Una mirada, varios pasos más para darse vuelta y comprobar si esos ojos estaban fijos en él. Lo estaban. No podía dejar pasar de largo la oportunidad. Se acercó lentamente al dueño de la mirada, cotejando si alrededor suyo alguna persona había adivinado lo que iba a suceder.
Un tímido hola, y la misma respuesta. Dos o tres segundos en que ambos no supieron que decir. Luego, una pregunta de compromiso, como para romper el hielo.
-¿Sos de Buenos Aires?-
-Si ¿Y vos?-.
-Yo también.
-¿Y de que parte?-.
Se sentó a su lado, el diálogo estaba entablado. Conversaron sobre su barrios, sus estudios, sus trabajos. Contemplaban el mar que estrepitosamente se convertía en espuma a escasos metros de sus pies, de vez en cuando uno observaba al otro en el momento en que ese otro miraba las olas o jugueteaba con los dedos en la arena. Finalmente sus miradas se cruzaron. Sonrieron por primera vez, se sentían dos niños sorprendidos en una travesura.
-Vamos a un lugar donde podamos sentarnos a tomar algo-.
Se levantaron y caminando entre medio de la gente y las sombrillas que poblaban la playa se dirigieron a una confitería en la Rambla.
Veinte años, la edad en que el mundo es un desafío y la vida una incógnita. Ambos eran dos jóvenes atractivos a los que no le faltaban admiradoras, sumadas a las hijas de las vecinas o primas lejanas que sus madres como celestinas profesionales insistían en presentar.
Esteban, de piel cetrina y cabello negro era estudiante de arquitectura y trabajaba en un estudio como aprendiz. Experiencia sexual, poca. Algunos escarceos con amigos masturbándose mutuamente y unos besos, como los de las películas. Antonio, rubio, de ojos celestes, a duras penas había terminado el secundario y se ganaba el sustento en la panadería de su tío. Había tenido su primer relación con otro muchacho a los quince años y desde entonces no se perdía cuanta oportunidad tuviera.
-Todavía tenemos tiempo, mi familia no llega hasta tarde, se fueron a Mar Chiquita. Vayamos a mi departamento- dijo Esteban.
Transitaron la peatonal mirando a todos lados como sintiéndose culpables de lo que iban a hacer. Como si todos los rostros de los centenares de personas que se cruzaban les dijeran: Sabemos que clase de anormales son ustedes.
Entrar al edificio no fue fácil. Debieron esperar que el encargado se cruzara al kiosco a comprar cigarrillos y en cuanto pudieron corrieron hasta el ascensor afortunadamente vacío.
Una vez dentro del departamento, Esteban guió a Antonio hasta su habitación. Con determinación lo tomó de la mano. Ese primer roce entre sus pieles pareció un shock eléctrico. Nada los detuvo entonces. Se quitaron la ropa con la urgencia del deseo y el apuro por aprovechar el tiempo. Sus cuerpos atléticos se mezclaron desordenadamente, brazos y piernas se enredaban, las manos recorrían cada centímetro disponible. Sus miembros, erguidos, se chocaban. Finalmente uno de ellos cedió y el otro se impuso en esa lucha amistosa. El desenfreno se convirtió en un movimiento acompasado y unísono. El orgasmo llegó a ambos al mismo tiempo. Un grito animal multiplicado por dos. Entres risas y gestos de temor experimentaron cierto arrepentimiento de haber expresado tan notoriamente su paroxismo.
Dudando en si habían sido escuchados en los departamentos vecinos, se vistieron lo más rápido que pudieron y bajaron a la calle por separado. Al portero le pareció sospechosa la figura de Antonio a quien no recordaba como habitante del edificio. Iba a detenerlo cuando apareció Esteban y lo entretuvo hablándole de fútbol.
En aquel verano del 68, los dos muchachos se encontraron varias veces. Unas en el departamento de Esteban, otras en la pensión donde se alojaba Antonio. Siempre cuidándose de los curiosos. Siempre con el temor de ser descubiertos. Por las noches iban a caminar por la peatonal o se metían en los boliches de moda a ver bailar a los demás. Volviendo, cerca de la madrugada se animaban a tomarse de la mano, envalentonados por la soledad de las calles.
-¿Todavía no te hiciste de una novia?-. Le preguntaban las hermanas a Esteban, ya que su intuición les indicaba que había algo sospechoso al ver que su único entretenimiento diurno era los interminables juegos de paleta con ese rubio que ni siquiera les presentaba.
-Tenemos que seguir viéndonos cuando volvamos a Buenos Aires- Insistía Esteban que ya estaba seguro de que aquellos juegos de su adolescencia habían sido la puerta a su homosexualidad y que Antonio era el responsable de haberla abierto de par en par.
Para Antonio no era tan importante continuar aquella relación. Una vez en la ciudad podría buscar a cualquiera de sus amigos, por lo que le prometió vagamente que se verían de nuevo. El último día intercambiaron direcciones y números de teléfono. Antonio ayudó a la familia con las maletas para acomodarlas en el auto y se quedó mirando su partida hasta que se perdieron por la avenida Constitución.
-¿Ese Antonio es medio rarito, no?- Dijo impiadosamente una de las hermanas de Esteban. Éste tembló por el temor de ser descubierto. No sabía en ese momento que el comentario de la muchacha era producto del resentimiento por no haber logrado que Antonio la cortejara.
En Buenos Aires, Esteban no dejó de llamar a Antonio cada día. Su madre le contestaba siempre que no estaba. En ocasiones había ido a la panadería y en otras había salido a quien sabe donde. Logró que le diera el número del negocio. Tampoco tuvo suerte. Al paso de los meses comprendió que la aventura de verano había sido nada más que eso. Pero le costaba resignarse. Dándose cuenta que sus llamados importunaban dejó de hacerlos. Tal vez era hora de aceptar la realidad.
El verano siguiente caminando por la Rambla divisó a Antonio a lo lejos. No estaba solo. Un joven alto, desgarbado, sin demasiados atractivos lo acompañaba. Sintió que no debía dejar pasar la oportunidad y sin pensar si incomodaba se detuvo frente a ellos. El gesto de sorpresa de Antonio fue evidente. Parecía como si no lo reconociera. El otro individuo comprendió que algo sucedía entre ambos jóvenes y se alejó un par de pasos.
-Te llame infinidad de veces.- Dijo Esteban.
-Bueno, es que estuve muy ocupado-.
-Si, ya veo-.
-¿Acaso pensás que somos novios? Yo tengo mi vida.-
-Yo también, y sentía que formabas parte de ella.-
-Me voy- Agregó Antonio y dejando a Esteban sin saber que responderle se dirigió adonde lo esperaba su acompañante.
En esas vacaciones no volvieron a cruzarse. Esteban movido por la desesperación tuvo algunos encuentros ocasionales. Disfrutó del sexo pero no se sentía completo. Algo faltaba y ese algo era el deseo del amor. Esa pasión inexplicable que había sentido con Antonio.



Sigue lloviendo, se lamenta Antonio. ¿No piensa parar?. Recordó que un día de otoño, como éste, comenzó a sentir una indefinible sensación de nostalgia. Tal vez fuera la lluvia, o quizá que ya no encontraba placer en acumular nombres de desconocidos ocasionales que desaparecían de pronto. Habían transcurrido tres meses desde su último encuentro con Esteban en la Rambla. Estuvo grosero con él en esa ocasión, lo admitía y concluyó que debía disculparse. Hurgó en sus cajones. En algún lugar debo haber guardado su número de teléfono, mascullaba.
Lo encontró, blandiéndolo como un trofeo se encaminó al teléfono de la sala y llamó. Esteban, del otro lado de la línea no podía creer que aquella voz fuera la de Antonio. Si le guardaba algún rencor no lo demostró y quedaron en encontrarse en una confitería del centro.
La lluvia seguía acompañado aquel encuentro. No les importaba, ni tampoco el frío del otoño, ni la tristeza del prematuro atardecer. Conversaron durante horas, hasta que la noche se hizo presente. Lo hicieron como dos viejos amigos que tienen enormidad de cosas que contarse. Antonio le pidió perdón por su comportamiento. Esteban le dijo que no tenía nada que perdonar. Eran así, diferentes. Uno prefería la ausencia de compromisos, el otro soñaba con una pareja estable y el amor.
-La libertad solo acarrea tristeza- Reconoció Antonio reflexionando sobre su presente –Finalmente te das cuenta que a nadie le interesa lo que te sucede-
Esteban asintió en silencio.
Al otro día hicieron el amor en la casa de Antonio, aprovechando que la madre de éste no estaba.
Los años pasaron, cada cuál fue organizando su vida. Esteban terminó los estudios y se recibió de Arquitecto, Antonio escaló los pocos peldaños que le permitían su trabajo en la panadería y cuando fue maestro panadero sintió que debía instalarse por su cuenta antes que pasarse toda su existencia como un empleado.
Sus encuentros se volvieron cotidianos. Alternaban la casa de Antonio y la Esteban, sobre todo cuando la familia de éste se iba a la casita de fin de semana en Tortuguitas, lujo máximo en una época en que aún no existían los countries.
La madre de Antonio, viuda, se preocupaba por que su hijo no tuviera novia, lo que imposibilitaba que posteriormente se casara y formara una familia. Los padres de Esteban se manifestaban mas comprensivos pues él había dicho que no pensaría en casarse hasta terminar sus estudios. Con esa excusa logró ganar tiempo, pero una vez recibido comenzaron a atosigarlo. En especial las hermanas que acrecentaban sus sospechas con el paso del tiempo y no habían perdido oportunidad de acicatearlo con frases hirientes.
-¿No será que te gustan los hombres?- Le decían.
Esteban consiguió la tranquilidad anhelada cuando pudo alquilar un pequeño departamento que utilizaba también como estudio. El lugar se convirtió también en refugio de la pareja pudiendo disfrutar de más tiempo en lugar de los apurones que habían signado sus relaciones.
Las hermanas de Esteban se casaron, compitiendo entre ellas, con pocos meses de diferencia. La mayor con una abogado, la menor con un médico. Con el mismo intervalo quedaron embarazadas y dieron a luz, la mayor un varón, la menor una nena. Sus casamientos fueron fastuosos. Sus vestidos comentarios de todos los conocidos, los salones de fiesta a cuál más grande, sus lunas de miel envidiadas. La mayor en Tahití, la menor en París. En ambas ceremonias Esteban estuvo solamente deseando que terminaran pronto para correr al lado de Antonio quién ya había comenzado a quedarse en el departamento varios días a la semana. Sus hermanas aprovecharon la presencia de una gran cantidad de mujeres de buena posición con ansias de casamiento para presentárselas. Esteban, educadamente, las ignoraba.
La madre de Antonio falleció. Una mañana la encontró en su cama. Su cara reflejaba que había logrado paz interior, mientras dormía, de un fulminante ataque al corazón. Antonio no perdió tiempo e hipotecó la casa para poder instalar una panadería.
Merced a haberse encontrado en el lugar adecuado en el momento preciso, Esteban se asoció a un estudio que realizó gran cantidad de obras importantes debidas al Mundial de 1978. Con el dinero ganado realizó algunas inversiones, jugó en la ruleta de la especulación y de pronto se vio dueño de una mínima fortuna. Antonio llevaba adelante su negocio como podía y no le iba ni bien ni mal pero le costaba levantar la hipoteca de la casa que iba pagando cuando podía juntar algún dinero. La relación entre ambos continuó rutinariamente. Los únicos nubarrones eran las hermanas de Esteban que ya habían advertido que su hermano no entraría jamás al redil de la vida normal. Una de las maneras de amargarle la vida era no permitirle que brindara gestos de cariño hacia sus hijos.
-No sea que les contagies tu enfermedad- Le decían, inclementes.
Así fue que Esteban vio crecer a sus sobrinos de lejos. Las reuniones familiares se convirtieron para él en una tortura donde sentía el vacío que se generaba a su alrededor. Su madre tampoco le dirigía la palabra y si bien su padre hacía esfuerzos sinceros por comprenderlo, finalmente debía apaciguar sus demostraciones de afecto abrumado por la presión familiar.
En unas Navidades, Esteban decidió no ir. Tampoco fue para el fin de año. Y ya no volvió más a la casa paterna. De vez en cuando telefoneaba al trabajo de su padre y charlaban por unos minutos para contarse sus mutuas novedades.
Encontrándose tan solo como Antonio, aunque por diferentes motivos, volcó todo su necesidad de amor con el panadero. Estaban juntos el mayor tiempo posible que le dejaban sus actividades. Salían a pasear los domingos en bicicleta, se iban de vacaciones a Brasil, concurrían al cine, lo llevaba por Museos y exposiciones que Antonio por su cuenta jamás hubiera pisado.
El advenimiento de la democracia les renovó las esperanzas en cuanto a que era posible que no tuvieran necesidad de ocultarse. Pero así como parecía respirarse nuevos aires, aunque no demasiados, llegó al país poco tiempo después la crisis económica. Antonio comenzó a sentir la merma en las ventas. Aún con parte de la hipoteca sin pagar perdió su casa y mantuvo el negocio echando al personal y haciendo todas las tareas él mismo, teniendo que dormir en el local. Esteban no estaba mucho mejor. Nadie construía ni reformaba sus viviendas. Todo estaba paralizado y lo único que atinó a hacer fue vender el auto y cerrar la oficina debiendo trabajar en su departamento que afortunadamente había terminado de pagar.
Llevaban juntos veinte años. Desde ese presente, aquel verano del 68 era solo una imagen lejana que parecía haber sucedido en otra dimensión. Esteban le propuso a Antonio vivir juntos. A estas alturas no le importaba lo que opinaran los demás, sobre todo su familia que lo ignoraba completamente. Además era una buena idea para ahorrar gastos y teniendo un confortable departamento no podía dejarlo dormir en un colchón en el piso al calor del horno de la panadería.
Las expectativas por el siguiente cambio de gobierno se esfumaron rápidamente. Durante la década siguiente sobrevivieron como pudieron. Antonio tenía la panadería abierta solo medio día, el resto del tiempo le ayudaba a Esteban a realizar refacciones trabajando ambos como albañiles. Cuando cumplían treinta años de relación Antonio cerró definitivamente su negocio. Todo el esfuerzo de sus padres se había diluido en esta última decisión.
Esteban comenzó, paradójicamente, a tener más trabajo. Pudo comprar otro auto, mucho más modesto, y ambos se desplazaban en el vehículo llevando las herramientas para los encargos que tomaban. En una ocasión, mientras descargaban los implementos para una obra, pasó por la calle la hermana menor de Esteban junto a una hermosa jovencita. Súbitamente se detuvo.
-¿Así que andás trabajando de albañil? ¿Para esto te mandaron a la Universidad los viejos? ¿Y todavía estás con ese?-
Dicho esto siguió su paseo como si nada hubiera sucedido.
Esteban calló. No supo que replicarle. Se sintió ahogado. Tan ahogado como cuando tres semanas después recibió la noticia del fallecimiento de sus padres en un accidente automovilístico en la Ruta 2 de camino a sus habituales vacaciones en Mar del Plata.
Ni la presencia de los ataúdes en la Sala Velatoria calmó el odio de las hermanas.
-Murieron alejados del egoísta de su hijo- Le espetaron casi a dúo. –Esperamos que reflexiones como le amargaste la vida-
Esteban no necesitaba reflexionar. No había tenido la culpa de ser lo que era. La vida lo había golpeado de varias maneras pero también le había dado muchas satisfacciones y la relación con Antonio era lo mejor que le había pasado.
Antonio sentía que le debía la vida a su compañero. Era cierto que la había peleado a su lado y que solo permaneciendo juntos tuvieron las fuerzas para sobrellevar las dificultades. Por momentos pensaba que se estaba aprovechando de la generosidad de Esteban, pero lo amaba. lo amaba tiernamente, lo amaba con fuerza y lo amaba con pasión.
El corralito y los cacerolazos los encontraron, a pesar de todo, cada vez con más trabajo. Esteban había vuelto a su condición de arquitecto y Antonio era su capataz manejando un pequeño grupo de trabajadores que formaban una pomposamente llamada empresa de construcción.
-Ahora que estamos viejos llega la buena- Solía decir Antonio.
Cincuenta y tres años no son muchos o tal vez si, según desde donde se mire. Antonio se sentía vigoroso, Esteban parecía cansarse ante cualquier esfuerzo. Temeroso de saberse enfermo, no concurrió al médico al sentir, en ocasiones, palpitaciones y arritmias. Tampoco se lo dijo a Antonio.


Sigue lloviendo. La tarde se ha convertido en noche. Antonio sigue absorto mirando por el ventanal. Las lágrimas no cesan. Fluyen impetuosas como hace dos días, una semana después de su sexagésimo cumpleaños, cuando encontró a Esteban caído en el piso del comedor, muerto. Lo abrazó con todas sus fuerzas. Lo sacudió, en vano, intentando revivirlo. La vecina que entró al departamento al oír los gritos de desesperación de Antonio llamó a la ambulancia. Llegaron solamente para recoger el cadáver.
En el velatorio trató de mantenerse alejado de las hermanas de Esteban, sus maridos y sus hijos.
-No deberías estar acá- Le dijo la mayor, pasando a su lado –Pero te dejamos por que somos personas educadas-
Había comenzado a llover cuando llegaron al Cementerio. Antonio no sabía como aún se mantenía en pie. Todo su cuerpo era como una esponja que se doblaba bajo el peso del agua que caía. Cuando los peones cubrieron con tierra el ataúd, recién comprendió que ya no vería más a Esteban. Comenzó a alejarse, había dado unos pocos pasos por la senda de lajas y sintió acercarse a la sobrina de Esteban. Por un segundo pensó que venía darle el pésame. La escuchó azorado.
-Dice mi mamá que mañana tenés que desalojar la casa del tío por que nos pertenece-


Sigue lloviendo. La noche transcurre y todavía no ha comenzado a juntar sus pertenencias. No puede dejar de mirar por el ventanal, ese ventanal por el que tantas veces miró, junto a Esteban, el cielo para saber si podían salir a dar una vuelta en bicicleta.














Friday, August 18, 2017

The street dogs

The street dogs

Nymph of insecurity nights, be careful
The street dogs are haunting
Lady of broken paths, be careful
The street dogs are despoiting
Woman of mercury lights, be careful
The street dogs are howling
Doll of fragile porcelain, be careful
The street dogs are mincening
Venus of hormones and silicons, be careful
The street dogs are murdering.

The street dogs, my darling
Perhaps to wear uniform or not
Perhaps are one of much
Bodys whitout face
Whitout name, whitout history
That you sastifated them whitout other memory
That the roll in your hand
In the arrival of dawn urgent be spent

Nymph of insecurity nights, be careful
Your youth is in peril
In each corner
The street dogs are searching
Satiate their hipocrecy



Los perros de la calle

Ninfa de la noche insegura, ve con cuidado
Los perros de la calle andan rondando

Dama de las veredas rotas, ve con cuidado
Los perros de la calle andan despojando

Señora de la luz de mercurio, ve con cuidado
Los perros de la calle andan aullando

Muñeca de frágil porcelana, ve con cuidado
Los perros de la calle andan destrozando

Venus de hormonas y siliconas, ve con cuidado
Los perros de la calle andan asesinando

Los perros de la calle, querida mía
Acaso usan uniforme, o no
Acaso son unos de tantos
Cuerpos sin rostro, sin nombre, sin historia
Que complaces sin otra memoria
Que el fajo de billetes que en tu mano
Al llegar la aurora urgen ser gastados

Ninfa de la noche insegura, ve con cuidado
Tu juventud esta en peligro
En cada esquina
Los perros de la calle andan buscando
Saciar su hipocresía.



Monday, August 14, 2017

Ansiada Noelia. El final. Capitulos 29, 30 ,31 y 32

29. Un paso, dos pasos, tres pasos, por la pasarela


 La inesperada confesión de Mundinho animó a Roberto. Si iba a sacar a Noelia de nuevo a la calle este era el momento indicado. No podía seguir guardando la pasión de su vida en el closet para siempre. Regresando de Barra da Lagoa donde habían estado buceando en el río de aguas cristalinas se animó a aquello, hasta hace poco, impensado.
-Mundinho, tengo que decirle algo y espero que no lo tome a mal-
El hombre, sin quitar la vista del sinuoso camino lo tranquilizó.
-Decime-
-Mire, usted es una gran persona, me ha dado trabajo sin saber como era realmente, me ha enseñado muchas cosas y realmente estoy muy bien con usted...-
-¿Y?-
-Lo que ocurre es que tengo un gran secreto que me agobia y necesito compartirlo para poder vivir tranquilo-
-No debe ser nada grave-
-Depende de quién lo escuche-
-Animate-
-Bueno... lo que ocurre es que... soy crossdresser- lanzó la frase al aire y de inmediato sintió que se sentía mas tranquilo por haber sido sincero y al mismo tiempo más angustiado por la reacción de Mundinho.
-¿Que es eso?-
¡No! Pensó Roberto, encima ahora tengo que explicarle.
-Es una forma de travestismo-
-¡Ah! ¿como una forma?-
-Me visto de mujer, pero no todo el tiempo. Cuando estoy en mi habitación o para ir a reuniones con otras personas como yo y algunas veces he salido a la calle-
-Palabra más, palabra menos, sos travesti-
-Bueno, si-
El resto del viaje hasta a ciudad Roberto le contó toda su vida, inclusive de su experiencia con el gerente. Mundinho escuchaba atentamente sin decir palabra, lo que preocupaba más a Roberto. Cuando estaban llegando al local donde iban a guardar los implementos que habían usado en la inmersión el hombre detuvo el auto y habló.
-Mirá Roberto, yo respeto lo que vos hacés. Nadie está en condiciones de juzgar a sus semejantes y menos aún en sus vivencias íntimas. Ten la tranquilidad de que si te encuentro por la calle vestido de garota, como...¿como te llamas cuando te travestís?-
-Noelia-
-Eso, como Noelia, serás Noelia para mi, y te invitaré una cerveza y hablaremos mucho de todas nuestras vicisitudes. En el negocio serás siendo Roberto y seremos dos amigos que discutimos de fútbol y carreras de autos. ¿Que te parece?-
-Nunca pudo haber un trato más justo-
-Pero te voy a advertir algo, como verás anda mucho travesti suelto por Florianópolis, tal vez mucho más que en Buenos Aires, y todo parece andar bien, todo bem o todo legal, como decimos nosotros, pero cuidate por que acá tampoco faltan los que se creen los dueños de la moral y son propensos a hacer justicia por mano propia-
Roberto decidió tener en cuenta el consejo. Pero estaba feliz. Al fin podría ser Noelia más allá de las paredes de su habitación.
Esa misma noche se depiló totalmente, eligió la ropa con la dedicación que lo hacía cuando salía en Buenos Aires. Se animó a una llamativa minifalda, botas y una blusa liviana. Salió de su habitación y bajó las escaleras. No temía encontrarse con otros habitantes de la casa. La dueña, que estaba barriendo el porche, lo vió salir.
-Voce se va resfriar con esa falda tan cortita- le dijo en medio de una sonrisa que dejaba ver toda su blanca dentadura.
-Tomaré aspirinas- contestó Roberto. Y salió a la calle.
Le bastaron pocos minutos para adaptarse. Lo que más le preocupaba era dominar el paso con los tacos altos, después de estar varios meses sin usarlos. Hizo el recorrido habitual por las calles que ya conocía. Para ejercitar la voz se detuvo a hablar con los artesanos de la plaza y ninguno pareció notar su sexo real, aunque de todas maneras aún se quedaba con la duda de que, acostumbrados a tratar con travestis, ni se asombraran por ver otro mas.
Antes de volver a su refugio se detuvo a cenar en un local con mesas en la vereda. Sentado, sin ser observado por nadie, pudo ser él quién estudiaba a la gente que pasaba. Desde un teléfono público llamó a Adriana. Era ella la persona con quién más deseaba compartir su felicidad.
El carnaval se acercaba. La ciudad se estaba animando. En todas las esquinas se levantaban tablados en donde tocarían diferentes grupos de músicos de samba. Las calles aledañas a la plaza estaban cubiertas de guirnaldas y había sido armado un inmenso palco para las autoridades en el sitio donde iba a realizarse el corso. Los habitantes de la ciudad se lamentaban por que el Corsódromo aún no estaba terminado y las obras parecían extenderse indefinidamente. Para Roberto era motivo de felicidad y curiosidad. Sería la primera vez que podría vivir esa fiesta, aunque no fuera en Río de Janeiro.
Días antes de las celebraciones, un muchacho, delgado, apolíneo, abdomen plano con los músculos marcados, de larga cabellera rubia, vestido con una bermuda multicolor y una remera amarilla que destacaba su bronceado, entró en el local. Era realmente atractivo y desbordaba simpatía.
Extendiendo unos volantes a Roberto le dijo.
-Tomá, no te lo pierdas-
Roberto miró el papel y leyó. Era una invitación para concurrir a la elección de la reina travesti que se realizaría en la plaza del Mercado con la presencia de la Prefecta de la ciudad que sería miembro del jurado.
El joven estaba por salir del local cuando Roberto lo detuvo.
-¿Se puede participar?-
-Si, hay tiempo para anotarse. ¡No me digas que sos travesti!. ¡Que lindo! Y pensar que yo te había visto varias veces y pensaba ¡que ejemplar de macho!. En fin, una se lleva sus decepciones-
-Cada vez quedan menos hombres- agregó Roberto.
-Y, si todos son como nosotras estamos listas- y riendo se alejó por el callejón.
Roberto acudió a las oficinas de la Prefectura llevando varias fotos suyas, la mujer que lo atendió le comentó que cada año eran más las chicas que se animaban, no solo a salir del closet, sino también a desfilar.
-Algunas no tienen la más mínima chance pero el placer de caminar la pasarela no se lo olvidan más- agregó.
Mundinho, al enterarse no pudo menos que reir. En principio a Roberto le molestó la reacción pero luego entendió la satisfacción de su patrón.
-Al fin voy a poder verte como Noelia, y te aseguro que te voy a sacar una foto para ponerla en el local. Aunque no seas reina, sos la reina de este negocio-
La noche tan esperada llegó. Roberto eligió un vestido color rosa, ajustado en el talle y con volados desde la cintura y las botas de taco aguja que se habían convertido en sus preferidas. Esa tarde, vestido como Noelia concurrió a la peluquería a hacerse peinar. En la habitación se pintó las uñas, se maquilló, practicó una y otra vez desfilar con los tacos altos yendo desde la puerta hasta el balcón y  regresando. Cuando las luces del día se habían ocultado bajó a la calle.
-¿Donde va mi reina?- le dijo la dueña de casa que estaba como de costumbre barriendo el porche, como si no hiciera otra cosa durante todo el día.
No pudo menos que sonreír de satisfacción.
El tablado estaba armado en medio de la plaza del Mercado, un espacio de piso de adoquines rodeado en sus cuatro costados por la vieja construcción de dos pisos, techo de tejas y balcones sobre pilares con arcos de medio punto que conformaban una recova en ese momento repleta de gente. Un cartel que se extendía entre las paredes de los costados decía “CONCURSO DA RAINHA. LIC GAY 96”. Toda la superficie de la plaza estaba cubierta de mesas colocadas por los bares ubicados en las galerías del contorno. En una de ellas, la más larga, se acomodaban la Prefecta y otras autoridades para ver el espectáculo. Una multitud se apiñaba en cuanto sitio había disponible. Algunos esperan el comienzo, otros caminaban tratando de llegar adonde un conjunto tocaba samba arriba de un camión, en tanto bailaban llevados por la alegría y la espontaneidad del pueblo brasileño. La mayoría de los que solamente observaban eran turistas. También se podía ver a muchos miembros de la comunidad gay y travestis que acompañaban a las participantes.
Roberto buscaba el sitio en donde presentarse para desfilar cuando sintió una voz-
-¡Noelia, Noelia, por acá!-
La empleada de la prefectura lo había reconocido. Lo tomó de la mano y lo llevó a la fila donde estaba las otras travestis. Al verlas supo que no tenía posibilidades de triunfo pero estaba ahí y eso era lo importante. Las demás eran bellísimas. Mujeres. Más que mujeres, como había dicho Mundinho.
Se acomodó en su sitio y esperó. Desde donde estaba no podía ver el desfile, pero escuchaba al presentador y los estentóreos aplausos de la multitud. A la única que pudo observar fue a la que desfilaba justo antes, debido a que había subido a la escalera para prepararse a salir.
Y de pronto el locutor dijo.
-¡Y para asegurar que nuestro concurso es internacional, desde Argentina llega, la sensual, la única, la excitante...Noelia!-
Dio el primer paso y los aplausos lo apabullaron. Caminó hasta el extremo, saludó con un mohín, se llevó un dedo a los labios y echo un beso al aire. Giró para volverse. Deseaba llegar lo antes posible al final de la pasarela pero los metros le parecían kilómetros. En tanto los aplausos continuaban y hasta sintió un ¡potra! En perfecto castellano, seguramente exclamado por un turista. Cuando bajó sintió que las piernas se le aflojaban. Las otras travestis la rodearon y la besaban. Se sentó a una silla que le alcanzaron y pudo relajarse.
El jurado se expidió y fueron llamadas las concursantes. Ni reina, ni princesa. Roberto se consolaba pensando que había sido un sueño imposible concursar contra otras más jóvenes y bonitas. Bebía su cerveza tranquilamente cuando la llamó la empleada de la prefectura.
-¡Noelia, te estaba buscando! ¡Ganaste el premio a miss simpatía!-
Volvió al tablado en el momento que estaban coronando a las demás. Una coronita de fantasía y un ramo de flores fue su único premio. Un premio que atesoraría por siempre.



30. La noche puede ser excitante y peligrosa


En Florianópolis las conocían como las Reinas S. Samantha y Sabrina eran las habituales clientas de Mundinho. Cuando bajó de la pasarela Roberto se encontró con ellas, con su patrón, sentados a una mesa y varias botellas de cerveza vacías. Lo llamaron para festejar el premio. Esa noche, con la detonante mezcla de caipiriña y cerveza que podían tolerar no sólo estuvieron en el Mercado sino que además recorrieron todas las esquinas en donde había un conjunto musical tocando y un pléyade de improvisados bailarines alrededor. Culminaron la noche sentados en el cordón de la vereda de la plaza viendo las últimas comparsas que desfilaban, agotadas, cuando ya comenzaba a vislumbrarse el amanecer.
Dormir por el día y festejar por la noche. Roberto y sus nuevas amigas no dejaron salón bailable sin acudir y prolongaban la fiesta hasta que el sol les pedía un poco de calma y un desayuno con abundante café y gigantescas medialunas era el rito final. En todo ese tiempo Roberto no había tenido encuentros sexuales. Le bastaba con andar por las calles de la ciudad, del brazo de sus compañeras, vestido con sus mejores prendas femeninas y deseando que aquello no acabara jamás. Adiós, complejos. Adiós dudas. Adiós temores. La vida comenzaba a ser maravillosa y sentía que nada de lo que había perdido por el camino valía lo que estaba viviendo.
Sus padres, Pedro, Marga, su empleado Marcos, los clientes del estudio, el gerente del hipermercado, eran como un manto de niebla que comenzaba a despejarse al calor del día. Tantos años debí esperar, pensaba, tantos años sin decidirme, sin saber hacia donde ir, ni que hacer. Si todos ellos supieran que era de su vida en este momento, no lo entenderían, no lo creerían. Lo mirarían aterrados como si se tratara de un monstruo de varias cabezas dispuesto a tragárselos. Pero la realidad era que no lo comprenderían por que no lo conocían, por que no sabían que profundo sentimiento se puede sentir bajo la cubierta de unas prendas de otro sexo. Por que ignoraban que ese sentimiento era la demostración del amor por la mujer, por ser como ella, por ser ella.
Cuando culminó el carnaval, Roberto se encontró en el trabajo con un enorme retrato suyo, desfilando por la pasarela, que Mundinho había enmarcado y colocado en la pared, entre los implementos de buceo. A partir de ese momento, todos los vecinos del callejón supieron que Roberto y Noelia eran una misma persona. Lo saludaban con énfasis cuando llegaba por las mañanas y no faltaban los curiosos que se acercaban a ver la fotografía.
Samantha y Sabrina visitaban regularmente el local para organizar sus inmersiones. Roberto en ocasiones pensaba de que vivirían las Reinas S. ya que podían pagar las excursiones de buceo que realizaban con bastante asiduidad y no era eso solamente. Se las podía ver en sus autos, dos convertibles Mercedes Benz, uno negro, el otro rojo, paseando a cualquier hora del día como si no tuvieran nada que hacer.
Las solía ver en el Bar de Simón, un sitio que el precio de una taza de café hacía prohibitivo, siempre acompañadas por dos o tres travestis más. Un día supo, por Mundinho, que manejaban un grupo de prostitutas y que, a veces, ellas mismas salían a recorrer las calles.
Las Reinas S. solían decirle a Roberto que debía dejar atrás y para siempre su vida de varón y que ello incluía inyectarse hormonas que desarrollaran los senos para no tener que usar más bolsitas rellenas de mijo dentro de los corpiños y poder depilarse con menos asiduidad. Roberto, complacido y seguro de sí, aceptó la idea. Las Reinas le proveyeron las hormonas. En poco tiempo su cuerpo, que poseía algunas sutiles formas femeninas por naturaleza, fue adquiriendo curvas más insinuantes, el cabello negro, que era abundante naturalmente, se convirtió en una hermosa cabellera que bailaba por sobre sus hombros, el vello era más fácil de depilar y la voz, aflautada, tal vez no era sensual e insinuante, pero sonaba como mujer.
En el negocio vestía como hombre debido al trato con Mundinho, pero cuando lo acompañaba a las excursiones que hacían solos para bucear en Ponta das Canas o Pantano do Sul comenzó a usar bikinis o mallas con las que tomaba sol sin preocuparse más por las marcas que le dejaba el bronceado en la piel.
En las noches salía con algunas de las cross que había conocido en el concurso y llegó a terminar con algunas de ellas en la cama. A esas alturas se le ocurrió hacer una lista de todos aquellos con quienes había tenido relaciones. Nunca la pudo completar por que a pesar que agregaba un nuevo nombre cada vez que le venía a la memoria sabía que había otros más que no podía recordar.
Un noche, totalmente travestida, se encontró con las Reinas S. Estaban paseando en el auto de una de ellas y la invitaron a subir. Sin imaginar las consecuencias de un salto estaba acomodada en el asiento trasero.
-¿Tienes ganas de una nueva experiencia?- Preguntó Samantha
-¿Que nueva experiencia que no conozca ya?-
-¿Alguna vez te paraste en la calle a ofertarte como ramera?-
Rió con ganas. Esa era una de esas fantasías que siempre se tienen, como tener sexo con varios hombres o una violación en donde no hay posibilidad de defensa. Jugar a ser prostituta había pasado entre sus sueños aunque nunca se hubiera animado a hacerla realidad. Pero ahora estaba entre dos expertas que le proponían la aventura y que la cuidarían en caso de ser necesario. Además, estaba convertida en toda una mujer, salvo por aquello que campeaba allá abajo.
Detuvieron el auto y caminaron hasta la zona roja. El lugar estaba lleno de hombres que pasaban observando la oferta. Cada tres o cuatro metros se alternaban mujeres y travestis. En algunos casos era imposible ver la diferencia. A muchos de los posibles clientes no le importaba, o más bien, deseaban encontrar eso entre las piernas que hacía a los travestis más atractivos que las mujeres reales.
Samantha, Sabrina y Noelia se pararon en una esquina.
-¿Ya vienen las reinas con una nueva pupila?- dijo una escultural negra de ojos verdes.
-Viene a curiosear la niña- contestó Sabrina, y Noelia sonrió por lo de niña.
De un grupo de hombres jóvenes que pasaban se apartó uno decidido a encararlas, Samantha empujó a Noelia sin avisarle y cuando esta pudo reaccionar estaba a un paso del individuo. El sujeto no era nada extraordinario, algo obeso, no muy alto, despeinado, luciendo ropa cara, camisa de seda y saco italiano de confección, pero era un hombre.
-¿Cuanto?- preguntó.
-¿Cuanto?- Preguntó Noelia volviéndose hacia Samantha-
-Veinte Reales sexo oral, cien completo- dijo ésta.
Noelia repitió.
-¿Vamos?- le dijo mientras la tomaba de la mano.
Noelia, desesperada le hizo un gesto a sus amigas, Sabrina le tiró unas llaves.
-En el número 12, allá enfrente, primer piso, habitación al frente.
Noelia atajó las llaves en el aire y tomó la delantera llevando ella al cliente casi a la rastra. Abrió la puerta de calle, subieron por unas oscuras escaleras que crujían a cada paso y llegaron a la puerta de la habitación indicada. Nuevamente utilizó las llaves y cuando entraron pudo ver que había solamente una gran cama matrimonial, dos mesitas de luz y un perchero por todo mueble, una puerta entreabierta daba a un minúsculo baño donde podía entrar una sola persona por vez. La ventana abierta brindaba toda la vista de la callejuela iluminada. Paradas en la vereda opuesta, las Reinas S. hacían gestos con sus manos levantado el pulgar al ver a Noelia asomarse. Ella cerró la persiana, prendió el velador y comenzó a desnudarse. El hombre no perdió tiempo y en cuanto se desprendieron de todas sus ropas estaban revolcándose en la cama.
La tarifa sería completa. Noelia no sólo le practicó sexo oral sino que terminó acostada boca abajo siendo penetrada totalmente. El hombre era rudo, pero no excesivamente violento. Estaba cumpliendo su rol de macho tal como lo entendía y ella sabía que debía portarse sumisamente. Que al fin y al cabo eso era lo que le gustaba. Sobre todo cuando el hombre en el momento de eyacular profería esos gritos de lobo salvaje como para ahuyentar a los demás machos de la manada. El momento en que se sintió extraña fue cuando el individuo, todavía a medio vestirse, le arrojó a la cama los cien reales. La sensación era humillante. Era excitante por una noche de juego, pero en definitiva era humillante para todas aquellas chicas que debían hacerlo al no tener otra forma de ganarse un dinero sin someterse ni correr peligro de encontrarse con algún desequilibrado.
Noelia salió a la calle. Su cliente había salido antes sin siquiera lavarse. Ella se tomó su tiempo para arreglarse el maquillaje y componerse la ropa. En la vereda la esperaba Samantha. Sabrina había partido con otro cliente. Noelia extendió la mano con los cien reales.
-Toma lo que te corresponda- dijo
-Guardátelos y comprate algo lindo- le contestó Samantha.
 Caminaron unos metros por una calleja oscura hasta donde estaba el auto. De las sombras de un zaguán salieron cuatro individuos, vestidos con bermudas, musculosas, gorras de básquet y zapatillas. Su aspecto infundía temor de solo verlos. Samantha intentó retroceder tomando de la mano a Noelia, pero los tacos les impedían caminar ligero, antes que pudieran intentar quitárselos estaban rodeadas por la patota. Noelia recordó aquella noche en la avenida Corrientes, pero aquí no había otras personas transitando. La soledad era total.
-¿Donde van putas?- gritó uno de ellos y su voz sonaba a alcohol.
-Ya nos vamos- intentó decir Noelia
Pero antes de que pudieran reaccionar, otro estaba golpeando a Samantha en el estómago lo que la hizo doblar de dolor. Noelia intentó separar a su amiga del atacante pero cuando dio un paso cayó al suelo raspando sus piernas en los adoquines, empujada por el tercero de los hombres. En el suelo debió soportar patadas en todas partes del cuerpo. Como pudo trató de proteger la cara de las agresiones y en su intento de defensa ya no podía ver a Samantha que también rodaba víctima de golpes de puño de los agresores.
Se ensañaron con ellas, mientras le gritaban.
-¡Maricas, degenerados, putos!-
-¡Vamos a cortarles la pija!- exclamaba alguien.
Noelia se daba cuenta que sangraba por varias heridas. La sangre le había manchado el vestido y además había charcos rojos en el piso. El dolor era punzante, sentía que ni siquiera podría aguantar la defensa de su cara con los brazos. En el momento en que creía que iba a morir allí mismo se escuchó una voz de orden.
-¡Policía. Deténganse!-
Ninguno de los atacantes esperó que se acercara el agente, y salieron corriendo por la otra esquina. Noelia y Samantha quedaron en el piso semi desvanecidas. Ni siquiera fueron conscientes del momento en que las pusieron en las camillas y las llevaron al hospital.
Al despertar Noelia lo primero que vio fue la enorme cara de Mundinho. El hombrón la miraba como si quisiera hacer un esfuerzo para hacerla reaccionar. Girando la cabeza encontró a una enfermera y a Sabrina. En ese momento fue consciente del dolor que se extendía por todo el cuerpo, los vendajes en los brazos, en las piernas, en el tórax.
-Pudiste salvar la cara- le dijo Mundinho.
-Samantha está peor, tiene unos cortes en las mejillas. Ninguna de las dos tiene fracturas pero les va a llevar tiempo recuperarse- agregó Sabrina.
-¿Detuvieron a los hijos de puta?-
-No, y no tengas muchas esperanzas. Nunca los van a detener. Lamento decirte esto pero te lo advertí una vez y no sabés lo que me duele que se haya hecho realidad-
Noelia miró fijo a aquel hombre y sintió que aunque nunca había mantenido una relación sexual con él era lo más cercano a una pareja estable que había experimentado. Por eso se sintió culpable, por no haberlo oído, por que ahora le resultaba un problema ya que no podría ayudarlo en su negocio. Y hasta era posible que lo despidiera con justa razón.
-Lo lamento- fue lo único que pudo decir.



31. Mirando hacia atrás sin poder ver el camino de regreso


Después de dos semanas recluidas en sus camas, Noelia y Samantha pudieron comenzar a caminar. Lentamente, del brazo, salían al pasillo y se encaminaban hasta el jardín donde se sentaban a la sombra de los árboles.
-Parecemos dos viejas chotas- Decía Noelia. Y se reían a pesar de que las costuras en la heridas le producían dolor.
Samantha temía que las cicatrices de la cara no desaparecieran.
-Voy a tener que hacerme la plástica- murmuraba espejo en mano.
Y agregaba.
-A la clínica de Ivo Pitanguí, voy a tener que ir-
Noelia no tenía mucha idea acerca de su futuro pero también se preocupaba por el de Samantha, por ello le preguntó en una ocasión que iba a hacer de ahora en más.
-No quisiera pero temo que tengo que volver a lo mío, no conozco otra forma de vivir y no pienso ir a trabajar en una boutique o peinando viejas locas-
-¿Y si vuelve a pasar lo mismo?-
-Pasará, una y otra vez, siempre es igual, unos locos que se creen muy machos golpearan a cualquiera de las chicas, sean prostitutas o no, por demostrar que son hombres o por ocultar sus propios miedos. Es una manera de decir yo no soy puto. Esta vez Sabrina se salvó, pero ya la habían golpeado una vez y le abrieron un cicatriz en el brazo con una botella rota. ¿nunca se la viste? La lleva como señal de orgullo-
-¿Y ustedes, hasta cuando van a seguir así?-
-Yo quiero retirarme a los cincuenta, hago la calle de vez en cuando para divertirme pero debo dejarlo, seré madama unos años más y luego pondré una posada o una tienda de bebidas-
Noelia pensaba en lo suyo. Ya no había marcha atrás en la transformación. Su aspecto de mujer era cada vez más notorio. Estaba entrampada en conseguir un trabajo denigrante por ser travesti o dedicarse a la prostitución. Si bien era cierto que aún llamaba atención a los hombres no le quedaban muchos años para poder juntar dinero. Tenía la casa que Adriana le cuidaba. La disyuntiva era venderla o conservarla. Volver a Buenos Aires y ¿hacer que?. ¿donde vivir si vendía la casa?. Le alcanzaría para un pequeño departamento y la diferencia para sobrevivir como una pobre jubilada.
Mundinho, Sabrina y otras chicas pasaban todas las tardes con un termo con café y facturas o budín. Noelia nunca le preguntaba a su patrón acerca de que si volvería a trabajar con él. Temía la respuesta y prefería ignorarla. Pero un día el hombrón le dijo.
-Mira, Noelia, el tiempo está pasando y el negocio requiere quién lo atienda. Yo estoy ocupado con las excursiones, así que tuve que tomar un empleado nuevo. En principio no te preocupes, por ahora te voy a seguir pagando un sueldo unos meses más y luego vemos como estás-
Noelia estaba segura que ya no volvería al negocio de Mundinho. Cuando lo oyó sintió una opresión en el pecho que solo pudo descargar en lágrimas. Miraba a su patrón a través de la vista nublada y cuando él lo advirtió le pasó un brazo por sobre su hombro y tomándole suavemente el mentón con la otra mano, murmuró.
-No te preocupes, niña. Algo vamos a hacer-
Ella continuó en silencio y solo atinó a mover la cabeza afirmando. Ese día la despedida fue triste. A pesar de las palabras de Mundinho, Noelia se sentía muy sola en el mundo.
Las otras chicas traían noticias de la calle. Los hombres que las habían agredido fueron sorprendidos atacando a otra travesti y esta vez los habían apresado.
-En pocos días van a volver a salir a la calle con más sed de sangre- decía Samantha.
Un largo mes llevó la recuperación de Noelia y Samantha. Cuando les dieron el alta, Sabrina las pasó a buscar en su Mercedes rojo. Mientras transitaban por las calles a Noelia le parecía ver en las caras de todos los hombres a aquellos que las habían atacado. Al bajar del auto en la puerta de la pensión se encontró  con la dueña barriendo la vereda.
-Volvió mi reina, la estaba esperando. Me alegra verla de nuevo y no se preocupe por nada, su mensualidad está paga. El otro día vino Mundinho y puso las cuentas en orden. Ahora vaya y dése un buen baño, que hay que vivir-
Aterrada aún, Noelia sacó fuerzas de quién sabe donde y esa noche salió a la calle a encontrarse con Samantha y Sabrina en el Bar de Simón.
Ellas estaba sentadas a una mesa en la vereda. Cuando se acercó no pudo evitar mirar a todos lados.
-No te preocupes, siempre es así al principio- dijo Sabrina, y agregó- Al menos los tipos que las golpearon están bien presos, parece que les descubrieron que mataron a alguien-
La noticia era tranquilizadora en parte y bastante atemorizante por otra. Podíamos haber sido nosotras, pensó Noelia.
Samantha, desacostumbradamente seria habló.
-Noelia, tenemos que conversar, esta es una reunión de negocios-
Sorprendida por el tono de las palabras, Noelia escuchó.
-Mira, la cosa es de esta manera. Yo te dije que quisiera poner una posada o algo así, ¿recuerdas?-
Noelia asintió.
-Pues, acá Sabrina de hartó de todo esto y quiere irse lo más lejos posible. Tú no seguirás con Mundinho por que él es un buen hombre pero tiene que pensar en su negocio y no a volver a tomarte ya que para eso deberá echar al nuevo empleado, por que el presupuesto no le da para dos-
-¿Entonces?-
-Entonces, yo sigo manejando un tiempo más el negocio de las chicas y ustedes van a trabajar en mi proyecto, ja!-
-Yo estoy dispuesta a poner una parte en el negocio y ser socia- dijo Sabrina.
-Yo también siempre y cuando me aseguren que es una buena oportunidad- agregó Noelia, y las otras dos estuvieron de acuerdo.
Esa misma noche, Noelia llamó a Adriana y le dio instrucciones precisas para poner en venta la casa, le pidió que le juntara sus papeles y recuerdos y se los enviara a una dirección que le informaría y que, como ella había hecho con la casa de sus padres hiciera la venta con todos los muebles dentro.
-¿Dejo el dormitorio como está?- pregunto Adriana.
-Si, alguien lo va a disfrutar-
Sabrina y Noelia habían apostado al proyecto de Samantha por que resultaba en verdad atrayente. Una playa pequeña, cerca de Angras Dos Reis, casas y posadas sobre la playa y un pequeño pueblo entre la costa y el camino que se unía con la carretera a Río de Janeiro. El ruido del mar y gran cantidad de islas dispersas frente a la costa y muchos atardeceres con el sol ocultándose tras la silueta de Isla Grande.
El día que las tres partieron para ver el lugar, pasaron por el negocio de Mundinho. Un joven atlético estaba parado en la entrada, tal como tantas veces antes lo había estado Noelia, cuidando el local mientras su patrón se devoraba su acostumbrado almuerzo de pizzas. Noelia se acercó a la puerta y miró adentro. En la pared estaba aún colgada su fotografía.
-¿Voce es Noelia?- preguntó el nuevo empleado.
-Si, soy-
El muchacho le dio la mano torpemente, visiblemente emocionado y le pidió un autógrafo.
Como pudo, luego de firmarle la remera que tenía puesta, se desprendió de su nuevo admirador y se juntó con Samantha y Sabrina que ya estaban sentadas a la misma mesa que Mundinho. El hombre se paro de su asiento y la abrazó fuertemente.
-Mi niña, mi niña- repetía mientras la sofocaba con sus enormes brazos, y sin soltarla agregó- Se que te vas Angras, espero que seas feliz-
La despedida estuvo oficializada entre varios tragos de caipiriña. Mundinho y las Reinas S. recordaron viejos tiempos de mergullo y playas soleadas. Noelia le agradeció por haberle dado trabajo y todos lloraron un poco. No sólo las chicas sino también el hombretón cuya sensibilidad no coincidía con su enorme porte.
Mundinho llevó a Noelia al negocio y le regaló una copia de la foto igualmente enmarcada. Luego la abrazó de nuevo.
-Ven cuando puedas a visitar a este viejo-
Noelia se lo prometió.
En el viaje aprovecharon a detenerse en varios sitios para conocer las playas. Estuvieron en Bombhinas, en Bombas, en Portobello, en Paraty, pasaron por la ciudad de Angras donde se detuvieron a comer pescado en una fonda del puerto y comprobar que en los alrededores de la entrada estaba lleno de travestis.
-En todos lados es lo mismo, al final vamos a ser mayoría- decía jocosamente Samantha.



 32.Contempla el sol ocultándose tras Ilha Grande

 Cuando llegaron a Praia Biscaia no podían, a pesar de todo lo que conocían, creer lo que veían. La playa estaba en un pequeña bahía protegida del fuerte oleaje, lo que la convertía en una pileta apropiada para nadar y hacer snorkel con toda tranquilidad. Medía unas seis o siete cuadras de largo, en un extremo estaba ubicado un hotel con muelle propio de donde partía un barco para excursiones de buceo.
-Acá no vamos a extrañar a Mundinho- decía Sabrina guiñando un ojo para que sus compañeras supieran que era una broma.
 A lo largo de la playa se sucedían casas particulares y posadas con salida directa a la playa. En el otro extremo una gran mansión, propiedad del dueño del hotel, también con muelle y una enorme lancha off shore azul y blanca siempre anclada. La arboleda se extendía por atrás de las construcciones hasta el camino y luego continúa mucho más frondosa convertida en impenetrable selva en las laderas de los morros. Algunos monos se divertían saltando de rama en rama haciendo ladrar de impotencia a los perros vagabundos, pequeñas lagartijas corrían por los muros y los cangrejos se ocultaban al paso de las personas, excavando rápidamente sus refugios bajo la arena. Anclados en la bahía estaban varias escunas de excursión y algunos yates que se bamboleaban al compás del tenue oleaje. En el agua un grupo de buceadores practicaban inmersiones. Más allá las siluetas de cientos de pequeñas islas se confundían en el horizonte. Hasta unas pocas rocas que emergían de la superficie estaban cubiertas de palmeras.
La posada que había adquirido Samantha y que ahora compartía con sus nuevas socias, estaba en la mitad del largo de la playa. Era una construcción en forma de ele, de dos pisos totalmente pintada en azul por fuera y blanco por dentro. Poseía balcones protegidos por toldos de lona, en el frente y el contrafrente. Hacia la playa se extendía un patio de lajas con plantas tropicales y una pérgola de troncos, un cerco bajo de piedra con maceteros cubiertos de flores multicolores y amplios portones de madera marcaban el límite del terreno. Desde la calle se entraba por un estacionamiento rodeado por grandes palmeras y se pasaba por debajo del edificio a una galería que servía de comedor al aire libre.
El resto de la planta baja lo ocupaban un comedor cerrado, la sala de estar, las oficinas y la cocina, todo con piso machimbrado y las paredes adornadas con cuadros de motivos marinos, anclas, banderas y elementos de navegación. En la planta alta diez habitaciones con salida a un pasillo abierto al modo de los moteles norteamericanos y otra sala de estar de generosas dimensiones que balconeaba sobre el comedor de la planta baja y a la que se accede por una ancha escalera.
En una esquina del patio que da a la playa existía un pequeña construcción que cumplía las funciones de barra para el bar y varias mesas y sillas con sus correspondientes sombrillas de paja, estaban dispersas junto al cerco.
 Acondicionar la construcción les exigió a las chicas poner en funcionamiento sus aptitudes de hombres ya que debieron rasquetear paredes, eliminar humedades, quitar óxidos, pintar, reparar muebles, arreglar cañerías y revoques, instalar artefactos eléctricos, de gas, sanitarios y computadoras.
Después de tanto trabajo llegó al fin el día de la inauguración. Toda la población de Praia Biscaia estuvo presente. La fiesta comenzó con una cena que incluía pescados variados, arroz preparado de diferentes maneras, feijoada y frutas tropicales, abundante cerveza y vino. Se prolongó hasta que el amanecer los sorprendió bailando en la playa los que todavía se podían mantener en pie y otros, agotados, sentados en las reposeras.


Y ahí están. Samantha volvió, a su pesar, a terminar sus negocios en Florianópolis. Sabrina y Noelia manejan el negocio, atienden los huéspedes y por las noches se mezclan entre sus clientes para escuchar a Carolinho tocar samba en su guitarra y bailar. Noelia es siempre requerida por el dueño del hotel quién le toma la cintura con delicadeza y le murmura frases de poemas que a veces le cuesta recordar, esperando el momento en que ella caiga rendida ante sus promesas de amor, motivado por la voz de Gal Costa cuando derrama con calidez:

“Eu preciso de falar...”

Noelia, apoyada en la pared de maceteros, mira todas las tardes, sin cansarse, el ocultamiento del sol tras la silueta oscura de la Ilha Grande. Y piensa, mientras juega hundiendo los dedos en la arena, en el pasado. En todas las vicisitudes que la llevaron adonde está. Preguntándose si realmente fue dueña de su vida o simplemente un juguete del destino. Si estaba predestinada a ser quien era después de tantas indecisiones y dudas. Si estas no eran más que pruebas a las que había sido sometida para afirmarse en su convicción
Por que no se trataba de decisiones habituales como elegir el sitio de vacaciones, el modelo de auto o la decoración de la casa. Su ambición era cambiar totalmente. Dejar atrás todo lo conocido para aventurarse en territorio incierto. Soltar las amarras, navegar llevado por el viento en pos de un sueño que por momentos parecía imposible e incluso resultó, en ocasiones, peligroso.
Cada tarde piensa lo mismo. Y la única conclusión a la que llega es que ahora está completa. ¿Será feliz?, tal vez. Es algo que por el momento no le preocupa.
Gal Costa está terminado su canción.

“...Y ver la vida acontecer como día de domingo”






FIN

PRAIA BISCAIA