Friday, August 18, 2017

The street dogs

The street dogs

Nymph of insecurity nights, be careful
The street dogs are haunting
Lady of broken paths, be careful
The street dogs are despoiting
Woman of mercury lights, be careful
The street dogs are howling
Doll of fragile porcelain, be careful
The street dogs are mincening
Venus of hormones and silicons, be careful
The street dogs are murdering.

The street dogs, my darling
Perhaps to wear uniform or not
Perhaps are one of much
Bodys whitout face
Whitout name, whitout history
That you sastifated them whitout other memory
That the roll in your hand
In the arrival of dawn urgent be spent

Nymph of insecurity nights, be careful
Your youth is in peril
In each corner
The street dogs are searching
Satiate their hipocrecy



Los perros de la calle

Ninfa de la noche insegura, ve con cuidado
Los perros de la calle andan rondando

Dama de las veredas rotas, ve con cuidado
Los perros de la calle andan despojando

Señora de la luz de mercurio, ve con cuidado
Los perros de la calle andan aullando

Muñeca de frágil porcelana, ve con cuidado
Los perros de la calle andan destrozando

Venus de hormonas y siliconas, ve con cuidado
Los perros de la calle andan asesinando

Los perros de la calle, querida mía
Acaso usan uniforme, o no
Acaso son unos de tantos
Cuerpos sin rostro, sin nombre, sin historia
Que complaces sin otra memoria
Que el fajo de billetes que en tu mano
Al llegar la aurora urgen ser gastados

Ninfa de la noche insegura, ve con cuidado
Tu juventud esta en peligro
En cada esquina
Los perros de la calle andan buscando
Saciar su hipocresía.



Monday, August 14, 2017

Ansiada Noelia. El final. Capitulos 29, 30 ,31 y 32

29. Un paso, dos pasos, tres pasos, por la pasarela


 La inesperada confesión de Mundinho animó a Roberto. Si iba a sacar a Noelia de nuevo a la calle este era el momento indicado. No podía seguir guardando la pasión de su vida en el closet para siempre. Regresando de Barra da Lagoa donde habían estado buceando en el río de aguas cristalinas se animó a aquello, hasta hace poco, impensado.
-Mundinho, tengo que decirle algo y espero que no lo tome a mal-
El hombre, sin quitar la vista del sinuoso camino lo tranquilizó.
-Decime-
-Mire, usted es una gran persona, me ha dado trabajo sin saber como era realmente, me ha enseñado muchas cosas y realmente estoy muy bien con usted...-
-¿Y?-
-Lo que ocurre es que tengo un gran secreto que me agobia y necesito compartirlo para poder vivir tranquilo-
-No debe ser nada grave-
-Depende de quién lo escuche-
-Animate-
-Bueno... lo que ocurre es que... soy crossdresser- lanzó la frase al aire y de inmediato sintió que se sentía mas tranquilo por haber sido sincero y al mismo tiempo más angustiado por la reacción de Mundinho.
-¿Que es eso?-
¡No! Pensó Roberto, encima ahora tengo que explicarle.
-Es una forma de travestismo-
-¡Ah! ¿como una forma?-
-Me visto de mujer, pero no todo el tiempo. Cuando estoy en mi habitación o para ir a reuniones con otras personas como yo y algunas veces he salido a la calle-
-Palabra más, palabra menos, sos travesti-
-Bueno, si-
El resto del viaje hasta a ciudad Roberto le contó toda su vida, inclusive de su experiencia con el gerente. Mundinho escuchaba atentamente sin decir palabra, lo que preocupaba más a Roberto. Cuando estaban llegando al local donde iban a guardar los implementos que habían usado en la inmersión el hombre detuvo el auto y habló.
-Mirá Roberto, yo respeto lo que vos hacés. Nadie está en condiciones de juzgar a sus semejantes y menos aún en sus vivencias íntimas. Ten la tranquilidad de que si te encuentro por la calle vestido de garota, como...¿como te llamas cuando te travestís?-
-Noelia-
-Eso, como Noelia, serás Noelia para mi, y te invitaré una cerveza y hablaremos mucho de todas nuestras vicisitudes. En el negocio serás siendo Roberto y seremos dos amigos que discutimos de fútbol y carreras de autos. ¿Que te parece?-
-Nunca pudo haber un trato más justo-
-Pero te voy a advertir algo, como verás anda mucho travesti suelto por Florianópolis, tal vez mucho más que en Buenos Aires, y todo parece andar bien, todo bem o todo legal, como decimos nosotros, pero cuidate por que acá tampoco faltan los que se creen los dueños de la moral y son propensos a hacer justicia por mano propia-
Roberto decidió tener en cuenta el consejo. Pero estaba feliz. Al fin podría ser Noelia más allá de las paredes de su habitación.
Esa misma noche se depiló totalmente, eligió la ropa con la dedicación que lo hacía cuando salía en Buenos Aires. Se animó a una llamativa minifalda, botas y una blusa liviana. Salió de su habitación y bajó las escaleras. No temía encontrarse con otros habitantes de la casa. La dueña, que estaba barriendo el porche, lo vió salir.
-Voce se va resfriar con esa falda tan cortita- le dijo en medio de una sonrisa que dejaba ver toda su blanca dentadura.
-Tomaré aspirinas- contestó Roberto. Y salió a la calle.
Le bastaron pocos minutos para adaptarse. Lo que más le preocupaba era dominar el paso con los tacos altos, después de estar varios meses sin usarlos. Hizo el recorrido habitual por las calles que ya conocía. Para ejercitar la voz se detuvo a hablar con los artesanos de la plaza y ninguno pareció notar su sexo real, aunque de todas maneras aún se quedaba con la duda de que, acostumbrados a tratar con travestis, ni se asombraran por ver otro mas.
Antes de volver a su refugio se detuvo a cenar en un local con mesas en la vereda. Sentado, sin ser observado por nadie, pudo ser él quién estudiaba a la gente que pasaba. Desde un teléfono público llamó a Adriana. Era ella la persona con quién más deseaba compartir su felicidad.
El carnaval se acercaba. La ciudad se estaba animando. En todas las esquinas se levantaban tablados en donde tocarían diferentes grupos de músicos de samba. Las calles aledañas a la plaza estaban cubiertas de guirnaldas y había sido armado un inmenso palco para las autoridades en el sitio donde iba a realizarse el corso. Los habitantes de la ciudad se lamentaban por que el Corsódromo aún no estaba terminado y las obras parecían extenderse indefinidamente. Para Roberto era motivo de felicidad y curiosidad. Sería la primera vez que podría vivir esa fiesta, aunque no fuera en Río de Janeiro.
Días antes de las celebraciones, un muchacho, delgado, apolíneo, abdomen plano con los músculos marcados, de larga cabellera rubia, vestido con una bermuda multicolor y una remera amarilla que destacaba su bronceado, entró en el local. Era realmente atractivo y desbordaba simpatía.
Extendiendo unos volantes a Roberto le dijo.
-Tomá, no te lo pierdas-
Roberto miró el papel y leyó. Era una invitación para concurrir a la elección de la reina travesti que se realizaría en la plaza del Mercado con la presencia de la Prefecta de la ciudad que sería miembro del jurado.
El joven estaba por salir del local cuando Roberto lo detuvo.
-¿Se puede participar?-
-Si, hay tiempo para anotarse. ¡No me digas que sos travesti!. ¡Que lindo! Y pensar que yo te había visto varias veces y pensaba ¡que ejemplar de macho!. En fin, una se lleva sus decepciones-
-Cada vez quedan menos hombres- agregó Roberto.
-Y, si todos son como nosotras estamos listas- y riendo se alejó por el callejón.
Roberto acudió a las oficinas de la Prefectura llevando varias fotos suyas, la mujer que lo atendió le comentó que cada año eran más las chicas que se animaban, no solo a salir del closet, sino también a desfilar.
-Algunas no tienen la más mínima chance pero el placer de caminar la pasarela no se lo olvidan más- agregó.
Mundinho, al enterarse no pudo menos que reir. En principio a Roberto le molestó la reacción pero luego entendió la satisfacción de su patrón.
-Al fin voy a poder verte como Noelia, y te aseguro que te voy a sacar una foto para ponerla en el local. Aunque no seas reina, sos la reina de este negocio-
La noche tan esperada llegó. Roberto eligió un vestido color rosa, ajustado en el talle y con volados desde la cintura y las botas de taco aguja que se habían convertido en sus preferidas. Esa tarde, vestido como Noelia concurrió a la peluquería a hacerse peinar. En la habitación se pintó las uñas, se maquilló, practicó una y otra vez desfilar con los tacos altos yendo desde la puerta hasta el balcón y  regresando. Cuando las luces del día se habían ocultado bajó a la calle.
-¿Donde va mi reina?- le dijo la dueña de casa que estaba como de costumbre barriendo el porche, como si no hiciera otra cosa durante todo el día.
No pudo menos que sonreír de satisfacción.
El tablado estaba armado en medio de la plaza del Mercado, un espacio de piso de adoquines rodeado en sus cuatro costados por la vieja construcción de dos pisos, techo de tejas y balcones sobre pilares con arcos de medio punto que conformaban una recova en ese momento repleta de gente. Un cartel que se extendía entre las paredes de los costados decía “CONCURSO DA RAINHA. LIC GAY 96”. Toda la superficie de la plaza estaba cubierta de mesas colocadas por los bares ubicados en las galerías del contorno. En una de ellas, la más larga, se acomodaban la Prefecta y otras autoridades para ver el espectáculo. Una multitud se apiñaba en cuanto sitio había disponible. Algunos esperan el comienzo, otros caminaban tratando de llegar adonde un conjunto tocaba samba arriba de un camión, en tanto bailaban llevados por la alegría y la espontaneidad del pueblo brasileño. La mayoría de los que solamente observaban eran turistas. También se podía ver a muchos miembros de la comunidad gay y travestis que acompañaban a las participantes.
Roberto buscaba el sitio en donde presentarse para desfilar cuando sintió una voz-
-¡Noelia, Noelia, por acá!-
La empleada de la prefectura lo había reconocido. Lo tomó de la mano y lo llevó a la fila donde estaba las otras travestis. Al verlas supo que no tenía posibilidades de triunfo pero estaba ahí y eso era lo importante. Las demás eran bellísimas. Mujeres. Más que mujeres, como había dicho Mundinho.
Se acomodó en su sitio y esperó. Desde donde estaba no podía ver el desfile, pero escuchaba al presentador y los estentóreos aplausos de la multitud. A la única que pudo observar fue a la que desfilaba justo antes, debido a que había subido a la escalera para prepararse a salir.
Y de pronto el locutor dijo.
-¡Y para asegurar que nuestro concurso es internacional, desde Argentina llega, la sensual, la única, la excitante...Noelia!-
Dio el primer paso y los aplausos lo apabullaron. Caminó hasta el extremo, saludó con un mohín, se llevó un dedo a los labios y echo un beso al aire. Giró para volverse. Deseaba llegar lo antes posible al final de la pasarela pero los metros le parecían kilómetros. En tanto los aplausos continuaban y hasta sintió un ¡potra! En perfecto castellano, seguramente exclamado por un turista. Cuando bajó sintió que las piernas se le aflojaban. Las otras travestis la rodearon y la besaban. Se sentó a una silla que le alcanzaron y pudo relajarse.
El jurado se expidió y fueron llamadas las concursantes. Ni reina, ni princesa. Roberto se consolaba pensando que había sido un sueño imposible concursar contra otras más jóvenes y bonitas. Bebía su cerveza tranquilamente cuando la llamó la empleada de la prefectura.
-¡Noelia, te estaba buscando! ¡Ganaste el premio a miss simpatía!-
Volvió al tablado en el momento que estaban coronando a las demás. Una coronita de fantasía y un ramo de flores fue su único premio. Un premio que atesoraría por siempre.



30. La noche puede ser excitante y peligrosa


En Florianópolis las conocían como las Reinas S. Samantha y Sabrina eran las habituales clientas de Mundinho. Cuando bajó de la pasarela Roberto se encontró con ellas, con su patrón, sentados a una mesa y varias botellas de cerveza vacías. Lo llamaron para festejar el premio. Esa noche, con la detonante mezcla de caipiriña y cerveza que podían tolerar no sólo estuvieron en el Mercado sino que además recorrieron todas las esquinas en donde había un conjunto musical tocando y un pléyade de improvisados bailarines alrededor. Culminaron la noche sentados en el cordón de la vereda de la plaza viendo las últimas comparsas que desfilaban, agotadas, cuando ya comenzaba a vislumbrarse el amanecer.
Dormir por el día y festejar por la noche. Roberto y sus nuevas amigas no dejaron salón bailable sin acudir y prolongaban la fiesta hasta que el sol les pedía un poco de calma y un desayuno con abundante café y gigantescas medialunas era el rito final. En todo ese tiempo Roberto no había tenido encuentros sexuales. Le bastaba con andar por las calles de la ciudad, del brazo de sus compañeras, vestido con sus mejores prendas femeninas y deseando que aquello no acabara jamás. Adiós, complejos. Adiós dudas. Adiós temores. La vida comenzaba a ser maravillosa y sentía que nada de lo que había perdido por el camino valía lo que estaba viviendo.
Sus padres, Pedro, Marga, su empleado Marcos, los clientes del estudio, el gerente del hipermercado, eran como un manto de niebla que comenzaba a despejarse al calor del día. Tantos años debí esperar, pensaba, tantos años sin decidirme, sin saber hacia donde ir, ni que hacer. Si todos ellos supieran que era de su vida en este momento, no lo entenderían, no lo creerían. Lo mirarían aterrados como si se tratara de un monstruo de varias cabezas dispuesto a tragárselos. Pero la realidad era que no lo comprenderían por que no lo conocían, por que no sabían que profundo sentimiento se puede sentir bajo la cubierta de unas prendas de otro sexo. Por que ignoraban que ese sentimiento era la demostración del amor por la mujer, por ser como ella, por ser ella.
Cuando culminó el carnaval, Roberto se encontró en el trabajo con un enorme retrato suyo, desfilando por la pasarela, que Mundinho había enmarcado y colocado en la pared, entre los implementos de buceo. A partir de ese momento, todos los vecinos del callejón supieron que Roberto y Noelia eran una misma persona. Lo saludaban con énfasis cuando llegaba por las mañanas y no faltaban los curiosos que se acercaban a ver la fotografía.
Samantha y Sabrina visitaban regularmente el local para organizar sus inmersiones. Roberto en ocasiones pensaba de que vivirían las Reinas S. ya que podían pagar las excursiones de buceo que realizaban con bastante asiduidad y no era eso solamente. Se las podía ver en sus autos, dos convertibles Mercedes Benz, uno negro, el otro rojo, paseando a cualquier hora del día como si no tuvieran nada que hacer.
Las solía ver en el Bar de Simón, un sitio que el precio de una taza de café hacía prohibitivo, siempre acompañadas por dos o tres travestis más. Un día supo, por Mundinho, que manejaban un grupo de prostitutas y que, a veces, ellas mismas salían a recorrer las calles.
Las Reinas S. solían decirle a Roberto que debía dejar atrás y para siempre su vida de varón y que ello incluía inyectarse hormonas que desarrollaran los senos para no tener que usar más bolsitas rellenas de mijo dentro de los corpiños y poder depilarse con menos asiduidad. Roberto, complacido y seguro de sí, aceptó la idea. Las Reinas le proveyeron las hormonas. En poco tiempo su cuerpo, que poseía algunas sutiles formas femeninas por naturaleza, fue adquiriendo curvas más insinuantes, el cabello negro, que era abundante naturalmente, se convirtió en una hermosa cabellera que bailaba por sobre sus hombros, el vello era más fácil de depilar y la voz, aflautada, tal vez no era sensual e insinuante, pero sonaba como mujer.
En el negocio vestía como hombre debido al trato con Mundinho, pero cuando lo acompañaba a las excursiones que hacían solos para bucear en Ponta das Canas o Pantano do Sul comenzó a usar bikinis o mallas con las que tomaba sol sin preocuparse más por las marcas que le dejaba el bronceado en la piel.
En las noches salía con algunas de las cross que había conocido en el concurso y llegó a terminar con algunas de ellas en la cama. A esas alturas se le ocurrió hacer una lista de todos aquellos con quienes había tenido relaciones. Nunca la pudo completar por que a pesar que agregaba un nuevo nombre cada vez que le venía a la memoria sabía que había otros más que no podía recordar.
Un noche, totalmente travestida, se encontró con las Reinas S. Estaban paseando en el auto de una de ellas y la invitaron a subir. Sin imaginar las consecuencias de un salto estaba acomodada en el asiento trasero.
-¿Tienes ganas de una nueva experiencia?- Preguntó Samantha
-¿Que nueva experiencia que no conozca ya?-
-¿Alguna vez te paraste en la calle a ofertarte como ramera?-
Rió con ganas. Esa era una de esas fantasías que siempre se tienen, como tener sexo con varios hombres o una violación en donde no hay posibilidad de defensa. Jugar a ser prostituta había pasado entre sus sueños aunque nunca se hubiera animado a hacerla realidad. Pero ahora estaba entre dos expertas que le proponían la aventura y que la cuidarían en caso de ser necesario. Además, estaba convertida en toda una mujer, salvo por aquello que campeaba allá abajo.
Detuvieron el auto y caminaron hasta la zona roja. El lugar estaba lleno de hombres que pasaban observando la oferta. Cada tres o cuatro metros se alternaban mujeres y travestis. En algunos casos era imposible ver la diferencia. A muchos de los posibles clientes no le importaba, o más bien, deseaban encontrar eso entre las piernas que hacía a los travestis más atractivos que las mujeres reales.
Samantha, Sabrina y Noelia se pararon en una esquina.
-¿Ya vienen las reinas con una nueva pupila?- dijo una escultural negra de ojos verdes.
-Viene a curiosear la niña- contestó Sabrina, y Noelia sonrió por lo de niña.
De un grupo de hombres jóvenes que pasaban se apartó uno decidido a encararlas, Samantha empujó a Noelia sin avisarle y cuando esta pudo reaccionar estaba a un paso del individuo. El sujeto no era nada extraordinario, algo obeso, no muy alto, despeinado, luciendo ropa cara, camisa de seda y saco italiano de confección, pero era un hombre.
-¿Cuanto?- preguntó.
-¿Cuanto?- Preguntó Noelia volviéndose hacia Samantha-
-Veinte Reales sexo oral, cien completo- dijo ésta.
Noelia repitió.
-¿Vamos?- le dijo mientras la tomaba de la mano.
Noelia, desesperada le hizo un gesto a sus amigas, Sabrina le tiró unas llaves.
-En el número 12, allá enfrente, primer piso, habitación al frente.
Noelia atajó las llaves en el aire y tomó la delantera llevando ella al cliente casi a la rastra. Abrió la puerta de calle, subieron por unas oscuras escaleras que crujían a cada paso y llegaron a la puerta de la habitación indicada. Nuevamente utilizó las llaves y cuando entraron pudo ver que había solamente una gran cama matrimonial, dos mesitas de luz y un perchero por todo mueble, una puerta entreabierta daba a un minúsculo baño donde podía entrar una sola persona por vez. La ventana abierta brindaba toda la vista de la callejuela iluminada. Paradas en la vereda opuesta, las Reinas S. hacían gestos con sus manos levantado el pulgar al ver a Noelia asomarse. Ella cerró la persiana, prendió el velador y comenzó a desnudarse. El hombre no perdió tiempo y en cuanto se desprendieron de todas sus ropas estaban revolcándose en la cama.
La tarifa sería completa. Noelia no sólo le practicó sexo oral sino que terminó acostada boca abajo siendo penetrada totalmente. El hombre era rudo, pero no excesivamente violento. Estaba cumpliendo su rol de macho tal como lo entendía y ella sabía que debía portarse sumisamente. Que al fin y al cabo eso era lo que le gustaba. Sobre todo cuando el hombre en el momento de eyacular profería esos gritos de lobo salvaje como para ahuyentar a los demás machos de la manada. El momento en que se sintió extraña fue cuando el individuo, todavía a medio vestirse, le arrojó a la cama los cien reales. La sensación era humillante. Era excitante por una noche de juego, pero en definitiva era humillante para todas aquellas chicas que debían hacerlo al no tener otra forma de ganarse un dinero sin someterse ni correr peligro de encontrarse con algún desequilibrado.
Noelia salió a la calle. Su cliente había salido antes sin siquiera lavarse. Ella se tomó su tiempo para arreglarse el maquillaje y componerse la ropa. En la vereda la esperaba Samantha. Sabrina había partido con otro cliente. Noelia extendió la mano con los cien reales.
-Toma lo que te corresponda- dijo
-Guardátelos y comprate algo lindo- le contestó Samantha.
 Caminaron unos metros por una calleja oscura hasta donde estaba el auto. De las sombras de un zaguán salieron cuatro individuos, vestidos con bermudas, musculosas, gorras de básquet y zapatillas. Su aspecto infundía temor de solo verlos. Samantha intentó retroceder tomando de la mano a Noelia, pero los tacos les impedían caminar ligero, antes que pudieran intentar quitárselos estaban rodeadas por la patota. Noelia recordó aquella noche en la avenida Corrientes, pero aquí no había otras personas transitando. La soledad era total.
-¿Donde van putas?- gritó uno de ellos y su voz sonaba a alcohol.
-Ya nos vamos- intentó decir Noelia
Pero antes de que pudieran reaccionar, otro estaba golpeando a Samantha en el estómago lo que la hizo doblar de dolor. Noelia intentó separar a su amiga del atacante pero cuando dio un paso cayó al suelo raspando sus piernas en los adoquines, empujada por el tercero de los hombres. En el suelo debió soportar patadas en todas partes del cuerpo. Como pudo trató de proteger la cara de las agresiones y en su intento de defensa ya no podía ver a Samantha que también rodaba víctima de golpes de puño de los agresores.
Se ensañaron con ellas, mientras le gritaban.
-¡Maricas, degenerados, putos!-
-¡Vamos a cortarles la pija!- exclamaba alguien.
Noelia se daba cuenta que sangraba por varias heridas. La sangre le había manchado el vestido y además había charcos rojos en el piso. El dolor era punzante, sentía que ni siquiera podría aguantar la defensa de su cara con los brazos. En el momento en que creía que iba a morir allí mismo se escuchó una voz de orden.
-¡Policía. Deténganse!-
Ninguno de los atacantes esperó que se acercara el agente, y salieron corriendo por la otra esquina. Noelia y Samantha quedaron en el piso semi desvanecidas. Ni siquiera fueron conscientes del momento en que las pusieron en las camillas y las llevaron al hospital.
Al despertar Noelia lo primero que vio fue la enorme cara de Mundinho. El hombrón la miraba como si quisiera hacer un esfuerzo para hacerla reaccionar. Girando la cabeza encontró a una enfermera y a Sabrina. En ese momento fue consciente del dolor que se extendía por todo el cuerpo, los vendajes en los brazos, en las piernas, en el tórax.
-Pudiste salvar la cara- le dijo Mundinho.
-Samantha está peor, tiene unos cortes en las mejillas. Ninguna de las dos tiene fracturas pero les va a llevar tiempo recuperarse- agregó Sabrina.
-¿Detuvieron a los hijos de puta?-
-No, y no tengas muchas esperanzas. Nunca los van a detener. Lamento decirte esto pero te lo advertí una vez y no sabés lo que me duele que se haya hecho realidad-
Noelia miró fijo a aquel hombre y sintió que aunque nunca había mantenido una relación sexual con él era lo más cercano a una pareja estable que había experimentado. Por eso se sintió culpable, por no haberlo oído, por que ahora le resultaba un problema ya que no podría ayudarlo en su negocio. Y hasta era posible que lo despidiera con justa razón.
-Lo lamento- fue lo único que pudo decir.



31. Mirando hacia atrás sin poder ver el camino de regreso


Después de dos semanas recluidas en sus camas, Noelia y Samantha pudieron comenzar a caminar. Lentamente, del brazo, salían al pasillo y se encaminaban hasta el jardín donde se sentaban a la sombra de los árboles.
-Parecemos dos viejas chotas- Decía Noelia. Y se reían a pesar de que las costuras en la heridas le producían dolor.
Samantha temía que las cicatrices de la cara no desaparecieran.
-Voy a tener que hacerme la plástica- murmuraba espejo en mano.
Y agregaba.
-A la clínica de Ivo Pitanguí, voy a tener que ir-
Noelia no tenía mucha idea acerca de su futuro pero también se preocupaba por el de Samantha, por ello le preguntó en una ocasión que iba a hacer de ahora en más.
-No quisiera pero temo que tengo que volver a lo mío, no conozco otra forma de vivir y no pienso ir a trabajar en una boutique o peinando viejas locas-
-¿Y si vuelve a pasar lo mismo?-
-Pasará, una y otra vez, siempre es igual, unos locos que se creen muy machos golpearan a cualquiera de las chicas, sean prostitutas o no, por demostrar que son hombres o por ocultar sus propios miedos. Es una manera de decir yo no soy puto. Esta vez Sabrina se salvó, pero ya la habían golpeado una vez y le abrieron un cicatriz en el brazo con una botella rota. ¿nunca se la viste? La lleva como señal de orgullo-
-¿Y ustedes, hasta cuando van a seguir así?-
-Yo quiero retirarme a los cincuenta, hago la calle de vez en cuando para divertirme pero debo dejarlo, seré madama unos años más y luego pondré una posada o una tienda de bebidas-
Noelia pensaba en lo suyo. Ya no había marcha atrás en la transformación. Su aspecto de mujer era cada vez más notorio. Estaba entrampada en conseguir un trabajo denigrante por ser travesti o dedicarse a la prostitución. Si bien era cierto que aún llamaba atención a los hombres no le quedaban muchos años para poder juntar dinero. Tenía la casa que Adriana le cuidaba. La disyuntiva era venderla o conservarla. Volver a Buenos Aires y ¿hacer que?. ¿donde vivir si vendía la casa?. Le alcanzaría para un pequeño departamento y la diferencia para sobrevivir como una pobre jubilada.
Mundinho, Sabrina y otras chicas pasaban todas las tardes con un termo con café y facturas o budín. Noelia nunca le preguntaba a su patrón acerca de que si volvería a trabajar con él. Temía la respuesta y prefería ignorarla. Pero un día el hombrón le dijo.
-Mira, Noelia, el tiempo está pasando y el negocio requiere quién lo atienda. Yo estoy ocupado con las excursiones, así que tuve que tomar un empleado nuevo. En principio no te preocupes, por ahora te voy a seguir pagando un sueldo unos meses más y luego vemos como estás-
Noelia estaba segura que ya no volvería al negocio de Mundinho. Cuando lo oyó sintió una opresión en el pecho que solo pudo descargar en lágrimas. Miraba a su patrón a través de la vista nublada y cuando él lo advirtió le pasó un brazo por sobre su hombro y tomándole suavemente el mentón con la otra mano, murmuró.
-No te preocupes, niña. Algo vamos a hacer-
Ella continuó en silencio y solo atinó a mover la cabeza afirmando. Ese día la despedida fue triste. A pesar de las palabras de Mundinho, Noelia se sentía muy sola en el mundo.
Las otras chicas traían noticias de la calle. Los hombres que las habían agredido fueron sorprendidos atacando a otra travesti y esta vez los habían apresado.
-En pocos días van a volver a salir a la calle con más sed de sangre- decía Samantha.
Un largo mes llevó la recuperación de Noelia y Samantha. Cuando les dieron el alta, Sabrina las pasó a buscar en su Mercedes rojo. Mientras transitaban por las calles a Noelia le parecía ver en las caras de todos los hombres a aquellos que las habían atacado. Al bajar del auto en la puerta de la pensión se encontró  con la dueña barriendo la vereda.
-Volvió mi reina, la estaba esperando. Me alegra verla de nuevo y no se preocupe por nada, su mensualidad está paga. El otro día vino Mundinho y puso las cuentas en orden. Ahora vaya y dése un buen baño, que hay que vivir-
Aterrada aún, Noelia sacó fuerzas de quién sabe donde y esa noche salió a la calle a encontrarse con Samantha y Sabrina en el Bar de Simón.
Ellas estaba sentadas a una mesa en la vereda. Cuando se acercó no pudo evitar mirar a todos lados.
-No te preocupes, siempre es así al principio- dijo Sabrina, y agregó- Al menos los tipos que las golpearon están bien presos, parece que les descubrieron que mataron a alguien-
La noticia era tranquilizadora en parte y bastante atemorizante por otra. Podíamos haber sido nosotras, pensó Noelia.
Samantha, desacostumbradamente seria habló.
-Noelia, tenemos que conversar, esta es una reunión de negocios-
Sorprendida por el tono de las palabras, Noelia escuchó.
-Mira, la cosa es de esta manera. Yo te dije que quisiera poner una posada o algo así, ¿recuerdas?-
Noelia asintió.
-Pues, acá Sabrina de hartó de todo esto y quiere irse lo más lejos posible. Tú no seguirás con Mundinho por que él es un buen hombre pero tiene que pensar en su negocio y no a volver a tomarte ya que para eso deberá echar al nuevo empleado, por que el presupuesto no le da para dos-
-¿Entonces?-
-Entonces, yo sigo manejando un tiempo más el negocio de las chicas y ustedes van a trabajar en mi proyecto, ja!-
-Yo estoy dispuesta a poner una parte en el negocio y ser socia- dijo Sabrina.
-Yo también siempre y cuando me aseguren que es una buena oportunidad- agregó Noelia, y las otras dos estuvieron de acuerdo.
Esa misma noche, Noelia llamó a Adriana y le dio instrucciones precisas para poner en venta la casa, le pidió que le juntara sus papeles y recuerdos y se los enviara a una dirección que le informaría y que, como ella había hecho con la casa de sus padres hiciera la venta con todos los muebles dentro.
-¿Dejo el dormitorio como está?- pregunto Adriana.
-Si, alguien lo va a disfrutar-
Sabrina y Noelia habían apostado al proyecto de Samantha por que resultaba en verdad atrayente. Una playa pequeña, cerca de Angras Dos Reis, casas y posadas sobre la playa y un pequeño pueblo entre la costa y el camino que se unía con la carretera a Río de Janeiro. El ruido del mar y gran cantidad de islas dispersas frente a la costa y muchos atardeceres con el sol ocultándose tras la silueta de Isla Grande.
El día que las tres partieron para ver el lugar, pasaron por el negocio de Mundinho. Un joven atlético estaba parado en la entrada, tal como tantas veces antes lo había estado Noelia, cuidando el local mientras su patrón se devoraba su acostumbrado almuerzo de pizzas. Noelia se acercó a la puerta y miró adentro. En la pared estaba aún colgada su fotografía.
-¿Voce es Noelia?- preguntó el nuevo empleado.
-Si, soy-
El muchacho le dio la mano torpemente, visiblemente emocionado y le pidió un autógrafo.
Como pudo, luego de firmarle la remera que tenía puesta, se desprendió de su nuevo admirador y se juntó con Samantha y Sabrina que ya estaban sentadas a la misma mesa que Mundinho. El hombre se paro de su asiento y la abrazó fuertemente.
-Mi niña, mi niña- repetía mientras la sofocaba con sus enormes brazos, y sin soltarla agregó- Se que te vas Angras, espero que seas feliz-
La despedida estuvo oficializada entre varios tragos de caipiriña. Mundinho y las Reinas S. recordaron viejos tiempos de mergullo y playas soleadas. Noelia le agradeció por haberle dado trabajo y todos lloraron un poco. No sólo las chicas sino también el hombretón cuya sensibilidad no coincidía con su enorme porte.
Mundinho llevó a Noelia al negocio y le regaló una copia de la foto igualmente enmarcada. Luego la abrazó de nuevo.
-Ven cuando puedas a visitar a este viejo-
Noelia se lo prometió.
En el viaje aprovecharon a detenerse en varios sitios para conocer las playas. Estuvieron en Bombhinas, en Bombas, en Portobello, en Paraty, pasaron por la ciudad de Angras donde se detuvieron a comer pescado en una fonda del puerto y comprobar que en los alrededores de la entrada estaba lleno de travestis.
-En todos lados es lo mismo, al final vamos a ser mayoría- decía jocosamente Samantha.



 32.Contempla el sol ocultándose tras Ilha Grande

 Cuando llegaron a Praia Biscaia no podían, a pesar de todo lo que conocían, creer lo que veían. La playa estaba en un pequeña bahía protegida del fuerte oleaje, lo que la convertía en una pileta apropiada para nadar y hacer snorkel con toda tranquilidad. Medía unas seis o siete cuadras de largo, en un extremo estaba ubicado un hotel con muelle propio de donde partía un barco para excursiones de buceo.
-Acá no vamos a extrañar a Mundinho- decía Sabrina guiñando un ojo para que sus compañeras supieran que era una broma.
 A lo largo de la playa se sucedían casas particulares y posadas con salida directa a la playa. En el otro extremo una gran mansión, propiedad del dueño del hotel, también con muelle y una enorme lancha off shore azul y blanca siempre anclada. La arboleda se extendía por atrás de las construcciones hasta el camino y luego continúa mucho más frondosa convertida en impenetrable selva en las laderas de los morros. Algunos monos se divertían saltando de rama en rama haciendo ladrar de impotencia a los perros vagabundos, pequeñas lagartijas corrían por los muros y los cangrejos se ocultaban al paso de las personas, excavando rápidamente sus refugios bajo la arena. Anclados en la bahía estaban varias escunas de excursión y algunos yates que se bamboleaban al compás del tenue oleaje. En el agua un grupo de buceadores practicaban inmersiones. Más allá las siluetas de cientos de pequeñas islas se confundían en el horizonte. Hasta unas pocas rocas que emergían de la superficie estaban cubiertas de palmeras.
La posada que había adquirido Samantha y que ahora compartía con sus nuevas socias, estaba en la mitad del largo de la playa. Era una construcción en forma de ele, de dos pisos totalmente pintada en azul por fuera y blanco por dentro. Poseía balcones protegidos por toldos de lona, en el frente y el contrafrente. Hacia la playa se extendía un patio de lajas con plantas tropicales y una pérgola de troncos, un cerco bajo de piedra con maceteros cubiertos de flores multicolores y amplios portones de madera marcaban el límite del terreno. Desde la calle se entraba por un estacionamiento rodeado por grandes palmeras y se pasaba por debajo del edificio a una galería que servía de comedor al aire libre.
El resto de la planta baja lo ocupaban un comedor cerrado, la sala de estar, las oficinas y la cocina, todo con piso machimbrado y las paredes adornadas con cuadros de motivos marinos, anclas, banderas y elementos de navegación. En la planta alta diez habitaciones con salida a un pasillo abierto al modo de los moteles norteamericanos y otra sala de estar de generosas dimensiones que balconeaba sobre el comedor de la planta baja y a la que se accede por una ancha escalera.
En una esquina del patio que da a la playa existía un pequeña construcción que cumplía las funciones de barra para el bar y varias mesas y sillas con sus correspondientes sombrillas de paja, estaban dispersas junto al cerco.
 Acondicionar la construcción les exigió a las chicas poner en funcionamiento sus aptitudes de hombres ya que debieron rasquetear paredes, eliminar humedades, quitar óxidos, pintar, reparar muebles, arreglar cañerías y revoques, instalar artefactos eléctricos, de gas, sanitarios y computadoras.
Después de tanto trabajo llegó al fin el día de la inauguración. Toda la población de Praia Biscaia estuvo presente. La fiesta comenzó con una cena que incluía pescados variados, arroz preparado de diferentes maneras, feijoada y frutas tropicales, abundante cerveza y vino. Se prolongó hasta que el amanecer los sorprendió bailando en la playa los que todavía se podían mantener en pie y otros, agotados, sentados en las reposeras.


Y ahí están. Samantha volvió, a su pesar, a terminar sus negocios en Florianópolis. Sabrina y Noelia manejan el negocio, atienden los huéspedes y por las noches se mezclan entre sus clientes para escuchar a Carolinho tocar samba en su guitarra y bailar. Noelia es siempre requerida por el dueño del hotel quién le toma la cintura con delicadeza y le murmura frases de poemas que a veces le cuesta recordar, esperando el momento en que ella caiga rendida ante sus promesas de amor, motivado por la voz de Gal Costa cuando derrama con calidez:

“Eu preciso de falar...”

Noelia, apoyada en la pared de maceteros, mira todas las tardes, sin cansarse, el ocultamiento del sol tras la silueta oscura de la Ilha Grande. Y piensa, mientras juega hundiendo los dedos en la arena, en el pasado. En todas las vicisitudes que la llevaron adonde está. Preguntándose si realmente fue dueña de su vida o simplemente un juguete del destino. Si estaba predestinada a ser quien era después de tantas indecisiones y dudas. Si estas no eran más que pruebas a las que había sido sometida para afirmarse en su convicción
Por que no se trataba de decisiones habituales como elegir el sitio de vacaciones, el modelo de auto o la decoración de la casa. Su ambición era cambiar totalmente. Dejar atrás todo lo conocido para aventurarse en territorio incierto. Soltar las amarras, navegar llevado por el viento en pos de un sueño que por momentos parecía imposible e incluso resultó, en ocasiones, peligroso.
Cada tarde piensa lo mismo. Y la única conclusión a la que llega es que ahora está completa. ¿Será feliz?, tal vez. Es algo que por el momento no le preocupa.
Gal Costa está terminado su canción.

“...Y ver la vida acontecer como día de domingo”






FIN

PRAIA BISCAIA

Saturday, August 12, 2017

Ansiada Noelia. Capitulos 25, 26, 27 y 28

25. Vamos a gastar los tacos por las veredas


El tiempo transcurrido había vencido el temor de Adriana por las eventuales complicaciones en que podía verse envuelto Roberto al convertirse en Noelia. Siempre había respetado sus inclinaciones por que él tampoco había cuestionado las suyas. Sintió que siendo esa una necesidad imperiosa de su primo debía ayudarlo.
Roberto nunca le había vuelto a pedir ningún favor al respecto. Se las había arreglado con las fotos y se sentía más seguro luego de haber superado el impacto de la primer reunión a la que concurrió para hacer conocer a Noelia. Luego de aquella vez se hizo asiduo participante de los encuentros en el pequeño y acogedor club de las crossdresser.
Cada vez era como la primera. Escogía minuciosamente el vestuario con la debida anticipación. Deseaba estar deslumbrante pero al mismo tiempo admiraba a las otras cuando las veía vestidas. Nunca sintió que competía con ellas por su aspecto pero supo que no a todas les sucedía lo mismo. Parecía que a algunas el estar vestidos de mujer les despertaba lo peor de las verdaderas y detectó envidias impensables en un grupo que debía ser unido y dedicado solamente, aunque fuera por unas horas, a aquello que deseaban ser.
Supo del cambio de actitud de Adriana cuando en una ocasión le comentó que las fotos que tenía eran todas con ropa que no era la suya y que deseaba algunas con sus propias prendas, una manera de mostrarse más auténtica. Por ello había planeado comprar una cámara digital con el disparador automático y realizarse él mismo una sesión de fotos en su casa. Ella, después de oírlo, le dijo que no era necesario. Que le sacaría todas la fotos que quisiera. Roberto, aún sorprendido le preguntó si era cierto.
-Por supuesto, ¿acaso alguna vez te mentí?-
Se reunieron en casa de Roberto. Mientras Adriana preparaba la cámara, él repartía todas las prendas por la cama para elegir como las combinaría. Acomodó polleras con blusas, vestidos, pantalones elastizados, zapatos y se dirigió al baño con el estuche de maquillaje.
-Creo que es el momento de depilarte el cuerpo- le dijo ella mientras, parada en el vano de la puerta del baño lo observaba afeitarse.
-¿Vos crees?-
-Por supuesto, así lucís mejor las prendas de mangas cortas y las minifaldas-
Roberto había estado pensando mucho tiempo esa posibilidad pero no terminaba de atreverse. No era por temer que al verse depilado podía causar alguna sospecha, sino por que no sabía si iba quedar bien.
-Esperame- dijo mientras cerraba la puerta del baño.
Tomó una máquina de afeitar y se enjabonó todo el cuerpo. Lentamente fue depilándose, primero las piernas, luego los brazos, después el pecho y los hombros, se quitó el vello de las axilas. A algunos sitios no llegaba pero no le importó ya que de todas maneras quedarían cubiertos de ropa y no pensaba posar desnudo.
Cuando se vistió no podía creer el cambio logrado. Sobre todo en las piernas que se veían suaves, tersas y completamente libres de vello, mucho más sensuales asomando bajo la minifalda.
-¡Guau!- exclamó Adriana al verlo, y comenzó a disparar.
Roberto hizo cerca de veinte cambios de ropa. Adriana asombrada le comentó:
-No sabía que tenías tanta ropa, casi más que yo-
De la serie de fotos subió varias a Internet y a los sitios de cross. Ahora sentía que esa era ella, con sus propias prendas, su propia peluca y sus propios zapatos.
Cuando las veían junto con su prima, ella lo sorprendió nuevamente.
-Deberías animarte a salir a la calle, algo más que a la vereda del club-
-Eso es lo que más anhelo, pero tengo que juntar coraje, imaginate que me pase algún percance-
-Sería mejor si lo haces acompañado-
-Si- contestó él y se quedó mirando el suelo esperando, sin estar seguro de que las iba a pronunciar, las palabras de Adriana.
-Listo, el sábado que viene nos vamos a pasear por la avenida Corrientes a mirar vidrieras de librerías, ver si hay algún espectáculo y cenar-
-Estás loca-
-No, dále, invito a Ingrid, una amiga mía y así pasas mas desapercibido entre las dos-
-Estas haciendo realidad mi sueño-
-Entonces, hecho, el sábado te venis a mi casa, te vestís y salimos a romper la noche-
Al deseo de Roberto se sumó la imposición de Adriana, tal vez el empujón que tanto necesitaba. Si quería continuar subiendo los peldaños de su audacia, ¿por que no?. ¿Por que pensar que algo podría salir mal?. Su prima le aseguraba que cuando estaba bien maquillado no se le notaban las facciones de varón. Además caminaba con soltura con los tacos altos y las prendas le quedaban tan bien como a cualquier mujer.
-Bueno, vamos- dijo decidido.
El sábado por la mañana, después del desayuno, comenzó la habitual ceremonia de elegir las prendas que llevaría. Recordaba muy bien los consejos que había leído en una página de cross para salir a la calle. Por de pronto no podía ponerse nada que llamara demasiado la atención, de modo que desechó las minifaldas exageradas y las sandalias de acrílico. Finalmente escogió una pollera negra recta larga hasta las rodillas y zapatos negros con un taco de largo moderado, una camisa de tenue gris a la que probó hasta donde podía desabrochar para que fuera lo suficientemente sensual y no se notaran sus falsos senos. Completó con una cartera negra pequeña y se decidió por la última peluca que había adquirido, cabello negro, con flequillo recto sobre la línea de las cejas y larga hasta mas abajo de los hombros.
Impaciente, llegó a lo de Adriana antes de la hora fijada y tuvo que esperar unos minutos mientras su prima se vestía para abrirle. Una vez dentro del departamento alcanzó a ver a la escultural Ingrid, una altísima rubia nórdica de enormes senos y cabello muy corto, saliendo del dormitorio y colocándose una robe para no aparecer ante él totalmente desnuda. Después de las presentaciones, tomaron el té y comenzaron los preparativos. Se vistieron y entre las dos mujeres le ayudaron con el maquillaje para que luciera más natural. Cuando el sol ya había bajado estaban subiendo al remise que las llevaría al centro.
Roberto temblaba de pavor. Temía que el remisero se diera cuenta  y lo miraba todo el tiempo por el espejo para ver si hacía algún gesto, pero nada sucedió por que el hombre estaba entretenido observando a Adriana que se había sentado en el asiento de adelante y precisamente ella no había tenido problema en lucir una minifalda que llegaba al borde de lo prohibido.
Al bajar del vehículo en plena avenida, en medio de ese hipnotizante titilar de las luces, rodeadas de un mar de personas que iban de aquí para allá, Roberto seguía apabullado,  y tal como lo hiciera con el chofer escrutaba las caras de los que pasaban a su lado para comprobar que nadie le prestaba atención.
-Si seguís así vas a hacerte notar en serio- le dijo Adriana.
Al dar los primeros pasos, Roberto sintió que la tensión se iba aflojando. Viendo que dominaba el calzado con toda naturalidad, comenzó a relajarse. Se detuvieron en varias librerías. Ingrid compró una novela. Adriana y Roberto hojearon algunos libros expuestos en las mesas de saldos.
Por momentos, tras algún involuntario gesto poco femenino, Roberto volvía temer que lo descubrieran. Miraba a su alrededor y comprobaba que todos estaban enfrascados en sus mundos. El momento crucial fue cuando saliendo de una de las librerías un empleado de la puerta, servicial, les preguntó si habían encontrado lo que buscaban y se ofreció a buscarlo si era necesario. Roberto estuvo a punto de contestarle, Adriana, atenta, le apretó el brazo.
-No, gracias- contestó al muchacho.
Roberto sonrió ante la oportuna intervención de su prima.
-Vas a tener que hacer algo con tu voz- le dijo ella.
Las cuadras siguientes antes de llegar a un café donde actuaba un grupo flamenco que deseaban ver, fueron utilizadas por Roberto para practicar algún tipo de impostación. Ingrid y Adriana reían en cada intento hasta que de pronto, recordando un comentario que le hicieran en una de las reuniones, acerca de que las mujeres tiene una cavidad de garganta más chica que los hombres, probó colocar la nuez hacia arriba para lograr ese efecto  y encontró el tono ideal-
-¡Epa, lograste lo único que te faltaba!- dijo Adriana sorprendida.
Roberto no necesitaba más, al entrar al local se adelantó a las chicas y con la mejor voz posible pidió:
-Tres entradas, por favor- y allí se le acabaron todos los miedos.
El resto de la noche fue él quien habló a todos. Al mozo del café, al kioskero por cigarrillos, a un hombre que le dijo un piropo elegante de los que quedan pocos.
-Se deben haber abierto las puertas del cielo y se escaparon todos los ángeles-
-Gracias, es usted muy amable-
El sujeto se arregló el moño que coronaba el cuello de su camisa y sonrió, alejándose dichoso por la vereda.
-Uno que gracias a vos va a tener motivo para un feliz sueño- musitó Adriana al oído de Roberto
 Entusiasmado, Roberto, tampoco se privó de charlar con el taxista que las llevó de regreso.
-Noelia,- dijo Adriana cuando llegaron a su departamento- Sos una excelente compañera de salidas. Esto lo vamos a tener que repetir-
Y lo repitieron. No sólo hacían las excursiones por la avenida Corrientes, en otras ocasiones iban a los bares de Santa Fe y Pueyrredón, al teatro, al cine y a espectáculos musicales. En ocasiones iban con Ingrid, o con alguna otra amiga, o solas.
Las salidas se extendieron a los domingos, en pleno día. Roberto volvió a sentir el mismo pánico de la primera vez, ya que la luz diurna era más reveladora, pero el deseo era superior y pronto fueron habitués de Barisidro o El Catalejo en el bajo de San Isidro, del Museo de Bellas Artes o el Complejo Recoleta, la Plaza Francia y los bares aledaños.
Deseosa de conocer el ámbito de las reuniones de cross, Adriana acompañó a Roberto a esos eventos. Con el tiempo no dejó de ir cada viernes. Se hizo amiga de todas las cross y sus esposas. En el club creían que Roberto y ella eran pareja.
-Pareja de lesbianas- contestaba Adriana riéndose y tomando del brazo a Roberto agregaba
-Es la más femenina de todas mis relaciones-


 26. ¿Que es peor que un gerente homofóbico?


 Adriana había arrastrado a Roberto y sus prendas de mujer hasta el supermercado inclusive. La cantidad de tiempo que Roberto era Roberto fue disminuyendo hasta reducirse exclusivamente a las horas de trabajo y los viajes de ida y vuelta. El resto era Noelia, vivía Noelia, respiraba Noelia e incluso tenía sexo como Noelia.
Además de las andanzas con su prima solía salir en bicicleta luciendo pantalones ajustados al cuerpo y musculosas inquietantes. Contra los estatutos del trabajo se dejó el cabello largo para no usar pelucas, lo que lo obligaba a atárselo, esconderlo bajo el cuello de la camisa y rogar que no se lo descubrieran.
Las salidas en bicicleta generalmente terminaban en una cama. En los últimos tiempos parecía haber nacido un fuerte interés de los hombres en los travestis y Roberto pudo al fin cumplir su sueño de entregarse totalmente transformado.
A la salida de las reuniones en el club solía ir con Adriana a Angel´s y bailaban toda la noche, a veces entre ellos y también con otras personas. Roberto alternaba entre hombres y crossdressers con los que también solía culminar de la forma que más le gustaba, mientras Adriana acostumbraba a llevar alguna mujer a su departamento.
Habían pasado cinco años en esta rutina. Roberto, que había pensado dejar su trabajo en cuanto volvieran buenos tiempos, veía que todo empeoraba lentamente. Comenzaba a aceptar que seguramente terminaría siendo un empleado subalterno sin poder volver a ejercer su profesión.
Las horas laborales le parecían eternas, los jefes, dictadores sin conmiseración que se aprovechaban de la situación laboral que les brindaba la posibilidad de elegir entre cien posibles candidatos por cada trabajador que se iba y las tareas totalmente alienantes. Para colmo la certeza de una ausencia total en el horizonte de la más mínima posibilidad de ascenso. Cada vez que se producía una vacante en las jefaturas ingresaba un nuevo joven lleno de ínfulas que pretendía cambiar el orden establecido para hacerse notar. Con cuarenta y dos años, Roberto, que se sentía una persona en la plenitud de sus condiciones, era, para sus patrones, material descartable.
A esta altura de su vida había terminado con todas las dudas. Ya ni se preocupaba por las causas de su inclinación sexual y su pasión por la ropa femenina. Noelia había pasado de ser un sueño a una realidad tangible que tenía vida propia. Era el alter ego perfecto. El que lo sacaba de la frustración y lo llevaba a otra dimensión.
Lo que molestaba a Roberto era que la situación parecía estancada en un punto irremediable y no veía en el futuro un cambio que la mejorara.
-No te preocupes y disfrutá- le decía Adriana al comentarle sus pensamientos.
Pero Roberto ansiaba algo más. Los años lo iban a convertir en un viejo frustrado, solo, sin atractivo y sin profesión.
-Me tenés a mi, vamos a estar juntos siempre- lo consolaba su prima.
Más cuando menos se lo espera ocurren de pronto hechos inesperados que cambian todo de golpe, para bien o para mal. Y eso sucedió una noche en la avenida Corrientes. Roberto salía del teatro con Adriana, Ingrid y otra cross, amante de la ropa de cuero y las botas de tacos aguja, llamada Susan.
Caminaban por la vereda, las cuatro, riendo de alguna ocurrencia y al llegar a una esquina desde un auto les gritaron.
-¡Putos, degenerados!-
Roberto quiso intentar una respuesta pero Adriana lo detuvo.
-Pará, no les contestes que es lo que andan buscando-
Roberto se contuvo y trató de evitar el vehículo para cruzar la calle, pero este dió marcha atrás para impedirle el paso.
-¿Donde vas, marica?-
Tras un nuevo esfuerzo por no generar un escándalo, Roberto se acercó a la ventanilla y trató de mirar adentro. En la oscuridad del habitáculo pudo vislumbrar que había cuatro hombres de los que no pudo distinguir sus rostros.
-Disculpame, pero no estamos haciendo nada malo. ¿Por que nos molestan?-
-Por que a ustedes hay que matarlos a todos-
Roberto dio un paso atrás, Susan lo tomó del brazo. Adriana e Ingrid se acercaron.
-¡Y a ustedes también!- gritó otro desde dentro y antes que pudieran advertirlo una lata de cerveza salió volando del vehículo e impactó en el pecho de Adriana.
En ese momento Roberto comprendió que ya no podía contenerse más. Asió la manija de la puerta para comprobar que no tenía puesto el seguro. En cuanto se abrió pudo tomar al que conducía de los brazos y lo sacó con todas sus fuerzas del auto. Lo levantó en el aire y le propinó una feroz trompada que le hizo sangrar la nariz inmediatamente.
Al caer totalmente desparramado en la vereda, el individuo quedó a la luz de las marquesinas. En ese preciso momento Roberto advirtió que se trataba del gerente que le hacía la vida imposible. Trató de no continuar con la pelea pero el hombre se levantó rápidamente y alcanzó a tomarlo de un brazo. Cuando le iba a asestar un puñetazo se quedó mirándolo un segundo como si lo hubiera reconocido. Roberto no le dio oportunidad de reaccionar y volvió a golpearlo en la nariz. Esta vez cayó al suelo sin posibilidad de defensa.
El resto de los ocupantes del auto no hicieron mas que mirar. Roberto llamó a sus acompañantes y salieron corriendo para no estar allí cuando llegara la policía. A los pocos metros debió sacarse los zapatos y llevarlos en la mano por que los tacos le molestaban para la huida. Ni siquiera se volvieron para ver que había sucedido con el sujeto al que había golpeado.
Roberto estaba seguro de que el hecho traería consecuencias. Había visto la cara de su gerente cuando el hombre creyó reconocerlo. Era cierto que con el cabello largo y maquillado se veía diferente, pero ese argumento no le bastó para tranquilizarse y pasó el fin de semana pensando en que sucedería al presentarse el lunes en el trabajo. No tuvo que esperar mucho tiempo para saberlo. Había pasado apenas media hora desde su llegada cuando por los altoparlantes le fue requerida su presencia en la gerencia. Caminó lentamente hasta la oficina. Sus compañeros lo observaban, ¿Sabrían el verdadero motivo de la llamada? De todas maneras ser convocado a la gerencia de esa manera era seguro indicio de malas noticias, para otras causas eran más discretos.
Al entrar en el despacho vio que además del gerente estaban el jefe de personal, un hombre alto y extremadamente delgado, de cara angulosa y nariz torva y el gerente general, a contrapartida de aquél, obeso, de gruesa papada y ojos pequeños. Demasiadas personas para un simple despido. Miró a su gerente. Tenía un ojo totalmente morado y un algodón sobresalía del agujero derecho de su nariz, además de dos apósitos, uno sobre la ceja izquierda y el otro en la frente.
Los miró sintiendo la vaga sensación de que estaban a kilómetros de distancia, figuras que se perdían en una imagen borrosa o resabios de un mal sueño. Saludó para que supieran que no era un mal educado, y luego quedó en silencio, pero no bajó la cabeza.
-Usted es una vergüenza para esta empresa, una mala influencia, que anda travestido por la calle como una prostituta- dijo el gerente.
-Ese es mi problema-
-Es el problema de todos cuando anda golpeando a la gente. Imagínese que el hecho hubiera trascendido, enseguida se sabría que es nuestro empleado y los periodistas se nos echarían encima-
-No más que si supieran que un gerente anda borracho insultando y agrediendo a mujeres-
-¡Esas no son mujeres!-
-A la que le arrojó la lata de cerveza, si-
El gerente general y el jefe de personal miraron al gerente como si no conocieran esa parte de la historia. Pero era evidente que a pesar de los hechos lo iban a seguir respaldando y se mantuvieron en silencio.
-¡De todas maneras yo no soy un degenerado que nada por ahí vestido de mujer!-gritó el gerente para reafirmar su posición!-
-Acabemos con esto- dijo Roberto- ¿Que me va decir?-
-Muy simple, usted renuncia en este mismo momento, sin goce de indemnización y lo que ha sucedido queda entre estas cuatro paredes-
-¿Y si me niego?-
-Entonces divulgaremos lo que es usted-
-Hágalo, yo tengo el valor suficiente para salir de esta oficina y decirle a todo el mundo lo que soy y no creo que usted lo tenga para admitir lo poco hombre que es-
Un incómodo silencio cubrió la escena. Los directivos se miraron dudando que hacer.
-En estos tiempos está muy mal visto lo que usted hizo-dijo el gerente general dirigiéndose al gerente- Nos podemos ver en mala situación por un acto de discriminación y es cierto que si usted hubiera mantenido la boca cerrada y no se emborrachara, no estaríamos en este predicamento-
Roberto sonrió, aunque sabía que de todas maneras no la iba a sacar barato.
-En cuanto a usted, será despedido, debió pensar lo que hacía antes de golpear al gerente, le pagaremos lo que corresponde y aquí se acaba todo-
Cuando salieron de la oficina, Roberto pudo observar que todos sus compañeros habían vuelto la cabeza hacia la puerta. Se dirigió al vestuario a retirar sus cosas acompañado de aquellos que no estaban haciendo alguna tarea.
-¿Que pasó?-
-Me echaron-
-¿Por que?-
-Por que golpeé al gerente-
-¿Cuando?-
-Cuando me trató de degenerado-
Y les contó todo cuanto había sucedido.


27.Si cambias de lugar, no lleves los problemas encima

 Lo primero que hizo Roberto fue ir a la casa de Adriana. No iba en busca de un consejo o de palabras de consuelo. Estar con ella, aunque fuera en silencio le serviría de sosiego para su alma.
-Estaba harto de ese trabajo, quería irme y no me animaba, al final tomaron la decisión por mi-
-¿Y ahora?-
-Ahora es uno de esos momentos en que uno debe decidir si va a seguir aceptando lo que le caiga encima o patea el tablero y produce alguna revolución definitiva-
-El destino escrito o el libre albedrío-
-Exacto-
Adriana no supo que más decirle y lo dejó rumiando sus pensamientos, se dirigió a la cocina para hacer un café mientras él se quedaba sentado en el sillón mirando por la ventana el paisaje de edificios y aire contaminado que se prolongaba hasta donde alcanzaba la vista.
Roberto no tardaba demasiado en tomar decisiones. Cuando algún contratiempo lo agobiaba sentía que caía por un pozo, totalmente inerme, pero de pronto llegaba al fondo y encontraba la respuesta. De allí en más todo era subir, decía y se abocaba a realizar lo que planeaba. Había confiado en esa capacidad de recuperación desde que la había descubierto y no fue diferente esta vez.
-Ya está- le dijo a su prima cuando regresó ella de la cocina con una bandeja, los dos cafés y unas galletitas.
-Me voy a ir- agregó ante su mirada inquisidora.
-¿Adonde?-
-A otro país, que se yo, a Brasil, ¿que te parece?-
Adriana no era amiga de decisiones de ese tipo. Sopesaba tanto los pros y los contras que finalmente se quedaba en su sitio familiar, pero conocía bien a Roberto  y sabía que no valía la pena desalentarlo.
-Bueno, al menos no es tan lejos y puedo ir a visitarte-
Como era su costumbre, Roberto tomó papel y lapicera y se puso a escribir ordenadamente todo lo que debía hacer. Hizo cuentas sobre el dinero que tenía ahorrado, elaboró una lista de sitios donde podría ir a vivir, de que trabajar si no podía ejercer su profesión y otros detalles. Una vez que plasmó en el papel todo lo que pensaba se sintió mejor. Ahora era cuestión de ejecutar el plan.
Un plan para huir. Para escapar de la anomia en la que estaba sumergido. Un plan para hacer algo más que salir los días libres a mostrarse como Noelia. Un plan para no terminar siendo un viejo homosexual que tuviera que pagar para tener sexo con el riesgo de encontrarse un día con algún delincuente que lo extorsionara o lo matara. Un plan para no aparecer en las primeras planas de los diarios.
Ir a otro  sitio no era la solución, lo sabía. Finalmente uno lleva sus pesares y sus incertidumbres como un pesado equipaje a cualquier lugar que vaya, cuando en realidad es esa carga de la que debe desprenderse para renacer. Este viaje no sería una solución mágica pero era una manera de quemar las naves. De colocarse en una situación en donde abandonar era casi imposible. Una situación límite de la que no debía ni podía volver derrotado.
No lo pensó más. No se detuvo en consideraciones positivas o negativas. En pocos días realizó los trámites bancarios para trasladar su cuenta, armó cuatro valijas, dos con ropa de varón, dos con ropa de mujer, cerró la casa y le entregó las llaves a Adriana para que se la cuidara. Sacó pasaje para Florianópolis, ida solamente.
La mañana en que partió de Ezeiza, fue un momento difícil como son todas las despedidas. Ingrid, Adriana y dos amigas fueron al Aeropuerto. Por momentos permanecían en silencio, o hablaban de nimiedades como tratando de no pensar por que estaban allí y cada tanto una de ellas se acercaba y lo abrazaba fuertemente, como queriendo retenerlo o tratando de trasmitirle fuerza, amor, el olor de su perfume, un recuerdo que lo acompañe.
Las cuatro lloraron sin vergüenza en el momento del embarque. Roberto no fue menos. Caminó hasta el avión tratando de contener las lágrimas con un pañuelo. Dejar atrás a las chicas que habían sido inapreciables compañeras en sus horas más felices era el único sufrimiento que lo agobiaba. Y además estaba Adriana. La prima a la que había comenzado a amar, a su manera. La compañera de tantos momentos difíciles.
En el vuelo leyó, vio una película y de vez en cuando miró distraídamente el paisaje que allá, a diez mil metros más abajo, parecía sucederse lentamente.
El avión atravesó la Bahía Sur desde el continente y se posó suavemente en la pista en medio de la Isla de Santa Catarina. Pasó sin problemas los controles de aduana y buscó un transporte a la ciudad. Esa fue su primer sorpresa. Se acercó a la fila de taxis y tomó el primero, tratando de mascullar en una mezcla indefinida de castellano y portugués.
-Voy a ciudade-
-No se preocupe, yo también soy argentino- le dijo el chofer mirándolo por el espejo retrovisor.
-Me alegro, es bueno encontrar a alguien que hable español, aunque después no se como me voy a arreglar-
-¿Turismo o trabajo?-
-Busco trabajo-
-Muchos hemos venido por eso, después de todo es mas cerca que ir a España o Estados Unidos. Pero no se haga problema, algo se consigue si no tiene muchas expectativas y por el idioma...se aprende rápido-
Lo dejó en la puerta de un pequeño hotel de paredes mal pintadas cuya única comodidad era poseer aire acondicionado en las habitaciones, cerca de la Rodoviaria, en una callecita estrecha de adoquines que bajaba hacia la avenida principal, atravesando la zona roja, tres cuadras de edificios de principio de siglo en estado ruinoso, que durante el día era un mercado donde varios negocios a la calle ofrecían objetos de los más variados rubros, sobre todo muebles usados y talleres de reparación de cualquier clase de artefactos. Por la noche estaba iluminada por miles de bombitas colgadas de cables que atravesaban el pasaje de pared a pared, los locales estaban cerrados y las prostitutas y travestís ofrecían su más preciada mercancía.
Ese fue el primer sitio que recorrió cuando salió por la noche. Luego transitó por las otras calles, la Terminal local de coletivos, el Mercado, un sitio construido para el tráfico de esclavos que ahora era un lugar de reunión, con locales de bebidas, restaurantes y centro cultural. Culminó su paseo en la Plaza principal, frente a la Catedral, volvió por el mercado de frutas y transitó lentamente por la peatonal hasta el hotel.
Inmediatamente debió dejar de lado sus inquietudes turísticas, anhelaba conocer las playas, para lo que debía solamente elegir el sitio y tomar el coletivo correspondiente, pero sentía que hasta que no pudiera conseguir un trabajo ese placer le estaría vedado.
El primer intento lo hizo con la guía telefónica. Anotó los nombres y direcciones de los estudios de arquitectura y con sus mejores ropas se lanzó a recorrerlos. No eran muchos y estaba a pocas cuadras uno del otro. En todos ellos debió soportar largas esperas, entrevistas en donde debía dar largas explicaciones de por que buscaba nuevos horizontes, cierta sorna de algunos de sus entrevistadores que le manifestaban que los argentinos eran unos ingenuos habiendo votado por segunda vez a un presidente que los estaba llevando a la ruina y que Brasil era un país pujante camino a ser el más rico de Latinoamérica. Roberto se tragó cualquier respuesta, había visto demasiados chicos en las calles de Florianópolis trabajando de lustrabotas o pidiendo plata para creer que las cosas eran mejores que en Argentina..
Las promesas eran siempre las mismas. Denos un sitio en donde ubicarlo y lo llamaremos. Un saludo formal y las gracias por haber venido.
-Obrigado- decían.
Pero Roberto no podía esperar. El hotel le salía caro y debía encontrar al menos una pensión más barata en donde vivir pero para ello debía tener un trabajo. Así que redujo sus pretensiones y comenzó a comprar el diario para revisar las páginas de avisos clasificados.



28, ¿Mundinho? ¿El personaje de la novela de Amado?


 Durante todo el tiempo en que estuvo buscando trabajo, Roberto no tuvo el más mínimo ánimo de travestirse. La ropa de Noelia quedó en las valijas sin abrir desde que llegara y tampoco tuvo ansias de buscar alguna aventura sexual. Durante el día se presentaba en cuanto trabajo le parecía posible realizar, por las tardecitas salía a caminar y en la noche se refugiaba en su habitación a ver programas en la televisión de los que poco entendía el idioma pero que utilizaba para tratar de aprender algunas palabras.
En uno de esos paseos al atardecer estaba sentado a la sombra del gigantesco baobab de la plaza 15 de Noviembre cuando un individuo, al que en principio no reconoció, pasó a su lado y se volvió tras haber dados unos pasos.
-Hola, seguro que no me recuerda, pero yo tengo buena memoria visual-
Al ver que Roberto seguía sin identificarlo agregó.
-Yo soy el taxista que lo traje desde el aeropuerto. ¿consiguió trabajo?-
Roberto lo invitó a sentarse junto a él, al menos tendría alguien con quien charlar.
-No, no conseguí nada concreto por ahora-
-Y, es así, como en la Argentina, pero vea, el otro día me acordaba de usted, un amigo que tengo acá, un brasileño que posee un negocio de venta de accesorios para mergullo, es decir, buceo, necesita una persona de confianza para que le atienda el local cuando sale a bucear con sus clientes-
-Pero yo no tengo ni idea-
-No se preocupe, el le enseña, lo que mas le interesa es que no le roben-
-¿Y no habrá tomado ya otra persona?-
El taxista sacó su celular del bolsillo, llamó y habló en portugués. Cuando terminó y mientras lo guardaba dijo.
-Listo, nos espera ahora mismo, es acá a pocas cuadras, frente al Mercado-
El local era largo y estrecho, tenía varias puertas que daban a un callejón de adoquines cubierto por un techo abovedado y poblado de negocios de artesanías, instrumentos para capoeira, ropa y un barcito. La construcción era del siglo 19, en algunas paredes el revoque estaba caído y se podían notar las diferentes capas de pintura. Un mostrador de estructura de hierro con paneles de vidrio ocupaba todo el largo. En la pared del fondo estaban ubicados en estanterías toda clase de accesorios, chalecos inflables, tanques, snorkels, patas de rana, gorras, guantes, cuchillos, visores. El brasileño dueño del local era un hombre de gran talla, moreno, cabello cortado al ras, de ojos pequeños que parecían estar escrutando todo más allá de lo físicamente posible. Vestía como la mayoría, bermudas y musculosa sin preocupación por la combinación de colores y en los pies sandalias de goma. Se movía con torpeza dentro del local, pero como lo comprobaría después Roberto, era un pez en el agua. Resultaba inevitable compararlo con esos elefantes marinos que se ven en los documentales de la televisión.
-Bien, si Ernesto dice que usted es de confianza lo tomo, sea benvido- y le dio su fuerte manaza dentro de la cuál pareció perderse la de Roberto quien debió disimular el dolor que le había causado el apretón.
Esa misma tarde Roberto se quedó en el negocio para comenzar a aprender lo necesario. Mundinho, tal el nombre de su nuevo patrón, era un hombre que inspiraba respeto por su apariencia pero demostró ser una persona afable y considerada. Cuando llegó la hora de cerrar el local y estaban a punto de despedirse le dijo.
-Ahora me voy a tomar una cerveza y luego a la zona roja, ¿vienes conmigo?-
Roberto aceptó la invitación de la cerveza pero declino la búsqueda de sexo. El hombre lo miró, hizo un gesto de desaprobación y habló.
-Esta bien, pero algún día vas a tener que ir, hay que desahogarse un poco, cuando quieras yo te presento a las mejores mujeres, todas me conocen-
Al otro día, antes de ir a su trabajo, Roberto hizo dos cosas que no podía posponer. La primera llamó a Adriana para contarle las novedades.
-¡Bravo Noelia! ¡Yo sabía que lo ibas a lograr!- sonaba lejana y en medio de interferencias la voz de su prima.
Lo segundo fue conseguir un sitio más adecuado para vivir y lo encontró en una pensión frente a la terminal de coletivos locales. La dueña del edificio era un mujer de edad indefinida, una mulata de senos y caderas prominentes pero firmes y unas incipientes canas en su cabello mota. Le ofreció una habitación amplia, en la planta alta, de pisos de madera, con baño propio, totalmente amueblada, que poseía en la pared opuesta a la entrada un ventanal con balcón que brindaba una extensa vista de la Bahía Sur, la costa del continente y el puente colgante de hierro Hercilio Luz, que por las noches totalmente iluminado matizaba de color amarillo el agua que transcurría bajo su estructura. Roberto estaba satisfecho, era más de lo que hubiera imaginado.
Los día fueron pasando apacibles. Aprendió con bastante facilidad los secretos del negocio. En la semana estaba detrás del mostrador, en ocasiones con su patrón, otras veces solo, cuando Mundinho llevaba algunos clientes a bucear a Isla Arvoredo o se hacía una escapada para almorzar pizza con cerveza. Los sábados o domingos, el hombrón lo llevaba a practicar inmersiones en Canasvieiras o Ponta das Canas. Gracias estos viajes pudo recorrer estas y otras playas de la isla sin pagar un real disfrutando por primera vez de las aguas templadas y transparentes tan lejos de las frías y ventosas costas argentinas que conocía.
Noelia había comenzado a reaparecer dentro suyo. Finalmente se decidió a abrir las maletas de su ropa y comenzó a ponérsela cuando estaba en la intimidad de la habitación. La puso en condiciones. La lavó, la planchó y la colgó con todo cuidado en un sector del ropero. No se animaba a más, la acción más osada era salir al balcón y quedarse sentado en una reposera, leyendo, sin tratar de averiguar si alguien lo observaba. Era un juego que le gustaba. De todos modos, era casi imposible que alguien que pasara por la calle levantara la vista y mucho menos que se diera cuenta a la distancia que era un varón.
El tiempo que pasaba transformado le comenzó resultar poco y para compensarlo comenzó a usar tangas y corpiños bajo la ropa masculina durante todo el día. Convirtiéndose Noelia en una obsesión creciente le preocupaba saber las opiniones de su nuevo patrón acerca del tema, recordando el incidente de su trabajo anterior. Temía que Mundinho fuese también homofóbico y que esto desencadenara otro conflicto si era descubierto. Necesitaba saber pero no tocaba el tema para no parecer conspicuo, lo escuchaba atentamente tratando de dilucidar lo que se podía interpretar entre palabras. Pero su patrón no daba ninguna pista. Sabía perfectamente que le interesaban las prostitutas y que nunca se había casado. Aparte de eso, nada.
Una tarde, al comienzo del verano tuvo la revelación. Roberto estaba parado en una de las puertas del local, recostado contra una de las columnas y a pocos metros podía ver a su patrón deglutiendo sus pizzas sentado a una mesa en el mismo callejón. De pronto se le acercaron dos hermosas mujeres y lo abordaron. El hombre las conocía, era evidente y habló con ellas un momento, luego giró sobre sí y les señaló a Roberto. Las mujeres realizaron gestos de agradecimiento, lo saludaron y se dirigieron al local.
Al llegar al lado de Roberto una le habló.
-Hola muchacho, ¿así que sos el empleado de Mundinho?, nos envió a que confirmáramos una inmersión para el lunes en Arvoredo-
Roberto estaba seguro, esa voz, por más que se empeñaba su dueña en afinarla no era femenina. Mientras las invitaba a pasar para hacerles firmar el papel de confirmación las observó detenidamente. Eran altas, más que él, su ropa era cara, elegante, discreta pero insinuante. Una rubia, la otra cabello color azabache, ojos verdes ambas, seguramente debido a lentes de contacto con color.
-Sos un chico muy bonito- dijo una de ellas- ¿vas también a las inmersiones?-
-No, tengo que cuidar el negocio-
-Lástima- dijeron, y tomando su copia del papel se marcharon atrayendo las miradas de todos lo que pasaban por el callejón.
Cuando Mundinho terminó su suculento almuerzo y entró en el local exclamó.
-¿Viste? ¿donde vas a encontrar mujeres así?-
-No son mujeres, Mundinho- creyó conveniente aclarar Roberto.
-Ya lo sé, hombre. ¿pero no son hermosas?-
-Si- contestó Roberto, dudando todavía del comentario de su patrón.
-Te juro que me casaría con una de ellas-
-¿Y por que no?-
-Son demasiada mujer para mi-
Roberto lo miró sin pronunciar palabra. No tenía más para agregar a semejante comentario. Mundinho se había quedado callado también mirando el piso. En ese momento comprendió que aquel hombre estaba enamorado. No de una en particular, pero sí de ellas en general.