Saturday, August 05, 2017

Ansiada Noelia. Capitulos 5-6-7 y 8

5.El nene pasa mucho tiempo en el baño

 Tras la partida de Pedro, dos obsesiones comenzaron a ocupar la mente de Roberto. La primera era poder vestirse con ropa íntima de su madre, en especial le atraían los corpiños, la segunda tratar de imaginar que hubiera sucedido si Pedro lograba su propósito. ¿Que hubiera sentido? ¿Sería tan placentero como se lo había dicho cuando trataba de convencerlo? ¿Y si le hubiera gustado, se convertiría en lo que era el maricón del barrio? Dudas, todas eran dudas para Roberto. Sin tener a quién preguntarle y con el riesgo de parecer estúpido o de que otros se aprovecharan de la situación, calló. Entró, en ese instante, en un silencio que no sería roto hasta muchos años después. Pero sus fantasías, a partir de ese momento, ya no se limitaron a pensar en príncipes caballerosos, sino más bien en hombres corpulentos y fornidos a los que se rendía imaginándose una inocente mujer a merced de sus deseos.
A pesar de las libertades que le seguía dando su madre para continuar con sus juegos vestido de mujer, no se atrevía a pedirle un corpiño. Estaba seguro que no se lo cedería por ser una prenda íntima. La lencería le resultaba más sublime y a la vez excitante, por lo tanto decidió esperar la ocasión propicia. Esta se presentó cuando la madre al fin lo dejó solo en la casa mientras iba a hacer las compras. En cuanto se hubo percatado de que había cerrado la puerta de entrada y hecho unos pasos por la vereda corrió al cajón de la cómoda y tomó uno de color blanco, por nada en especial, sino por que fue el primero que encontró. Se quitó la remera y se lo colocó. El siguiente paso fue mirarse en el espejo. Esta prenda, más aún que las de vestir, le producía un indefinible cosquilleo en la piel. Para acercarse más a su sueño, se dirigió al baño, tomó dos franelas de limpiar y haciendo un bollo con cada una, los introdujo en ambas tazas del corpiño. Se miró de frente y de perfil.
Tengo tetas, se decía emocionado. Así estuvo una rato hasta que escucho la llave en la puerta, con agilidad se sacó el corpiño, lo guardó y colocó las franelas en su sitio. El tiempo había pasado muy rápido para esa primer experiencia pero estaba seguro que tendría otras y eso lo dejó satisfecho.
Así fue que continuó haciéndolo cada vez que se tenía oportunidad.
Al poco tiempo, otra prenda comenzó a atraerlo de manera subyugante, las medias de nylon. Esas suaves medias color carne y con la costura a todo lo largo de su parte trasera que se colocaban con ligas de elástico y se adherían a la carne formando otra piel. Al descubrir la excitante sensación que le producía acariciarse las piernas así vestidas imaginaba que era otra mano, no la suya, la que se deslizaba desde el pie hasta las rodillas.
Agregando un toque de audacia y por la necesidad que se le hacía cada vez más acuciante, ya no esperó a quedar solo para esa actividad, vigilaba que su madre estuviera regando las plantas y arreglando el jardín, se colaba hasta el dormitorio, tomaba un corpiño, un par de medias y se encerraba en el baño el tiempo prudencial para que no llamaran la atención sus estadías en ese sitio. Luego, subrepticiamente devolvía las prendas a su lugar.
Por aquel entonces hizo un descubrimiento inesperado. Una tarde de lluvia y sin otra cosa que hacer se puso a revisar revistas viejas guardadas en un cajón del ropero. El padre coleccionaba publicaciones de aeronáutica y de barcos. A Roberto le resultaron atrayentes dedicándose a mirar los dibujos y las fotos sin hacer demasiado caso a los textos. De pronto una revista cayó entre las hojas de la que estaba viendo. Le llamó la atención de que estuviera colocada dentro de otra ya que su padre era muy ordenado, la hojeó sin demasiado atención, se trataba de temas de físicoculturismo y salud, nada que le resultara interesante, pero cuando estaba por cerrarla y guardarla donde la había encontrado sus ojos se posaron en una nota escrita por un lector. En ella confesaba como había sido iniciado en el sexo por una persona mayor que había abusado de él y luego como, con el paso de los años, repetía la misma historia, a su vez corrompiendo a otros jóvenes.
Roberto leyó, magnetizado, la historia varias veces y la volvió a buscar cada vez que tenía oportunidad. ¿Seré así cuando sea grande? Se preguntaba. ¿El hecho de que Pedro no hubiera podido completar su propósito había dejado las cosas a medias? ¿Que sería finalmente? ¿Hombre o maricón? ¿En algún momento de la vida tendría que decidir?. En aquel entonces, desconociendo por completo la posibilidad de ser bisexual, la idea lo atormentaba. Era cierto que no todo el tiempo, pero cada vez que veía una vecina atractiva o cada vez que se travestía para imaginarse haciendo el amor con un hombre culminaba haciéndose las mismas preguntas.
Otra duda se instaló en su mente persistiendo durante toda su vida. ¿cuál era la razón por la que su padre conservaba esa revista escondida? ¿sería para que él no la encontrara? ¿o por que su padre mismo tendría algún secreto inconfesable?. Nunca supo las respuestas. Como tampoco pudo discernir si no se trataba de fantasías suyas. Pero siempre le quedó la sensación de que algo más se ocultaba tras la posesión de ese ejemplar..
De momento no pensaba en dejar su pasión por la ropa femenina, agregó en cuanto pudo, una enagua como las que le había hecho poner su madre y munido de las tres prendas, corpiño, medias y enagua se pasaba el mayor tiempo posible mirándose en el espejo del baño.
El paso siguiente fue el uso de otro elemento, que si bien no era ropa, era fundamental para marcar la diferencia entre sexos, el lápiz de labios. Tomándolo como lo había visto hacer a su madre incontables veces, luego de varios ensayos se pintaba como si hubiera nacido con esa habilidad. Se lo pasaba por el labio superior y luego por el inferior, se retocaba algún desliz y se mordía los labios para que la crema se extendiera pareja por toda la boca. El problema era sacárselo y que no quedaran rastros de su travesura, por lo que se lavaba repetidamente con jabón haciendo abundante espuma, como si fuera esta la que le iba a quitar las marcas. Luego se miraba varias veces al espejo para asegurarse de que no hubiera una señal delatora.
Una tarde aprendió que debía extremar aún más las medidas de limpieza. Luego de haber jugado con el lápiz labial, se lo quitó y salió a la calle. En la esquina se encontró con su vecino, aquel que también gustaba vestir ropas de mujer. En cuanto lo vio de cerca le dijo delante de otros chicos.
-Te pintaste lo labios-
-¡Que, estás loco!-
-Dale, que se nota-
Sin otra mejor excusa, probó:
-Lo que pasa es que le di un beso en la boca a una chica-
-¿Que chica?-
-Una...de por ahí- contestó levantando un brazo y señalando la calle.
-A mi no me engañás-
Roberto dio media vuelta y volvió a su casa, raudo, se dirigió al baño para averiguar de que manera su vecino se había percatado de su secreto y fue cuando descubrió que al estirar los labios estos dejaban a la vista pequeñas estrías que todavía conservaban el rojo del lápiz. A partir de ese momento procuró lavarse esas estrías también y nadie volvió a mencionar el tema.
Aún le quedaba un tema por averiguar y cada vez era mayor el deseo de llevarlo a cabo. Saber que se sentía al ser penetrado, aunque lo atemorizaba el riesgo de lastimarse.
Si hay muchos que lo hacen no debe ser problema, se decía para tratar de infundirse ánimo. De todas manera decidió comenzar lentamente y refugiado en el baño se pasó un dedo entre los glúteos, sintió un escalofrío que lo impulsó a seguir adelante, luego trató de introducirlo en el ano pero estaba seco y le rozaba las paredes. Esto no es lindo, se decía intuyendo que debía haber otra forma y sintiendo que no podía parar. Si saber por que, mojó el dedo y lo pasó por jabón. Esta vez se introdujo sin resistencia. Algo parecido a un choque eléctrico lo sacudió, tembló de cabeza a pies, la piel se puso de gallina, se le erizaron los pelos del vello y no podía sacar el dedo de donde estaba. No podía, el placer era superior a todo lo imaginado.
Cuando reaccionó, se lo sacó de golpe. De pronto lo invadió la culpa. Salió del baño confundido y atemorizado. De modo que si me gustó soy puto, pensaba y para calmar sus miedos tomó una decisión. No lo iba a hacer de nuevo.
Pero no fue suficiente determinación, y la tentación pudo más. A los pocos días volvió a la experiencia. Varias veces lo repitió hasta que supo que no era bastante. Debía intentar con algo más importante que sus pequeños dedos.
La ocasión propicia se presentó cuando su madre y su padre debieron hacer un trámite en la Capital y decidieron dejarlo solo con una gran cantidad de recomendaciones. En cuanto se fueron, decidió llevar a cabo su plan, esta vez sería con el palo del secador de piso y lo untaría con manteca, en lugar del jabón ya que había advertido que este se secaba al cabo de un rato y le dificultaba sacarse el dedo del ano. Acomodó una toalla en el piso del baño, se acostó, tomó el palo previamente untado y se lo fue colocando lentamente. En cuanto sorteó el primer obstáculo de la entrada, se deslizó por el recto como si estuviera preparado para recibirlo. En ese preciso momento comenzó a sentir un dolor intenso en los genitales. El dolor iba en aumento pero sentía que no podía detenerse, era terriblemente placentero. Ahora si sabía de lo que se había perdido. La sensación se extendió a su pene que parecía a punto de estallar. Sintió convulsiones, se sacó el palo con temor de haberse lastimado cuando notó que la toalla estaba húmeda, la miró temiendo ver sangre, pero lo único que encontró fue un líquido viscoso blanco esparcido alrededor de su pene, el cuál seguía eyectando tras años de estar contenido. Había tenido su primer eyaculación
Tratando de lavarse descubrió lo excitante de aquel movimiento que dejaba a la vista el extremo de su miembro y no pudo resistirse a seguir con ese juego. Al rato estaba eyaculando de nuevo. Se sentía maravillado al ver como surgía ese chorro imparable.   Entraba de esa manera en el inquietante mundo de la masturbación.
A partir de ese día todo se hizo uno. La ropa de mujer, la introducción de un palo en su ano, la masturbación y esa hermosa sensación de irse, de volar, de escaparse de si mismo que le daba el semen saliendo de su cuerpo. Las escapadas al baño se hicieron más frecuentes y algo sospechosas para su padre que lo interrogó varias veces sin obtener ninguna respuesta satisfactoria. Al cabo de un tiempo ya no insistió.
Roberto llegaba a los dieciséis y lo esperaban nuevas experiencias.


6.Lito Nebia cantaba Rosmary y Sandro, Rosa, Rosa

 Había estado enamorado antes. Claro que se trataba de amores platónicos de los cuales la mujer no se había enterado nada. La primera fue Isabel, alta, delgada, rubio cabello rizado,  de cara angulosa, con un flequillo rebelde que se extendía sobre la frente, la segunda Cristina, casualmente, o no, parecida a la anterior en la altura y en lo rubia pero de cara ovalada y con su cabellera lacia cayendo hasta la cintura como una cascada, ambas compañeras de colegio, la tercera era Norma, que no era rubia, sino inquietantemente morocha, con notorios senos, caderas curvilíneas, y unos, profundos como el mar, ojos azules, asidua concurrente a su casa, alumna de Corte y Confección de su madre.
Cuando ella estaba, ni siquiera se molestaba por que no tenía ocasión de travestirse y se quedaba con cualquier excusa en la sala para verla mientras cortaba moldes y marcaba talles. Norma fue, de las tres, la que más desasosiegos traía a su corazón y la más inalcanzable ya que era un año mayor y empezaba el secundario cuando él todavía lucía el guardapolvo blanco que lo hacía parecer infantil a su lado. Finalmente el sueño se tronchó cuando vio a un muchacho de saco azul, pantalón gris y corbata como las que usan los adultos, pasarle la mano por la cintura y ella reía.
Las últimas vacaciones al finalizar el primario fueron la excusa para que un grupo de compañeras de grado se dedicaran a organizar reuniones en sus casas, en horas diurnas y bajo el control férreo de sus padres, reuniones a los que Roberto y el resto de sus amigos del colegio fueron invitados con insistencia ya que la proporción de varones era mucho menor que la de niñas, lo que les aseguraba, al menos poder bailar, sentir por primera vez, el roce de sus manos en aquellas cinturas y el contacto piel con piel. Era poder verlas en otra dimensión donde ya no existía el guardapolvo blanco y se comenzaba a apreciar a aquellas mujercitas con sus vestidos ceñidos, sus inquietantes minifaldas y sobre todo sus incipientes pechos.
Roberto temblaba de temor cada vez que se acercaba a una de las niñas para invitarla a bailar. Lo que más le asustaba era que lo rechazara, pero nunca ocurrió, ellas deseaban divertirse y siempre aceptaban. Si alguna lo hacía por que deseaba conquistarlo jamás lo supo. La mente femenina era un terreno desconocido que no alcanzaba a comprender y del que no sabía interpretar códigos ni señales, ignorancia que sufrió durante muchos años.
El colegio secundario fue, como sucede con los cambios importantes, un nuevo mundo. Dejar atrás el guardapolvo y lucir como aquellos muchachos que admiraba cuando aún estaba en el primario lo hicieron sentir como un hombre mayor. Ahora debía viajar solo en colectivo, y además del saco, podía, al fin, lucir una corbata real, de la que tuvo que aprender, no sin esfuerzo, a hacer el nudo. La nueva situación produjo una insospechada inclinación hacia su masculinidad. Casi sin notarlo dejó sus fantasías de lado y se sumergió por completo en esta nueva vida. De todas maneras no hubo una mujer en su horizonte durante varios años. En ocasiones escuchaba las aventuras sentimentales de su compañeros de división con envidia. Él, en tanto soñaba con las chicas que aparecían en las revistas. Coleccionaba en secreto fotos de aquellas que le atraían, fueran modelos o actrices de cine y por las noches, en la cama se imaginaba que hacía el amor con ellas. Un brusco cambio de motivación para sus masturbaciones.
Hasta que una tarde de septiembre ocurrió eso tan deseado como impensable. Estando con varios compañeros en una esquina de la plaza, donde gastaban el tiempo antes de entrar al colegio se acercaron dos chicas a hablar con un amigo que estaba dentro del grupo e invitarlo al cumpleaños de una de ellas. Su compañero lo presentó, hablaron durante pocos minutos y las muchachas partieron. Roberto quedó absorto por la que acompañaba a la que cumplía años y hasta intuyó que una vez que cruzaron la calle ella se dio vuelta para mirarlo.
-¿Te gusta?-
-Es hermosa, ¿como dijo que se llamaba?-
-Rosa-
Esa noche Rosa ocupó los sueños de Roberto. Ese breve instante, le había bastado para recordar su cara de tez morena y los largos cabellos castaño, peinados con raya al medio que descendían hasta la mitad de su cuerpo. Su silueta menuda, bien proporcionada, su cintura estrecha, las piernas torneadas, y esa hilera de dientes blancos que asomaban tímidamente al sonreír. ¡Y se había dado vuelta para verlo!. Esa imagen se le repetía una y otra vez. Estaba seguro. No podía perder tiempo. Tenía que encontrarla otra vez.
Al otro día, al reunirse con su compañero en la plaza y antes de que pudiera decirle palabra acerca de sus sentimientos este le dio la novedad
-Recién pasó María, la del cumple, ¿te acordás?-
-Si, como no iba a recordarlo-.
-Bueno, me dijo que te invite a la fiesta por que su amiga Rosa quiere verte-
Incredulidad en el primer momento, una desbordante alegría luego y por último miedo fueron las sensaciones de Roberto mientras agradecía a su amigo por la noticia. La fiesta era el siguiente sábado, debía elegir que ropa usaría, lustrar los zapatos, pedirle a su madre que le planche la camisa beige, la que mejor le quedaba. Y los pantalones grises. Nada de colores chillones, en suma, lucir una elegancia varonil.
Se afeitó con cuidado tratando de no lastimarse, usó perfume del padre, se vistió observándose al espejo para que no quedara ningún detalle librado al azar y marchó a la fiesta. Se encontró con su compañero en una confitería a pocas cuadras de la casa de María, deseaba que lo viera primero para que opinara sobre su aspecto y su atuendo.
-Bien, bien, tenés una pinta bárbara-
Ni bien llegaron, Roberto entregó el regalo a María, una par de aros que había comprado con dinero que le había pedido a su madre. Luego se puso a buscar a Rosa entre la gran cantidad muchachos, chicas y personas mayores que colmaban el sitio. Intuía  que no debía demostrar demasiado interés, que no se notara su desesperación, comportarse como un caballero. Sin haberla visto llegar, de pronto ella estaba a su lado.
-¡Que suerte, viniste!-
-Si...-dijo sin saber que agregar hasta que encontró la inspiración.
-...no podía faltar-
-Vení, así conocés a las otras chicas-
Y tomándose de su brazo lo llevó por todo el patio. Le presentó a sus compañeras, a los padres de María y a otras personas de las que no alcanzó a escuchar su nombre, grado de parentesco o amistad.
En cuanto la música comenzó, procurando que no fuera ella la que lo arrastrara de aquí a allá, la tomó de la cintura y la invitó a bailar.
Y bailaron, por primera vez lo hacía no sólo por unas pocas piezas. No se separaron en toda la noche y cuando el disc jockey puso temas románticos estaban abrazados, ella rodeándole con sus finos brazos el cuello y él tomando con firmeza la cintura, las mejillas juntas, y sus perfumes invadiendo todos los sentidos.
-¿Nos vamos a seguir viendo?- preguntó Rosa.
-Por supuesto, me gustás mucho-
Quedaron en encontrarse a la salida del colegio de Rosa. Entre su salida y la entrada de Roberto al suyo mediaba una hora, tiempo que se convirtió en el momento más esperado del día. El primer lunes, luego de la fiesta, estaba en la vereda de enfrente esperándola, ansioso, temeroso de que lo sucedido apenas un par de días antes no hubiera sido más que un hermoso sueño. Veía salir a las chicas y los minutos que pasaron hasta que la divisó entre medio de la marea de guardapolvos blancos le parecieron una eternidad. Esa sonrisa, la de ella, mientras cruzaba la calle, sería unos de los más hermosos recuerdos que atesoraría a lo largo de los años. Pudo olvidar otras cosas, otras caras, otros gestos, pero aquella sonrisa jamás.
La tomó de la cintura, se saludaron con un beso en la mejilla, caminaron unos pasos mientras se preguntaban como estaban y rememoraban lo sucedido en la fiesta. Al llegar a la esquina Roberto supo que no debía esperar más, detuvo su caminar, ella lo miró como interrogándolo, unos segundos le bastaron para saber que sucedía. Roberto deslizó su mano por el suave cabello de Rosa, atrajo su cara a la de él y la besó en la boca. Un largo beso, el primer beso. Ella lo golpeó en la nuca con las carpetas que tenía en la mano al tratar de aferrarse a su cuello y rieron. Se mantuvieron así un tiempo imposible de medir. Rosa lo miraba arrobada y por momentos apoyaba la cabeza en su pecho. Rieron de nuevo y comenzaron a caminar.
La acompañaba hasta pocas cuadras antes de llegar a su casa. Luego se detenían en una esquina a prodigarse los últimos besos del día, mirando prudentemente hacia todos lados por el temor de Rosa de ser descubierta por su padre, un hombre al que describía estricto y tal vez algo rudo.
Pero el temor de Roberto estaba puesto en la cercanía de una fecha importante, el día de inicio de la primavera. Sabía que si ella se iba de picnic con sus compañeras podía encontrar otro muchacho y enamorarse de él. Lo asustaba su propia inseguridad, temía que ella no lo amara, temía perderla, temía que se acabara de pronto en pocas semanas lo que hasta ese momento había sido la instancia más feliz de su vida. No reparaba, nunca se repara en estos casos, que siempre hay otras posibilidades, otras personas, otras oportunidades. Creía que ese sería su único amor, el verdadero, el de toda la vida y que estaría en riesgo de perderlo por un picnic.
Finalmente, Rosa despejó todas sus pesadillas, simplemente lo invitó al picnic con sus compañeras. De hecho, todas las que por entonces lo tenían, irían con sus novios, bajo la mirada atenta de un par de profesores. Roberto respiró aliviado, no sólo estaría acompañado en tan importante acontecimiento, sino que se evitaría de ir con sus compañeros que siempre terminaban solos, cansados de jugar al fútbol, malhumorados o haciendo bromas a las parejas que paseaban por el parque.
En aquel picnic no sucedió nada extraordinario, el sol no fue mas intenso, ni hubo señales del cielo anunciando el advenimiento de los nuevos tiempos, ni siquiera la comida era más rica. Las milanesas que había llevado eran iguales que las que comía todos los días en su casa. Pero estaba con ella. No se apartaron un segundo. Siempre tomados de la mano como si tuvieran temor a perderse en el bosque, comieron, caminaron entre los árboles y se apartaron por unos minutos del bullicio de sus compañeros, se sentaron a la orilla de un pequeño río a tomar el mate con bizcochitos que ella había llevado para la ocasión, matizado con besos, muchos besos en esas inexpertas bocas que continuaron en el ómnibus cuando regresaban con las últimas luces del día.
Roberto estaba en éxtasis. Su vida era Rosa, los poemas que le escribía era Rosa, sus sueños era Rosa, los corazones con frases de amor que ella le hacia y regalaba y que él atesoraba era Rosa. Todo el resto de ese año fue Rosa. La Rosa de minifalda verde y remerita amarilla, la Rosa de suntuoso vestido largo color bordó y botas haciendo juego, la Rosa que bailaba aferrada a su cuello temas de Sandro, la Rosa que se reía de cualquier cosa, la Rosa que un día le enseño a dar besos de lengua, la Rosa que le dejaba acariciarle las piernas enfundadas en medias de nylon y que ignoraba que hacía tiempo que él conocía ese placer que ahora ella sentía.
Y una mañana de diciembre ya no fue más Rosa. Con lágrimas en los ojos, mirando el suelo, sin atreverse a levantar la vista, le dijo que necesitaba un tiempo, que no estaba segura de sus sentimientos, que no era problema de él, que lo quería pero tenía miedo del fracaso.
Creyó en sus palabras, ¿que habré hecho mal? Se preguntó. Se lo preguntó a ella.
-Nada, nada, vos sos un chico maravilloso-
-¿Y entonces?-
-Tengo que pensar, estoy confundida-
Roberto le dijo lo que sentía, desgarrado el corazón le murmuró al oído
-Te voy a estar esperando, todo el tiempo que necesites, por que te amo-
-No, no me esperes, hacé tu vida, yo no te merezco-
No comprendió esta última señal de desaliento hasta que vuelta de las vacaciones supo que ella estaba de novia con un muchacho varios años mayor. Un camionero, de largo cabello rojizo, cara delgada con pómulos sobresalientes y varios dientes menos.
La volvió a ver, a jugar el estúpido juego de ser amigo, incluso conoció a sus padres. Él, corpulento, de cabello negro y cara redonda con una enorme papada que le colgaba de manera que le cubría el cuello. Hombre habituado a los trabajos rudos, sencillo pero no ignorante. Ella, menuda y delgada, aparentemente frágil pero de carácter firme, cabello castaño siempre atado con una cinta, y a su hermana, una vivaz niña de nueve años a la que se le adivinaban los encantos que ya poseía Rosa. Supo de la oposición de su padre al noviazgo que ahora mantenía. Un día escucho de su madre palabras que nunca imaginaría oír.
-Vos hubieras sido un buen novio para Rosa, ¿por que no tratás de conquistarla?-
El día en que la pareja se presentó en su casa para pedirle que intercediera por ellos ante el padre les dijo, harto, que no iba a hacer nada y que se olvidaran de él. Nunca más los volvió a ver.
En tanto pasaban estos hechos, Roberto había conocido otros amores.



7.Esa costumbre de no decir las cosas claramente

 La siguiente novia se llamaba Graciela, era rubia, cabello enrulado, tez blanca, nariz prominente y si bien su cara no era bella poseía para atracción de Roberto unas piernas largas y rectas que la hacían parecer más grande de edad y eran motivo para que se dieran vuelta los hombres cuando la veían pasar luciendo sus minifaldas. Además, casualmente o no,  era compañera de división de Rosa. Perdida la originalidad del primer noviazgo, Graciela fue un nombre más en la lista, luego se sucedieron, Ana, Estela, Mónica y varias conquistas de pocos días que pasaron al olvido.
Todas las relaciones se generaban en medio de un entusiasmo comprensible. Roberto, que no disponía del dinero suficiente para ciertos lujos como ir regularmente al cine o a cenar, las conformaba con paseos por la orilla del río, alguna pizza ocasional o largas estadías en el banco de una  plaza donde charlaba animadamente. Conversaciones que iban decreciendo a medida que pasaba el tiempo y las mujeres vislumbraban que el mayor déficit de Roberto no era el económico sino el de la audacia. O al menos eso pensaba él. Todas terminaban aburriéndose de sus charlas y sus paseos anodinos simplemente por que esperaban algo más. Ese paso impostergable y decisivo hacia la intimidad.
Roberto se debatía entre el deseo y el temor. Tantas veces como salía decidido y animado de su casa para la siguiente cita, volvía apesadumbrado y arrepentido de su falta de valor. Todo lo asustaba. Temía ofenderlas y que ellas decidieran en ese mismo momento abandonarlo, o, peor aún, le hicieran un escándalo en la calle con el consiguiente papelón, pero también temía que aceptaran, entonces ¿que hacer? ¿donde llevarla? ¿cuanto cobraría un hotel alojamiento? ¿debería llevar preservativos? Y una vez adentro ¿le sacaría la ropa? ¿se la sacaría ella? ¿como se vería desnudo ante otra persona? ¿tendría una erección?.
De manera que se aferraba a la inacción de continuar sin decir palabra y, a medida que pasaban los noviazgos, esperar el desenlace inevitable. Las mismas palabras que le escuchara a Rosa en aquella tarde de verano.
-No sos vos, soy yo, necesito un tiempo para pensar.-
Lo que más le preocupaba era que no advertía las señales femeninas si es que las había. La mente de la mujer seguía siendo un insondable misterio del que no se atrevía a preguntar a sus amigos o compañeros de colegio. Ellos contaban extraordinarias aventuras que lo fascinaban e íntimamente deseaba parecérseles. Con el paso de los años supo con certeza que la mayoría mentía. Los varones generalmente mienten. Por ello es que no son capaces de trasmitirse las experiencias vividas para provecho de sus amigos, ya que nadie admitiría haber sido abandonado o que sus pretensiones de sexo cayeran en saco roto. Que las miles de llamadas telefónicas que hacían no recibían mas respuesta que:
-Dice mi hermana que no está.-
 Y que tras las esperas en las esquinas, bajo el calor del sol o las inclemencias del frío o la lluvia terminaban comiendo solos en una pizzería.
Después de cada rompimiento, Roberto se refugiaba en lo único que lo consolaba, la ropa de mujer. Volvía a las escondidas en el baño con las medias de nylon, los corpiños y las enaguas. Y la masturbación fantaseando relaciones imposibles con hombres apasionados. Su vida se convirtió, en aquellos años de la adolescencia en un continuo vaivén entre mujeres reales y hombres ficticios lo que lo llevaba invariablemente al mismo cuestionamiento que lo perseguía desde varios años atrás. ¿que era? ¿hombre o maricón? ¿se había quedado a la mitad? En ese caso ¿alguna vez debía tomar la decisión de ser lo uno o lo otro?
Mientras permanecía en un estado de virginidad con respecto a las mujeres y también mintiendo descaradamente respecto de sus relaciones, para no ser menos que el resto, pasó el tiempo. Sus mentiras, más que tratar de hacerlo popular entre sus compañeros, en realidad le servían para compensar otra angustia que comenzaba a atormentarlo. El temor a que se notara su inclinación oculta. Por ello era cuidadoso con sus gestos y sus palabras, procurando parecer lo más varonil posible. Y no era solamente el temor al ridículo, los comentarios acerca de lo que les pasaba a los homosexuales que eran descubiertos, hablaban de golpizas, violaciones, cárcel y hasta la muerte. Ese temor logró que Roberto no se atreviera nunca a mirar un hombre con atención en plena calle y que huyera cuando le parecía que alguno de ellos se le estaba insinuando. Muchos de estos hombres son policía de civil que buscan putos para encerrarlos, decían sus amigos.
En las últimas vacaciones del Secundario, antes de ingresar en la Universidad, en un baile de Carnaval, en el Club Municipalidad, conoció a Liliana. Era una mujer que orillaba al borde de la gordura aunque por su juventud todavía podía decirse que era atractiva por sus notorios senos que parecían prestos a huir del corpiño, la camisa que usaba abierta hasta el limite prudencial y su cadera bamboleante. Vestía minifaldas ajustadas a pesar de que no eran lo más apropiado para su formas, llevaba el cabello color castaño que por momentos, según la luz reinante, parecía rojizo, hasta los hombros, acostumbraba a maquillarse profusamente y sus labios lucían siempre un tono rojo intenso. Roberto abandonó las ropas femeninas por enésima vez y se consagró a la mujer por entero.
Liliana era impenetrable, como todas las anteriores. Arrastraba un mal disimulado odio a los hombres consecuencia de la separación de sus progenitores o, como ella lo contaba, del abandono de su padre que había corrido por ahí tras de una jovencita dejando a ella y su madre al borde de la miseria de la que, afortunadamente, se habían librado trabajando ambas. A la vez era pasional y a la vez distante. Si los anodinos paseos eran costumbre de Roberto ella la reforzó. Solo aceptaba que la pasara a buscar por la farmacia en donde trabajaba y la acompañara a la casa, distante unas quince cuadras. Allí se sentaban en la escalera del porch y charlaban. El le recitaba poemas que ella no entendía y se prodigaban algunos besos. Excepcionalmente se detenían en una plaza de Avenida Cabildo, en las esquina con  García del Río y se sentaban en un banco a hablar del futuro.
Los fines de semana, los bosques de Palermo se habían convertido en el sitio acostumbrado, matizado con el Jardín Botánico o el Zoológico, largas caminatas por la avenida Santa Fé y el Centro. Rutina, pura rutina de la que por primera vez Roberto se estaba hartando, pero que no podía mejorar demasiado por su falta de dinero.
Una noche, en la mencionada plaza se tentó a hacer algo que no atrevía desde su relación con Rosa. Lentamente fue corriendo la palma de la mano por las rodillas de ella Eran unas piernas robustas, hermosas y firmes y la minifalda una puerta abierta a la intención. Liliana lo frenó tomándolo de la muñeca y corriéndole la mano a un costado. Varias veces lo intentó, esa y otras noches pero el rechazo era invariable y mudo. Ella no le decía ni media palabra por ese atrevimiento, pero estaba claro que no iba a ceder ante ninguna insinuación.
En uno de los habituales paseos, mientras se besaban al abrigo de la oscuridad de la noche, ella se detuvo y le tomó la mano derecha colocando la palma hacia arriba, luego le pasó los dedos repetidas veces. El la miraba sorprendido, sin atreverse a pronunciar palabra. Ella, captando la sorpresa, le dijo.
-¿Sabes que significa esto?-
-Si- Atinó a contestar casi en un murmullo y sin tener idea de lo que estaba pasando.
Luego, el silencio, un largo e incómodo silencio, mientras continuaban caminando. ¿que significaría eso? Se preguntaba Roberto. ¿sería la forma en que una mujer le dice a un varón que quiere tener relaciones? Al menos eso se lo había oído decir a alguno de sus amigos. ¿Pero por que no se lo decía directamente? ¿por que hay que andar con tantos remilgos que no se entienden?.
La indecisión o la ignorancia lograron que Roberto no hiciera nada y pasara por alto aquella oscura señal. La respuesta de Liliana no se hizo esperar. No se vengó saliendo con otro muchacho, ni le echó en cara en cara su anomia. Simplemente se alejó de él. Pero no de inmediato, se tomó su tiempo, tal vez esperando una reacción. De a poco fue hablándole menos, no le contestaba cuando él le preguntaba que le pasaba, esperando, en su inocencia, una respuesta directa por parte de la mujer.
Y llegó el día en que todo acabó. A la salida de una reunión familiar en casa de la hermana de ella, al momento de despedirse escuchó las consabidas palabras. No es problema tuyo...
¿Estar con un hombre será menos problemático que con una mujer? Se preguntaba Roberto mientras volvía a las prendas femeninas.
Estaba por empezar otra etapa en su vida, la de la Universidad. Y como todos los cambios traen esperanza de superación, Roberto anhelaba que, como una poción mágica, este lo curara de todas sus dudas. Por aquel entonces no sabía que es uno y solamente uno el que debe descargarse de encima el saco de las incertidumbres.



8.De como renunciar a una mujer que desean todos

El ambiente de la Universidad era propicio para conocer nuevas personas, salir del ámbito conocido de quienes habían sido sus compañeros de estudios y amigos durante los seis años del Secundario. Igualmente varios de aquellos conocidos siguieron el mismo rumbo, por lo que se encontraban en los pasillos y en algunas cátedras. Roberto se dedicó con ahínco al estudio para tratar de cumplir con su meta de obtener el título en el menor tiempo posible. Quería ser Arquitecto y ya soñaba desde las primeras materias con el diploma que acreditara su vocación, colgado en la pared de un flamante estudio, rodeado de tableros de dibujo, maquetas y planos.
Entre horarios diversos, diseño, cálculo de estructuras, historia, manifestaciones políticas a las que siempre le escapaba cuando se producían cortando las clases y largas horas nocturnas dibujando entregas apuradas, tuvo tiempo para un romance fugaz con la mas hermosa de las mujeres que asistían a las clases de Diseño I. Se llamaba Silvia, estaba perdidamente enamorado de ella y a la vez la consideraba inalcanzable siendo que era la más pretendida por el resto del curso.
No se atrevía a encararla. Solía sentarse al lado de ella alrededor de la gran mesa en la que el ayudante de cátedra corregía los trabajos y hablaban de banalidades. Por momentos se hacía el gracioso intercalando alguna humorada en medio de las conversaciones. Ella se mostraba amable y se reía de sus ocurrencias pero no era ninguna garantía de que la relación amistosa subiera de nivel.
En una de las clases a la que ella faltó, coincidió en estar sentado al lado de una pelirroja de cabello desordenado, tez clara y caderas exageradas que siempre estaba con Silvia. En un momento, esta amiga, abrió el cuaderno para hacer anotaciones y el número de teléfono de la pretendida cayó bajo sus ojos. Sin decir palabra lo anotó.
Una semana después de este suceso, sacando valor de donde no imaginaba que lo tenía, la llamó. Le dijo su nombre presa del temor de ser inoportuno o entrometido a lo que ella le contestó con un:
-Hola Roberto-
Sumido aún en la duda, le preguntó si sabía de que Roberto se trataba, ella le contestó que si. Tras la confirmación se apresuró a invitarla “a tomar algo”. Contra todas sus presunciones, ella aceptó. La sensación que lo acompaño fue de alegría y de pánico a la vez. ¿Que haría ahora? ¿Podría estar a la altura de las expectativas que ella debía tener?. Jamás le aclaró, y ella nunca se lo preguntó, la manera en que había obtenido su número telefónico.
Salieron una tarde de primavera a pasear sin rumbo fijo. Silvia se destacaba por su belleza, de cutis oscuro, ojos marrones, cabello azabache, y una figura perfecta de senos no muy grandes y estrecha cintura. Su cara era un permanente gesto de sensualidad sobre todo cuando solía recorrer los labios con la punta de la lengua. En aquella ocasión estaba enfundada en un conjunto de pantalón y blusa sin mangas color rosa con zapatos y cartera haciendo juego. Era una novedad para Roberto su atuendo, ya que en la Facultad ella siempre vestía de color negro fuera cual fuera la combinación de prendas que usaba. Caminaron hablando de temas varios, conociéndose, se detuvieron a comer una pizza, siguieron caminando, se sentaron en un banco de la estación Ramos Mejía donde continuaron conversando y la acompañó a su casa. En esa primer salida ni siquiera la tomó de la mano.
Se vieron durante un mes sin lograr mayores progresos. El temía y ella a pesar de mostrarse animada y divertida, era, como había sucedido con otras, una incógnita. Ese temor pudo más. El miedo al fracaso lo llevó al fracaso, o mejor dicho a la renunciación. La encontró en un pasillo de la Facultad la tomó de la mano y la llevó hasta la cafetería. Sentados en una de las mesas que daban a la terraza le dijo lo que pensaba. Esta vez le tocó dar explicaciones.
-No puedo seguir esta relación, vos sos demasiada mujer para mi y no te merezco, seguramente debes tener muchos y mejores candidatos que yo-
Ella lo miró sorprendida. Tal vez jamás hubiera esperado semejante revelación, pero, ya fuera por que tenía ciertamente otros candidatos o por que se dio cuenta que no llegaría a nada con una persona tan patética, solo atinó a replicar.
-Está bien, si vos lo decidiste así, yo no te voy a obligar-
Durante un tiempo después de este suceso, ambos se eludieron mutuamente, en los pasillos miraban hacia otro lado al cruzarse y en las aulas se sentaban los más lejos posible.
De todas maneras Roberto sintió que se había sacado un peso de encima, a pesar de que cada vez que salía con sus amigos a bailar a Ramos Mejía o a las playas de Olivos a tomar sol, debía explicar una y otra vez, ante la insistencia de estos, sin estar demasiado seguro de lo que decía, el motivo de semejante decisión.
Por aquel entonces otro tema preocupaba a Roberto, se avecinaba la Conscripción y con ella todos los mitos que se tejían alrededor. El más importante era la posibilidad de que en el control médico quedara al descubierto su inclinación ya que las continuas penetraciones que se había realizado podían delatarlo. Se decía que revisaban el ano para saber si había sido hollado y marcaban la libreta de enrolamiento con tinta roja indicando que se exceptuaba del servicio por homosexual. En su temor prefería no ser descubierto y perder un año de su vida, a la vergüenza a la que estaría expuesto.
La angustia fue creciendo día a día hasta la fecha indicada. Esa noche no pudo dormir y cuando, de madrugada, se levantó para ir al Distrito Militar hizo de tripas corazón y procuró juntar valor para enfrentar el oprobio. Semi desnudos los pasearon de aquí a allá, en medio de radiografías, preguntas, oscultamiento de garganta, nariz, oídos, pies y manos. Al final de todo eso, sin pantalones, en una habitación donde entraron varios a la vez, un médico les ordenó pararse con las piernas abiertas, agacharse hasta tocar el suelo con las manos, y los observaba uno por uno. En ese momento tembló. Cuando el profesional pasó a su lado esperaba lo peor, un comentario, una burla. Pero no dijo nada. Sólo que podían vestirse y salir
Minutos después, en la galería de entrada, un soldado repartía los documentos, otro instante de zozobra que culminó cuando, aliviado comprobó que era apto para todo servicio. Nada de marcas rojas. Su insegura hombría estaba a salvo por el momento.
Un mes después tuvo la segunda buena noticia, en el sorteo de la clase había sacado número bajo. Un comentario al pasar de uno de sus amigos le dio tema para pensar.
-Si cuando estás adentro descubren que sos puto te violan entre todos, yo se de tipos que quedaron con el culo sangrando-
Nunca supo si era cierto o simplemente se trataba de otro de esos cuentos que corrían por ahí. A pesar de la duda respiró aliviado. Una cosa era tener la fantasía, mientras se masturbaba, de ser violado por muchos hombres, otra que se hiciera realidad.
Superada la angustia se dedicó al estudio. Dio exámenes finales, no sólo cuando correspondía sino que además utilizaba  los periodos de vacaciones para prepara materias libres. Semejante dedicación no le daba tiempo para relaciones sociales. Ocasionalmente iba los sábados por la noche a bailar a Saint George en Martínez o a un pequeño salón de baile de Hurlinghan. Por lo general tardaba bastante tiempo para decidirse a sacar a bailar a alguna de las mujeres e incluso no lo hacía la mayoría de las veces inventándose un pretexto para permanecer sentado a un costado de la pista mirando a los demás divertirse.
Ningún romance, ni la más mínima aventura, se produjeron en el resto de tiempo hasta que logró el tan ansiado título. Al mismo tiempo, creía adivinar, cada tanto, que alguno de sus compañeros de Facultad insinuaba proposiciones sospechosas, o al menos eso era lo que él creía, pero su desconocimiento de los códigos, tal como le sucedía con los de las relaciones con mujeres, le hacían escapar antes de quedar en evidencia. Tras la huida se preguntaba si no hubiera debido tratar de cerciorarse de alguna manera disimulada de las intenciones de la otra persona y se prometía ser más audaz la próxima vez. Promesa que no cumplía.
En casa, entre las cuatro paredes del baño o de su dormitorio seguía estando su satisfacción sexual. Para el primer caso utilizaba los corpiños de su madre, tal como lo hacía desde la infancia. Para su cama, se acostaba con una enagua celeste que le había robado del canasto de la ropa sucia. Ajustada a su cuerpo funcionaba como un eficaz afrodisíaco, bastaba con vestirla e imaginarse rodeado de hombres dispuestos a todo. Invariablemente, cada noche, durante esos años, eyaculó en sus manos la excitación de sus sueños prohibidos.























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