Saturday, August 07, 2021

Tuesday, June 08, 2021

NO HAY SITIO SEGURO (CUENTO)

ADVERTENCIA: ESTA HISTORIA PUEDE HERIR SENSIBILIDADES.

 

No hay sitio seguro

 

Hacía varios días que las noticias que llegaban del Lejano Oriente eran calamitosas. Al parecer la gente se moría en las calles sin saber por qué. Luego trascendió que se trataba de un virus originado en la ciudad de Wuhan, en China, producto de la trasmisión de un murciélago, o algún experimento secreto, dirían los conspiranoicos.

La ola no tardó en cruzar los océanos, llevada por viajeros veloces en sus aviones, a diferencia de la Peste Negra del 1300 que fue llevada en carretas por caminos casi inexistentes. El gobierno tuvo que tomar medidas y a falta de información hizo lo que se hacía en Europa y anunciaron un confinamiento estricto para todos.

Pero ocurre que la corrupción y el sesgo autoritario del gobierno sumado a su proverbial ineficacia nos hacía sospechar que utilizarían la cuarentena para hacer de las suyas entre gallos y medianoche.

Alberto, Juan, Rodrigo, Andrés, Mario y yo ya veníamos hartos del gobierno desde que asumió, así que decidimos que era momento de tomar nuestra vida en nuestras manos. La decisión era casi inevitable, había que irse. ¿Adonde, en un mundo que ya estaba siendo cubierto por la pandemia? No teníamos idea, pero lo seguro era que no nos quedaríamos en el país a ver el desastre que se avecinaba.

El presidente hizo un anuncio casi repentino. De un día para otro decretó el encierro, puso a las fuerzas de seguridad en las calles y todo pareció convertirse en un estado de sitio. Había que actuar pronto.

Teníamos una sola opción. Mi barco. Un velero de generosas dimensiones, una goleta de tres palos con varios camarotes y comodidades para un largo viaje. Equipos de comunicación para no quedar aislados y celdas solares para la electricidad a bordo y recargar las baterías de celulares y laptops.

En pocas horas arrasamos con todo lo que pudimos en el supermercado chino del barrio y las provisiones de nuestras propias heladeras. También compramos algunos remedios básicos, cargamos bolsos con ropa, e inclusive tomamos varias armas del padre de Mario y después de dejar nuestras casas cerradas partimos en tres camionetas cuando ya casi era la hora del inicio de las restricciones.

Esquivamos un control policial en la Avenida Maipú justo frente a la Quinta presidencial, doblando en una calle lateral. Cuando salimos a Avenida Libertador estábamos casi en la entrada al Puerto de Olivos, donde descansa mi barco. Ya estaba oscuro. No transitaba nadie por la habitualmente llena avenida. Una cuadra mas allá de donde nos encontrábamos había otro control policial. Apagamos las luces de los vehículos y doblamos en una calle que lleva al extremo del muelle. Por fortuna no nos vieron. Lo más difícil hubiera sido justificar las armas.

Estacionamos las camionetas frete a mi velero y bajamos todas las provisiones en el mayor silencio. Las sombras de la incipiente noche nos protegían. Una vez con el barco cargado solté la amarra y trate de dirigirlo hacia la salida sin encender el motor. Juan y Andrés parados en la proa me indicaban las maniobras. No quería encender ni siquiera una linterna. La Luna, que a veces suele iluminar el Rio de la Plata estaba oculta tras las nubes. No sé si eso era bueno o malo. Me dificultaba la navegación pero nos protegía de algunas miradas, sobre todo teniendo en cuenta que al extremo del muelle esta la Prefectura y ellos tienen lanchas con las que nos podían alcanzar si nos veían.

Salí al ancho rio pero no estaba tranquilo. Solamente lo estaría cuando estuviera fuera de las aguas territoriales. Puse proa a la desembocadura. Las luces de la ciudad de Buenos Aires nos servían como faros a nuestra derecha. Luego se hicieron más tenues conforme pasábamos frente a la parte sur del conurbano. Más tarde distinguimos las luces de la ciudad de La Plata. Luego todo se fue oscureciendo cada vez más. Casi ni se distinguía la línea del horizonte y se confundía el mar con el cielo. Pero la calma era absoluta, salvo una brisa que nos llevaba hacia el este.

Encendí las luces de posición. No fuera que algún portacontenedores o un petrolero nos llevara por delante. Igualmente para evitarnos algún inconveniente decidimos hacer guardias de a dos. No era la primera vez que navegábamos juntos. Solíamos hacer pequeños cruceros al Brasil o a Punta del Este en los veranos, pero era la primera vez que salíamos océano adentro. Yo tenía la licencia de piloto de alta mar por haber realizado varios cursos pero nunca lleve mi barco tan lejos.

De todas maneras estábamos tranquilos. No teníamos intención de estar navegando todo el tiempo. Según las noticias que escuchábamos en la radio todo podía durar años hasta encontrar la cura y en ese lapso seguramente podíamos detenernos en algún puerto si había que hacer reparaciones o aprovisionarse.

Lentamente fue saliendo el sol a nuestro frente. Era un frenesí de diversos colores en el cielo mientras ascendía. Miramos alrededor para comprobar que nos rodeaba la nada absoluta, ni un barco, ni bandadas de pájaros. Nada.

La vida a bordo era placentera. Éramos amigos desde nuestra infancia como compañeros del colegio primario y aunque estudiamos diversas carreras en la universidad, jamás dejamos de vernos. Teníamos una verdadera disciplina para todas nuestras rutinas. La hora de la comida, las raciones, los tiempos de guardia y los turnos en el timón, así como el desplegar y  juntar la velas.

Varios días de tranquila navegación nos hacía pensar que habíamos tomado la decisión correcta. Aun teníamos suficientes provisiones y nos manteníamos informados. Rápidamente fuimos adquiriendo un bronceado como nunca antes. Rodrigo había tenido la buena idea de traer su guitarra y pasábamos las horas cantando canciones de esas que todos sabemos y no nos aburría repetirlas una y otra vez.

Llevábamos una semana de navegación cuando Juan, que se encontraba mirando el Google Maps en su laptop se me acercó con ella en la mano y me mostró la imagen satelital de una isla.

-Podríamos detenernos allí para pisar un poco de tierra firme aunque sea por unas horas- Me dijo.

-No es mala idea, pero deberíamos saber que podemos encontrar ahí- Contesté.

-Veamos las cartas de navegación- Dijo Alberto bajando a la cabina para buscar el mapa.

Regresó un minuto después y preguntó las coordenadas pero cuando Juan se las dijo la cara de extrañeza de Alberto nos obligo a quedarnos mirándolo.

-No hay nada ahí- Dijo.

-¿Cómo que nada?- Preguntó Juan

-Es cierto, no figura en las cartas-

-Deben ser viejas- Afirmo Andrés

-Si, se las compré a Colon- Dije yo, riendo y agregué –Hace dos semanas que las tengo, son la última edición-

Observamos la imagen del Google Maps. La isla no era muy grande. A primera vista no parecía habitada. Su forma era bastante cercana a un circulo con una gran playa hacia el este, una arboleda tupida en el centro e incluso sobre lo que parecía un promontorio y sobre el oeste una caleta que conformaba una bahía protegida por altas paredes de acantilados con un paso estrecho para ingresar en ella, pero por lo que supuse, suficiente para que entrara nuestro barco y tenerlo a salvo de mares agitados y vientos fuertes. En la bahía se encontraba una playita pequeña de arenas casi blancas.

Nos llevó casi mediodía llegar al punto que indicaba el Google. De pronto la vimos en el horizonte. Se apreciaba el promontorio del centro, tendría unos doscientos metros de alto y frente a nuestra proa distinguimos la entrada a la caleta. Tome el timón con fuerza pues pensaba que el choque de las olas contra la costa podría movernos más de lo deseado pero el mar estaba calmo y pude enfilar derecho hacia el espacio entre dos altas paredes de roca.

En cuanto ingresamos en la bahía el mar se convirtió en una pileta. El agua era cristalina y se podían ver los peces yendo de aquí para allá. El relieve de playa no nos dejaba ir más cerca por ello, arrojé el ancla, bajamos un bote y nos dirigimos a tierra firme. El acantilado que protegía la caleta tenía una pared posterior que descendía abruptamente y rodeándolo pudimos internarnos en el bosque que no era tan espeso como parecía visto desde arriba.

Un par de chanchos salvajes pasaron corriendo entre la arboleda. Una rápida revisión de los árboles, entre los cuales había varias palmeras, nos dieron la pauta de que tendríamos abundancia de leche de coco.

-Este lugar me esta gustando, podríamos quedarnos unos días- Dijo Andrés.

-O tenerlo como base de operaciones- Agregué.

Convinimos que era una buena idea. En poco tiempo llegamos a la amplia playa del otro lado de la isla. Era muy larga aunque las olas, provenientes del mar abierto, parecían peligrosas comparadas con la tranquilidad de la caleta.

Decidimos subir al promontorio. No nos costó demasiado gracias a que nos manteníamos en forma. Fuimos abriéndonos camino con un machete y cuando llegamos a la cumbre descubrimos que una saliente de la roca ofrecía un acogedor reparo del sol y el viento. Estuvimos de acuerdo en levantar un pequeño refugio aprovechando esa roca para pasar el tiempo allí y de paso observar el horizonte en 360 grados.

-No perderemos tiempo construyendo algo grande. El barco será nuestro hogar y solo levantaremos un techo una pared de cañas en el promontorio- Propuse y todos estuvieron de acuerdo.

Pasaron algunos días. Todavía teníamos provisiones pero matamos a uno de los chanchos salvajes cuando descubrimos que había varios de ellos. Hicimos un fogón en la playita de la caleta y comimos un asado como en los buenos tiempos. Recorríamos la isla solo por el placer de caminar y por las tardes nos reuníamos en el promontorio a tomar mate.

A veces escuchábamos las noticias y cada vez nos alegrábamos más de haber huido de la civilización. Todo era un desastre, los muertos se multiplicaban, los gobiernos no sabían qué hacer y los servicios médicos colapsaban. Entre nosotros no hablábamos mucho del tema.

Una mañana de calor agobiante, Alberto, Andrés y yo salimos a caminar temprano. Y como había dos botes, dejamos a los demás durmiendo en el barco y llegamos a la playita. Llevábamos el equipo de mate y decidimos quedarnos al abrigo de la saliente en el promontorio. Nos sentamos en unas piedras que servían de bancos y pasamos un rato tomando la infusión, comiendo unas galletas que habíamos cocinado en el microondas y recorriendo todo el horizonte a nuestro alrededor. Al principio no había nada para ver, pero de pronto una silueta blanca que apareció a lo lejos se fue haciendo cada vez más grande. En un par de horas lo tuvimos muy cerca de la isla, al punto que podíamos verlo en detalle con nuestros prismáticos.

Era uno de esos enormes transatlánticos de varios pisos de alto. De proporciones monstruosas por donde se los mire y en los cuales te abruman con tanta actividades que nunca tenes tiempo para ver el mar. Los vimos echar anclas y comenzamos a preocuparnos. Temíamos una invasión masiva en nuestro refugio por lo que seguimos observando el movimiento de tripulación y pasajeros.

Bajaron del costado del barco dos botes salvavidas color naranja. Una vez depositados en el agua se abrió una puerta a la altura de la línea de flotación y comenzaron a bajar personas, contamos unas veinte, de ambos sexos, que eran acomodados en uno de los botes. En el otro subieron cinco tripulantes, los que eran fáciles de reconocer por sus uniformes. Con una soga, el bote de los tripulantes comenzó a remolcar al otro y se fueron acercando a la orilla. Nuestra preocupación se convirtió en alarma. Casi al unísono nos dimos cuenta lo que estaba ocurriendo aunque parecía difícil de imaginar. Se estaban deshaciendo de pasajeros infectados.

Nos miramos. ¿Con que gran mentira los convencieron de desembarcar? Pues parecían tranquilos y no había señales de violencia por parte de los tripulantes. En ese momento llamé por walkie talkie a los chicos que aun estaban en el velero y les dije que se mantuvieran atentos y listos para salir.

Los pasajeros desembarcaron en la playa. Miraban todo a su alrededor como buscando algo en particular. Dos de ellos, varones, cayeron al suelo y era evidente que tenían dificultad para respirar. Rápidamente los tripulantes del transatlántico que estaban en el otro bote se dieron a la fuga, arrastrando consigo el bote de los pasajeros y luego hundiéndolo a mitad de camino entre la isla y el gran barco. Allí fue cuando los pasajeros se dieron cuenta que fuera lo que fuera que les dijeron, les habían mentido. Gritaron de desesperación pero era inútil. En cuanto el bote de los tripulantes llegó a su destino el lujoso transatlántico levó anclas y virando se volvió por donde había llegado.

Ahora teníamos un problema. El problema del que creíamos haber escapado. Seguimos en el promontorio viendo a los pasajeros dando vueltas en círculo sin saber qué hacer. Pero uno de ellos trató de generar algo de orden y por los gestos nos dimos cuenta que habían decidido adentrarse en la isla. Cuando los vimos atravesar la primera fila de palmeras bajamos corriendo hacia nuestro barco. Si mantenían un paso más o menos constante era probable que los intrusos llegaran en poco tiempo a la caleta.

Nosotros llegamos primero. Subimos al bote y remamos con todo ímpetu hasta el velero. El resto de nuestros amigos tenían todo listo para partir. Inclusive habían puesto en marcha el motor para ser más rápido. Antes de lo pensado llegaron los pasajeros a la playita de la caleta. Ver nuestro velero y apoderarse de ellos la locura de pretender llegar hasta nosotros les llevó solo un segundo. Corrieron por la playa hasta donde ya no hacían pie y luego se lanzaron a nadar gritando como esquizofrénicos.

Fue Mario el que gritó

-¡No van a apoderarse de nuestra isla!-

Y comenzó a disparar su rifle contar los desesperados. No hubo más palabras. Todos hicimos lo mismo. Los acribillamos a balazos sin la más mínima conmiseración. No eran seres humanos, eran un mal que debía extirpase. A los pocos minutos yacían los cadáveres de todos ellos en el agua, sangrando por sus heridas. No pasó mucho tiempo más hasta que unas voluminosas siluetas grises inundaron la bahía. Eran tiburones tigre. Llegados de quién sabe donde habiendo olido la sangre fresca. Alrededor de nuestro barco, mientras nosotros mirábamos impasibles se dieron un gran festín. Hasta se peleaban entre ellos por los trozos de carne generando surtidores de agua y oleaje. Cuando ya no quedo nada por comer se fueron como habían llegado.

No hubo necesidad de palabras. Nadie iba a contar lo sucedido. Sentíamos que había sido en defensa propia. Andrés  se acordó de los dos infortunados que habían quedado en la playa.

-Ya deben estar muertos- Le contesté.

-Mejor sería que lo verificáramos- Opinó Mario.

Bajamos a los botes, remamos hasta la playa, atravesamos el bosque y llegamos al otro lado de la isla. Los pasajeros aun estaban vivos. Respirando con dificultad y sin ninguna posibilidad de supervivencia. Cuando nos vieron creyeron que íbamos a salvarlos. Con las pocas fuerzas que le quedaban uno me preguntó

-¿Ustedes son del hospital?-

-Si- Le dije por no defraudarlo.

-¡Ah! Entonces no nos mintieron, nos dijeron que aquí íbamos a ser atendidos-

Entonces comprendí como habían sido engañados.

-¿Los demás están bien?- Volvió a interrogarme.

-Si, bien- Dije e inmediatamente le disparé un tiro en la cabeza mientras Alberto hacía lo mismo con el otro.

-No podemos dejarlos acá. Están infectados- Manifestó Andrés.

Y así fue que con todas las precauciones que pudimos los amarramos por los pies. Juan fue a buscar uno de los botes y después de dar vuelta a la isla lo acomodó en la playa. Atamos una soga larga al bote en cuyo otro extremo sujetamos a los dos cadáveres y remando nos alejamos varios metros de la costas y allí los dejamos hundirse en el océano.

Volvimos a nuestro barco. Habíamos salvado nuestra isla. O quizá no. Quizá andaría por ahí el virus esparcido por los gritos de los pasajeros del transatlántico. O quizá se lo llevaría el viento. No lo sabíamos. Y no iba a pasar mucho tiempo hasta averiguarlo.

 

¿FIN?

Sunday, January 24, 2021

LA PERRA (¿UNA HISTORIA FANTASTICA?)

 

Trabé amistad con Oleg Yazdowsky una tarde de verano mientras caminábamos por el parque paseando nuestros perros. En realidad Oleg y yo era vecinos desde hacía muchos años pero por esas circunstancias que uno no se detiene a pensar, jamás habíamos intercambiado más que respetuosos saludos.

Sabía que llegó de la Madre Rusia muy de pequeño, en realidad era de mi misma generación, actualmente ambos rozamos los sesenta años. Lo hizo junto con su madre y su padre y se instalaron en una pequeña casa casi en las afueras del pueblo. Eran muy amables y educados. Lo que no pudieron evitar fue que todo el mundo los viera como posibles fugados de su tierra ya que sabemos que quién se va de Rusia es por problemas políticos y aun más en aquella época de la Guerra Fría. Oleg fue a la escuela en la Capital y cuando regresó al pueblo ya era un mozo apuesto. Comenzó a trabajar en el campo de unos amigos.

Los años pasaron inexorables y finalmente esa tarde de verano un comentario banal sobre los perros hizo que, mientras los canes jugaban, nos sentáramos en un banco a la sombra de un gran roble a charlar-

Mi perro es un Golden Retrive., de nombre Bobby, muy original, aun cachorro con bastante energía para correr y saltar. El de Oleg resulto una perra mestiza pero con algunos rasgos de Husky siberiano. Se llamaba Kudryavka. Medio difícil para andar llamándolo pero me explicó que era un apodo por el rizado de su pelo.

Casi sin proponérnoslo comenzamos a encontrarnos cada tarde en el parque. Oleg era bastante parco en su conversación pero de vez en cuando largaba algunas frases en voz no muy alta que me dejaban pensando.

Un día dijo: -Kudryavka era una perra callejera en Moscú…-

Rápidamente hice cuentas. Oleg y sus padres habían llegado cuando yo era un niño. Tal vez por el 63 o 64. O sea que la perra tendría casi como 58 años. Después pensé que yo era un idiota, tal vez mi nuevo amigo se refería a un antepasado de su perra.

Otro día dijo: -Cuando muera se la dejare a mis hijos…-

Lo mire, Oleg era una persona mayor pero no era un viejo, y salvo que tuviera una enfermedad oculta, se lo veía en mucho mejor estado que yo mismo. ¿Cuánto más pensaba que iba a vivir la perra? Me quedé con la duda.

Más adelante, sin hablar de la perra, me contó que habían huido de Rusia por discrepancias con el Gobierno.

Vaya novedad, pensé.

Me dio algunos detalles. Su padre Vladimir, era cirujano en el programa espacial. Y si bien durante un tiempo tuvo que cumplir órdenes finalmente se hartó por remordimiento de conciencia y huyó con su esposa y su pequeño hijo, o sea el mismo Oleg.

Cada día que pasaba Oleg parecía más dispuesto a contarme lo sucedido.

-Huimos una noche. Un amigo de papá nos presto un auto y casi con lo puesto nos marchamos por la frontera a Polonia y de allí a Francia, donde le ofrecieron trabajo a mi padre pero él deseaba ir más lejos, lo más lejos que pudiera y hasta aquí llegamos.-

Y tomándose un respiro preanunciando que iba a decir algo importante agregó.

-También nos trajimos a la perra-

-Claro, es fácil encariñarse con estos animalitos-

-Si, pero además era esencial salvarle la vida-

-¿A quién?-

-A Kudryavka, por supuesto-

Y ahí hice la pregunta que me carcomía el cerebro.

-¿A la antepasado de Kudryavka?-

-No- Respondió mientras la señalaba a unos pocos metros de nosotros- A ella-

-¿Cómo a ella? ¿Cuántos años tiene?-

-68 años-

-¡Me está tomando el pelo!-

-No, ella es la verdadera, la auténtica Laika-

-Laika murió en el espacio- Repliqué.

-Eso es lo que todo el mundo cree. La nave no estaba preparada para ser recuperada, por lo tanto Laika iba al sacrificio. Mi padre, que era uno de los médicos que la controlaba en su entrenamiento le tomó mucho cariño y el día anterior al lanzamiento en Noviembre del 57 la trajo a casa para que jugara con ella. Lloré de pena cuando debió llevarla de nuevo al Cosmódromo.

-¿Y si no murió en el espacio como es que esta viva y con semejante cantidad de años? Si hasta parece que todavía fuera un perro joven-

-Pocas personas lo saben. El hecho es que, al parecer, la nave en una de sus orbitas perdió todo contacto con la tierra. Ese fenómeno duró unas dos horas y cuando regresó la comunicación supieron por los latidos del corazón y otras señas vitales que Laika aun vivía cuando ya debería estar muerta según los cálculos. Los científicos y los militares que controlaban el proyecto no sabían que pasaba y poco después volvió a cortarse la comunicación y dieron oficialmente la nave por perdida-

-¿Y entonces?-

-Dos científicos amigos de mi padre hicieron los cálculos de donde podía haber caído la nave. Tomaron un helicóptero y fueron al lugar. Encontraron la capsula, algo rota, pero suficiente armada como para no haber dañando en el golpe a la perra. Rápidamente la sacaron de allí y mi padre la llevó de vuelta a casa. Más tarde llegaron los militares al sitio del aterrizaje y al no encontrar a la perra comenzaron a buscarla por toda la estepa pensando que había huido por sus propios medios. Mi padre supo que el resto de los científicos pensaban que durante el periodo ciego de comunicación la nave había estado en otra dimensión y que eso podía haber alterado a Laika y querían encontrarla para estudiarla y hasta para, quizás, enviarla de vuelta al espacio. Mi padre la ocultó en casa mucho tiempo. Pronto comenzó a darse cuenta que parecían no pasar los años para la perra y cuando supo que la KGB andaba detrás de él decidió que era hora que nos fugáramos-

Lo mire. Puse cara de creerle.

-Asombroso-, dije y agregué. -Pues espero que viva muchos años más-.

Llame a Bobby y nos fuimos. No sé si Oleg se arrepintió de haberme contado su historia, pero si de algo estoy seguro es que yo jamás se lo contaría a nadie. ¿Quién iba a creerme?

 

 

 

 

Sunday, December 13, 2020

DESCANSO OBLIGATORIO

He estado ausente de realizar nuevas publicaciones por razones de salud. Dos operaciones de apendice en un periodo de catorce dias me dejaron sin ganas de hacer nada creativo. Pero...volverè.

Gracias a los que me leen.

Sunday, November 01, 2020

LA CHICA QUE SALIO DEL ANIMÈ (CUENTO)


 La chica que salió del animé

 Se me estaban cerrando los ojos. Había tenido un dia agotador ultimando detalles de los cuadros que iba a presentar en una exposición y además me encapriché en ver un capitulo de Citrus, mi anime yuri favorito. Pero quise ver más. Justo esa parte en que aparece la diosa Harumi ayudando a Yuzu a buscar a su hermanastra- novia Mei, para ir a despedirse de su padre.

Estoy enamorada de Harumi. A veces pienso que ya estoy un poco grandecita para esas pavadas de pensar en un personaje de ficción como si fuera real. Pero no puedo evitarlo. Harumi es todo lo que una buena lesbiana sueña. Es amable, compañera, hermosa…con ese largo cabello castaño, su flequillo, sus hermosos ojos, enormes y de color verde claro. Y no puedo omitir sus largas piernas, su cinturita y sus caderas. Y la frutilla, esos pechos que a veces parecen desbordar de la ropa ajustada. Tengo dibujos de ella colgados en mi atelier. No me conformo con las imágenes que se publican en Internet. La he pintado varias veces en diferentes poses y siempre tratando de hacerlo cada vez mejor.

Decidí que era mejor irme a dormir. Al otro día no tenía que levantarme demasiado temprano ya que había entregado todos los cuadros a presentar a mi fiel ayudante Jorge con las debidas instrucciones de cómo debía distribuirlos para que lucieran mejor. De todas maneras Jorge es muy hábil y me entiende perfectamente al punto que a veces mejora mis propias decisiones e incluso es muy hábil para vender mis obras por ello no iría a molestarlo hasta después del mediodía y dejarlo trabajar tranquilo.

Jorge no es ni mi amante, ni mi novio, ni mi esposo. Es un fuel amigo que además me protege echando de mi entorno a todas esas lesbianas machonas de aspecto descuidado, peores que hombres, y que cuando ven una lesbiana delicada y muy femenina, como soy yo, ya se creen con derecho a conquistarla. Y lo más gracioso es que emulan al género masculino en sus acrobacias de conquista y después se llaman feministas, a las que, entre nosotros, detesto con el alma.

Apague la notebook y me tapé. No recuerdo nada más. Me debo haber dormido inmediatamente y cuando, al otro día, me desperté lo primero que sentí fue bastante ruido en la calle, voces dando órdenes y el roce de canastos de mudanza en el piso de la caja de un camión. Los reconocí muy bien. Yo me había mudado a mi actual vivienda, un acogedor dúplex de planta baja, dos pisos y un amplio jardín al fondo, hacía solo un mes, tanto era así que todavía tenía trastos pendientes de ordenar.

Me levanté y corriendo disimuladamente la cortina, desde la ventana del dormitorio en el primer piso pude ver que no estaba errada. Al parecer ya tenía nuevos vecinos en el dúplex contiguo, que estaba deshabitado.

Es bueno tener vecinos, pensé. Pero ya me veía extrañando la tranquilidad del último mes. Espero que no sea un matrimonio con hijos, rogué. Pero salvo el bullicio de la mudanza no se escuchaban niños lo cual me tranquilizó un poco.

Bajé las escaleras y me dirigí a la cocina. Me serví un vaso de leche de la heladera y cuando estaba dando el primer sorbo sentí el timbre de la puerta de entrada. Me acomodé la robe de chambre y caminé hasta el living. Miré por la ventana pero no pude ver claramente quien había tocado. Siendo que en la vereda había bastante gente trabajando, no tuve temor y salí al jardín del frente donde tengo estacionado mi Twingo negro.

En cuanto llegué a la reja miré alrededor y seguía sin saber quien me molestó hasta que de pronto la vi. Había estado de espaldas conversando con uno de los encargados de la mudanza pero cuando se dio vuelta, el corazón me dio un vuelco. Era una mujer hermosa, de cabello castaño, flequillo, ojos verde claros, senos prominentes, unas piernas que no terminaban nunca. Me quede embobada mirándola hasta que se me acercó.

-Disculpe la molestia- Dijo y esbozó una sonrisa por la que yo hubiera vendido mi alma- Yo toqué el timbre para disculparnos por el ruido y veo que todavía debía estar acostada-

Era evidente por que todavía tenía puesta mi robe. Ella continuó.

-Discúlpeme nuevamente-

-¿Tienes hijos?- Le pregunté.

-No, soy soltera-

-Ah! Bien, entonces estas disculpada- Y me reí por mi ocurrencia

Ella también rió. Vi sus dientes y su boca. Eran perfectos. Toda ella era perfecta.

-Bien, nos vemos- Saludó haciendo un mohín y se fue a seguir lidiando con la mudanza.

Me quedé mirándola mientras se iba. Luego entré en mi jardín y me metí en la casa. Temía que se hubiera dado cuenta del impacto que me había causado y eso me llenaba de vergüenza.

Desayuné, me vestí lo más elegante que pude. Salí al jardín del frente, abrí la reja y saqué el auto. Manejando tranquila me dirigí al sitio donde iba a ser la muestra. Era un evento organizado por una reconocida escuela privada que intentaba conseguir más fondos para sus laboratorios de computación. Y para ello no había tenido mejor idea que solicitarnos a cuatro artistas plásticos que expongamos algunas obras para ser vendidas y quedarnos con un simbólico diez por ciento de la ganancia ya que las habíamos donado para tal efecto.

En mi caso, creo que habían acertado con la expectativa ya que soy una pintora bastante reconocida y con un muy buen nivel de ventas. Gracias a eso pude comprar el autito y mi dúplex recién estrenado, además de comer y vestirme. No sabía quienes eran los otros artistas. Solo que eran otro pintor y dos escultores.

Cuando llegué al salón me recibió Jorge que estaba tomando un café. De inmediato se acercó a una máquina expendedora y me ofreció otro.

-¿Cómo anda todo?- Pregunté.

-Genial, todos tus cuadros ya están colgados. Veni, vamos a verlos así te quedas tranquila-

Y mientras íbamos caminando al sector de mis obras siguió hablando.

-Vas a ver que tus cuadros se venderán bien. Ya anduvieron algunos padres de alumnos chismeando y se quedaron maravillados-

-¿Ya? ¿La exposición no es el fin de semana?-

-Si, pero se corrió la noticia de que vos eras una de las artistas y se acercaron a ver-

-¿Y de los otros sabes algo?-

-Solo del pintor, es un viejo conocido. Martin Gainza. Ahí está en la otra sala acomodando sus cuadros. Y también vi las esculturas pero no a sus autores-

-Voy a saludar a Martín- Dije mientras me encaminaba al otro sector.

Pero en el medio pasé por la exposición de las esculturas. Se notaban dos estilos bien definidos. Unas estaban realizadas en hierro, madera, bronce y otros materiales. Las formas eran muy etéreas e incluso de algunas ni siquiera se podía adivinar el tema. Las otras eran como delicados muñecos de porcelana. La mayoría, femeninos y todo su aspecto me resultaba conocido. Eran como los personajes de los mangas o animé. Quien va a comprar esto, pensé. Si parecen los muñecos que se venden en las comiquerías.

Iba a seguir camino cuando sentí una voz detrás de mí.

-¡Que casualidad! ¡Volvemos a vernos!-

Me di vuelta. Era mi vecina. Tan radiante como esta mañana.

-Vaya, es chico el mundo- Acoté y agregué- ¿Qué estás haciendo aquí?-

-Expongo mi trabajo- Y señalando los muñecos como personajes de anime, dijo -Estas son mis criaturas-

-Y aquellos cuadros son las mías- Respondí señalando al otro salón

Y seguidamente me extendió la mano. Y dijo lo que jamás pensé que iba a oír.

-Mi nombre es Harumi Taniguchi. Y ahora que he visto tus cuadros estoy segura que eres Sabrina Hernández. Yo te admiro, pero no conocía tu aspecto-

Yo me quede muda. Después de unos segundos en los que tarde en reaccionar le pregunté

-¿De verdad tú nombre es Harumi Taniguchi?-

-Si, mis padres son japoneses. Yo me crie acá y vivo de esto- Dijo mirando sus esculturas.

-¿Vives de esto?- Que bueno saberlo- Manifesté.

-Si, me compraron el dúplex donde me mudé hoy-

Vaya, pensé, jamás hubiera imaginado. Pero además seguía absorta con la revelación del nombre de la muchacha. Era ella, era Harumi, en su aspecto, en sus gestos, en toda su belleza. Lo reconozco. Ya me estaba enamorando de ella, la de carne y hueso.

De pronto tuvo que irse pues tenía otros compromisos y yo me quede parada en medio del salón sin comprender aun lo que había sucedido. La voz de Jorge me devolvió a este mundo.

-Todo listo reina-

Le agradecí enormemente su trabajo y lo invité a hacer algo que él adoraba. Nos fuimos a comer una pizza.

En los dos días que pasaron antes de la exposición no vi a mi vecina. Debía tener mucha actividad, pensé y tampoco quise ser invasiva golpeando a su puerta. Hasta que en el momento en que salía con mi auto para la sede de la muestra la encontré en la vereda también partiendo con igual destino.

-Te llevo- le dije y ella accedió con evidente agrado.

Subió al auto y me lo elogió. Se acomodó en el asiento. Le pedí que se pusiera el cinturón de seguridad y arranqué. Hablamos poco durante el viaje. Yo trataba de observarla con el rabillo del ojo cuando podía sin distraerme del manejo. Y ella a veces giraba su cabeza y me miraba. Buena señal, pensé. Se la veía relajada y contenta.

Jorge estaba en la vereda del colegio. Abrió los ojos como platos cuando nos vio bajar juntas y se sonrió con esa sonrisa que le conozco cuando quiere hacerse el cínico.

Los presenté y entramos. Evidentemente íbamos a tener mucho público pues la sala de espera estaba colmada y aun no habían abierto la puerta a los salones de exposición.

-Esperemos que no vengan solo a mirar- Dijo Jorge.

Y evidentemente no habían ido solo a mirar. En pocas horas se había vendido todo. Los de los cuatro artistas. Luego de la muestra y la subasta el colegio había organizado un ágape. Fue una buena ocasión para departir con Harumi. Le dije a Jorge que se ocupara del dinero que nos había correspondido por la venta de los cuadros al mismo tiempo que le manifestaba que tenía intenciones de continuar la velada con mi vecina.

-Siempre con muy buen gusto, querida- Dijo él cómplice de la situación.

Y después que se marchó me encaminé donde estaba Harumi. Ella se manifestó contenta de verme.

-Creí que te habíais ido- Me manifestó.

-No, no me voy a perder la hora de los elogios y además voy a llevarte de vuelta a casa-

-Gracias- Respondió y hubo un leve rubor en sus mejillas.

Era evidente que estaba imaginando para donde iba la cosa.

Después de recibir toda clase de felicitaciones por nuestras obras y de agradecimiento por parte de las autoridades del colegio pues habían recaudado mucho más de lo que habían calculado comencé a sentir esa sensación de necesidad de soledad que tiene que tener un artista y además me quería llevar a Harumi a un sitio más tranquilo.

Ya había oscurecido y se acercaba la hora de cenar. De modo que la invité a un pequeño y coqueto restaurante donde suelo ir cuando tengo ganas de salir de mi casa y no encontrarme con algún conocido, o desconocido que me reconozca.

Ella accedió. Pasamos una agradable velada. El mozo, quien me conoce por ser habitué nos recomendó el mejor vino y las especialidades de la casa de esa noche. Comimos y conversamos. Hablamos de toda clase de temas y pude ver que Harumi estaba muy bien informada. Por momentos nos quedábamos mirando sin decir palabra y eso nos causaba gracia y sonreíamos. Tuve la intención de tomar su mano pero me contuve. Quería estar segura y evitar un mal momento. Después de todo era mi vecina e iba a tener que vivir con mi equivocación a la vista todo el tiempo.

Después de cenar regresamos a casa. Entré el auto a mi jardín y bajamos. De pronto se me ocurrió que podía estirar un poco más la jornada y la invité a tomar un café. Estuvo de acuerdo.

Después de dejar nuestras carteras en el sillón del living pasamos a la cocina. Ella admiraba los detalles de decoración y comentó, como al pasar, que le gustaría que la asesorara. Le dije que no había problema.

Estaba preparando el café en la mesada cuando ella que estaba a mi espalda se apoyó en la isla del centro de la cocina y dijo de pronto.

-Hemos hablado de muchos temas en la cena, excepto de uno-

Me di vuelta y mirándola inquisitivamente le pregunté

-¿De cuál?-

-De hombres-

-¡Ja, ja!- Me reí con ganas y agregué- Es el último tema del que perdería el tiempo hablando. Además no es cierto que no hablamos de hombres. Hablamos de Picasso, de Renoir, de Dali…-

-No me refiero a eso. Hablo de hombres, hombres, es decir novios, amantes, maridos…-

Esta vez la interrumpí yo.

-Voy a decirte algo. No pierdo el tiempo hablando de hombres por qué no me interesan. No tengo ni novio, ni marido, ni amante. Soy lesbiana y me siento muy bien así-

-Feliz de vos que sabes lo que te gusta. Yo vivo desde hace tiempo en una terrible indecisión-

Le acerqué el café y le pregunté

-¿Querés contármelo?-

-Si, quiero- Y largó el rollo.

-Nunca me lo había planteado antes. En realidad jamás tuve una relación con ningún chico por qué no me sentía cómoda. Pensaba mejor en mi arte y en que mi futuro debía ser libre, sin hijos ni un marido a quien atender. Siempre lo asocié con eso pero hace unos meses se me insinuó una chica que había sido compañera en el colegio secundario y de pronto fue como haber tenido una revelación. Pero no estaba segura y no quise ser parte de un escándalo por lo que la rechacé…-

-¿Y entonces?-

Se tomó unos segundos para contestarme.

-Necesitaba hablar con alguien. Con una persona experimentada que me comprendiera. Y de repente, estoy aquí, siendo tu vecina. Ya había escuchado en algún sitio de rumores que eras lesbiana pero oírlo de tu propia boca me resulta genial por que se que me confieso con la persona indicada-

-Bueno, tampoco soy una consejera espiritual. Y decime…¿tenes idea de lo que deseas?-

-Ese es mi conflicto. No aún. Tengo miedo y necesito tiempo-

-El tiempo pasa más rápido de lo que parece, en cuanto a ayuda vas a tener aquí una amiga para todo lo que necesites-

Dejó el café en la mesada y me abrazó. Me contuve. Sentí que no debía aprovecharme de su momento de debilidad. Lo que buscaba era un poco de contención después de haberse confesado. La abracé, le arreglé el cabello y la dejé estar conmigo hasta que ella misma se sintiera confortada.

-Bien, te he dicho lo que me perturba. Sos muy buena conmigo-

-No te preocupes. Aquí estaré-

Terminó de tomar el café y agarrando sus cosas se dirigió a la puerta. La acompañé. Cuando estaba por salir le di anotados mis números de teléfono y decidí quedarme en la puerta hasta que entrara en su casa. Luego entré en la mía. Regresé a la cocina a hacerme otro café y sonó el teléfono. Era ella.

-Te quería dar las gracias, y proponerte algo…-

-Decime-

-¿Por qué no hacemos algo juntas? Me refiero a algo artístico. Una muestra en conjunto con tus cuadros y con mis esculturas-

-Me parece una excelente idea. Conversémosla mañana. Venite a eso de la diez y nos reunimos en mi atelier. Yo pongo el desayuno-

-¡Hecho!- Exclamó.

Ya se me hacía evidente que si estaba dispuesta a volcarse hacia el lado lésbico lo iba a intentar conmigo. Pero no debía apurarla.

A la mañana siguiente, antes de que Harumi llegara saqué de la vista todos los dibujos que había hecho de ella. ¿De ella o del personaje? Mi confusión iba en aumento pero debía mantener la calma. Oculté los dibujos y los cuadros y preparé el desayuno. Puntualmente llegó. Estaba esplendida. Lucia una minifalda y una musculosa tan insinuantes que la hubiera tomado ahí mismo en la puerta de casa y le hubiera hecho el amor.

Traía una carpeta con hojas para hacer bocetos. Evidentemente estaba dispuesta a trabajar de verdad. La invité a pasar al living y tomamos un suculento desayuno. Luego subimos a mi atelier que está en el segundo piso de la casa, lo que para una familia normal es el cuarto de juegos. Y que tiene la gran ventaja de poseer enormes ventanales que me brindan luz natural muchas horas al día.

Harumi se mostró entusiasmada con mi ámbito de trabajo.

-Esto es lo que tengo que hacer. Mi taller en lo más alto de la casa- exclamó.

-Te ayudaré a montarlo- Me ofrecí antes de que me lo pidiera.

Y ese día nos lo pasamos trabajando en ideas y proyectos. Estaba entusiasmada. Era la primera vez que intentaba hacer algo con otro artista. Y lo estaba disfrutando muchísimo. El tema de la sexualidad ni se tocó. Me parecía que debía dejarla a ella tomarse sus tiempos aunque fuera solo para hablar. Pero era evidente que había química entre nosotras. Al menos para el trabajo.

Además del trabajo artístico la llevé a varios locales de venta de materiales y accesorios para viviendas. Con unas tablas le armé una larga mesada donde trabajar. Compró muebles con estantes, sillas y cajoneras para guardar sus utensilios de trabajo y un mueble con puertas de vidrio para guardar sus trabajos terminados. En una semana tenia instalado su taller y todo lo habíamos hecho las dos solitas.

Luego volvimos a las ideas artísticas. Hablé con Jorge para que tratara de conseguirnos un sitio donde exponer pues sabía que eso lleva tiempo y mientras tanto podíamos llevar adelante nuestros trabajos.

Nuestra idea era hacer cuadros con relieve. Yo pintaba los fondos y los personajes secundarios y ella se encargaba de realizar los personajes principales, todo en una estética entre naif y del anime japonés.

-No sé si esto va a gustar pero estoy disfrutando como nunca trabajar en un proyecto- Le dije un día a Harumi y ella coincidió.

De lo otro no se hablaba. Yo esperaba paciente y mientras tanto suponía que ella maduraba sus pensamientos. A veces creía que debía ser yo la que tocara el tema pero volvía a contenerme. A pesar de nuestra poca diferencia de edad, ella tenía veinticinco y yo treinta, la sentía como a una adolescente que necesita la guía de una persona mayor.

Un día se me ocurrió preguntarle si no tenia hermanos. La pregunta era solo por curiosidad pero la respuesta me sorprendió.

-Tengo una hermana mayor, Mitsuko, pero ella está muy segura de lo que quiere hacer en su vida. Es gerenta de una financiera en Tokio…-

Y cuando menos lo esperaba me contó lo inesperado

-…ella es lesbiana, asumida, pero nunca tuve el valor de conversar lo que me pasa a mí-

-Si, claro. A veces las personas ideales para conversar ciertos temas no son los más cercanos parentalmente-

.Así es. Mi hermana es muy buena conmigo y la quiero mucho pero no estoy segura de que pueda ayudarme-

Y no hubo otra charla hasta pasado casi un mes más. Estábamos bastante avanzadas con nuestro trabajo y esperábamos poder encontrar un sitio para exponer en el verano. Jorge me había prometido un par de lugares e incluso uno en un popular balneario. Le dejé hacer, como siempre.

El verano climático ya se estaba haciendo notar. Eso significó que sacara mi reposera y me dedicara a tomar sol en el jardín durante los ratos libres. Esa tarde, cubierta solo con una diminuta bikini estaba disfrutando del silencio de la siesta. Mi jardín está separado del de Harumi por un cerco de alambre tejido cubierto por un seto tupido de casi dos metros de alto por lo que no se ve demasiado de un lado a otro. Pero si se puede ver desde las ventanas de las habitaciones de los pisos superiores. En una de ellas estaba asomada Harumi mirándome, creyendo que yo estaba dormida.

No la quise hacer sufrir más e hice como que me despertaba y la saludé. Ella sonrió y agitó su brazo. La llamé

-Veni, acá tengo otra reposera y tomamos sol juntas-

No se hizo esperar. A los pocos minutos estaba tocando el timbre de casa. Cuando abrí me dejó boquiabierta. Tenía puesto un pequeñísimo short y una remera calada que dejaba ver el corpiño de su bikini. Pasamos al fondo. La convidé con jugo de naranja y nos quedamos estiradas en nuestras reposeras un rato sin hablar.

-¿Tomamos mate?- Le pregunté.

-¡Si!- Aceptó.

Fui hasta la cocina, puse la pava a calentar y mientras estaba colocando yerba en el mate sentí un par de brazos rodeando mi cintura y la calidez de un cuerpo apoyado sobre mi espalda. Me aflojé instantáneamente. Harumi, que me había seguido sin que me diera cuenta, corrió su cabeza y me besó en el cuello.

-Gracias- Musitó.

-Gracias, ¿Por qué?- Pregunté-

-Por ser tan paciente conmigo. Yo sé que me deseas y sin embargo fuiste amable, sincera y me contuviste con mucho amor. Eso yo lo sentí-

Me di vuelta, dejé el mate en la mesada y la abracé fuertemente. Ella apoyó su cabeza sobre mi pecho. Sentía la turgencia de sus senos tan grandes comparados con los míos.

-Mi chiquita. Si, te amo- Solo atiné a decir.

Y nos dimos un largo, largo, largo beso, que abiertos los labios confundió nuestras lenguas y nos sumergimos en una ola de placer que ya se estaba convirtiendo en tsunami. La tomé de la mano y la llevé a mi dormitorio. Se diría que casi la arrojé a la cama. Ella, sin mediar palabra, se sacó el corpiño y pude ver, por primera vez sus hermosos pezones. Yo le saqué la tanguita. Y como poseída por un demonio comencé a lamer su vagina con desesperación.

Harumi gemía de placer. El placer que nunca le habían brindado hasta entonces. Creí que se me iba a desmayar en mis brazos de tanto desenfreno. Tenía un orgasmo tras el otro, sus jugos se vertían en mi boca y yo los saboreaba intentando meter mi lengua más adentro y provocándole más orgasmos.

Después de un rato ella quiso hacer lo mismo conmigo y, alumna ejemplar, debo decir que me arrancó los orgasmos más espectaculares que había tenido hasta entonces. Luego jugamos a pellizcarnos los pezones hasta provocarnos dolor. Besos y mas besos, y mordidas y lenguas recorriendo nuestros cuerpos de arriba a abajo. La besé en los pies y lo gozó hasta el paroxismo.

No puedo precisar cuánto tiempo estuvimos desatando nuestros deseos sin parar. Lo cierto es que el sol ya estaba bajando y estábamos agotadas. Bajé a guardar las reposeras y cerrar la casa. Cuando regresé al dormitorio Harumi se me mostraba insinuante y sexy. Y comenzamos de nuevo nuestra alocada pasión. Tras otra sesión de orgasmos nos quedamos dormidas, abrazadas, desnudas. Lo último que escuché a Harumi antes de dormirse fue.

-Deberíamos hacer una puerta entre las dos casas-

Reí por la ocurrencia pero no le contesté.

Desperté en plena noche y vi a Harumi durmiendo plácidamente. Me di vuelta en la cama y traté de dormirme rogando que cuando volvieran las luces del día no me encontrara con que todo aquello no había sido más que un sueño.

 

Fin